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Opinión

  • | 1999/11/01 00:00

    AFRICA ADIOS

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Hace un par de semanas se reunieron en Lusaka, capital de Zambia, más de 5.000 expertos
de todo el mundo para buscar la manera de combatir el sida, la peor amenaza que se cierne sobre Africa.
Actualmente, la mitad de los bebés que nacen en el continente son portadores del virus. Peter Piot, director de
la agencia de las Naciones Unidas para la prevención del sida, dijo antes de la conferencia de Lusaka que la
enfermedad estaba reduciendo la productividad de las empresas porque había "muchas personas demasiado
enfermas para ir a trabajar". El virus se ha propagado a tal punto que en países como Costa de Marfil la
esperanza de vida se ha recortado en 25 años.
Pero el drama de Africa no se reduce a enfrentar la epidemia más peligrosa desde que la peste bubónica del
siglo XIV se llevó a un tercio de la población europea. Este año, por ejemplo, el continente vivió una guerra
mundial, más de 15 guerras civiles y cientos de guerras tribales sin que el resto de la humanidad se diera por
enterada. Y, como si fuera poco, en ciertas regiones todavía subsiste el comercio de esclavos.
Sólo en Africa ocurre esta mezcla de cataclismos que hacen recordar las épocas más escalofriantes que ha
vivido la humanidad a lo largo de su historia. Lo que sucede en el continente negro, no obstante, sigue
siendo un misterio para el resto del mundo. La 'aldea global' de Mc Luhan todavía no ha llegado a esta faz
del planeta.
Por eso si estalla una guerra civil más vale ser kosovar, checheno, timorense o kurdo para captar la atención
de la comunidad internacional. Mas no africano. Dentro del nuevo y frágil equilibrio internacional no sirve
ser ruandés, congoleño, sierraleonés, maliense o sudanés. Africa dejó de existir para el club de los ricos.
Existía cuando su territorio era colonia o cuando, luego de la independencia, era un escenario forzoso para
la pugna geopolítica entre Estados Unidos, Francia y la Unión Soviética. Años en los que no importaba si
se financiaba a un dictador antropófago como Idi Amín Dada en Uganda o si se apoyaba al régimen opresor de
Mengistu en Etiopía con tal de tener al país alineado a su causa ideológica. Pero hoy, en los tiempos
inciertos de la posguerra fría, los conflictos locales y regionales tienen que afectar los 'intereses vitales' de las
grandes potencias (¿o caprichos estratégicos de Estados Unidos debería decir?) para ser tenidos en cuenta.
Con la caída del muro de Berlín, Africa dejó de ser una región de interés. Dejó de existir en el mapa
geopolítico de los gobiernos poderosos (aun si todavía siguen siendo un codiciado filón para las empresas
multinacionales).
Lo último que supimos de Africa, me atrevo a decir, fue el genocidio de Ruanda cuando a comienzos de 1994
varios grupos de milicias extremistas hutus, armados con machetes y fusiles, sembraron el terror en el centro
del continente. En sólo tres meses 800.000 personas fueron masacradas y más de dos millones fueron
desplazadas de sus tierras. Ese fue el primer campanazo sobre lo que estaba sucediendo en Africa y la
primera muestra fehaciente de la indiferencia internacional. A pesar de que las Naciones Unidas fueron
advertidas sobre el peligro de esta carnicería, el Primer Mundo se hizo el de la vista gorda. Hoy, este país
está destruido económica y socialmente. El 20 por ciento de los niños ruandeses quedó huérfano, el 96 por
ciento presenció las masacres de sus familiares y el 80 por ciento de la población perdió al menos un
familiar en las matanzas.
Desde entonces, la situación no ha hecho sino empeorar. Las guerras civiles, las enfermedades, la hambruna
y la corrupción, están desintegrando el continente y tienen a casi todos los países del Africa subsahariana
entre la ruina, el trauma y la miseria. En el Congo, hasta hace unos meses se estaba librando una guerra
mundial pero con armas del medioevo. El gobierno congoleño de Laurent Kabila, apoyado por Zimbabwe,
Angola y Namibia, combatía a las milicias hutus, que eran respaldadas por los gobiernos de Uganda y
Ruanda. En Sierra Leona más de 10.000 personas fueron mutiladas en el último año y medio por el
temible Frente Revolucionario Unido (FRU) que buscaba aterrorizar a la sociedad en su lucha por el poder.
Pese a que a mediados de este año se firmó un cese al fuego en ese país, las secuelas de la guerra son
imborrables: en Freetown, la capital, es común ver en las calles a personas _de todas las edades_ mancas,
cojas, sin dedos o sin una oreja. En Sudán, en medio de una cruenta guerra civil que lleva 15 años, todavía
se compran y venden seres humanos. Los esclavos, en su mayoría mujeres y niños, hacen parte de la
guerra sicológica del gobierno integrista sudanés contra el Ejército Popular de Liberación (EPL). La lista sigue
y es tan tenebrosa como interminable.
A este continente ya sólo llegan misioneros jesuitas o benedictinos y empresarios que buscan
aprovechar los conflictos étnicos para sacarle una mejor tajada a sus negocios. Africa es hoy la demostración
más palpable de la farsa y doble moral de las intervenciones humanitarias y del fracaso de la Naciones
Unidas en el nuevo relajo mundial.
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