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Opinión

  • | 2001/08/27 00:00

    Aguas tibias

    La propuesta Santos-Garzón no se mete con regímenes especiales ni cambia el rumbo de la Ley 100. Se limita a aplazar el ‘crack’ por un tiempito

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Nuestro seguro social no es seguro ni es social. Y cada intento fallido de volverlo más seguro lo vuelve menos social. Esta, en resumidas cuentas, es la historia de 34 años y dos reformas y media del sistema pensional (la media es esta de ahora).

Yo no lo cansaría con semejante ladrillo si no fuera porque, encima, va a costarle dos años de su ingreso familiar. O una vejez sin pensión. O ambas cosas, si la lectora o lector no habían nacido por el tiempo de los Beatles. En efecto: el hueco actual de pensiones vale dos veces el PIB; a partir del 2008 no habrá para las mesadas; y ya para el 2020 no habrá dónde pensionarse.

El fondo del asunto es muy sencillo. La seguridad social no ha funcionado en los países ricos, por el envejecimiento de la población y por los ciclos recesivos. En los países pobres no funciona, además, porque se promete lo que no se puede y porque todo mundo le mete mano a las reservas.

Fue lo que pasó en Colombia. Carlos Lleras, de muy buena voluntad, trajo la idea del seguro universal a un país que ni siquiera arrisca con el salario mínimo. Hubo errores de cálculo actuarial, incumplimiento de los aportes del Estado, retraso en el alza de cotizaciones, evasión a porrillo, inversiones no rentables, desvío masivo de fondos para costear la salud, reajustes demagógicos de la mesada, clientelismo, orgía sindical y serruchos de todos los tamaños.

Resultado: en 1993 el hueco del ISS valía 29 por ciento del PIB, a pesar de que cubría sólo al 17 por ciento más rico de los trabajadores —y aunque la gente apenas empezaba a jubilarse—.

Gaviria se olió el tocino. Su célebre Ley 100 hizo tres cosas. Una, dejar que ese 17 por ciento de los trabajadores se volara del ISS para los fondos privados. Otra, entregarles un “bono pensional” que cubría entre tres y cinco veces el valor efectivo de los aportes que había hecho cada titular. Y otra, masificar la cobertura para que los nuevos cotizantes —lógicamente, trabajadores menos ricos— siguieran sosteniendo la caña del Instituto (y es por eso, vea usted, que los yuppies adoran a Gaviria).

Resultado: entre 1994 y 2001, la afiliación saltó de 17 por ciento a 44 por ciento, pero el hueco aumentó de 29 por ciento a 52 por ciento del PIB —sin contar los bonos que pagó el fisco—. Los Fondos se quedaron con el negocio y el ISS se quedó con los jubilados. Pero el negocio se dañó con la recesión y el ISS siguió dañándose con sus vicios. El seguro de los trabajadores privados no se volvió más seguro pero sí menos social.

El seguro del sector público siempre fue poco social. Los congresistas, los magistrados, los generales, seguidos por la USO, Telecom, los docentes de universidades oficiales, los empleados de empresas tipo Emcali o tipo ISS, seguidos luego por jueces, maestros o policías, cotizan menos, se jubilan antes y reciben más que el resto de los servidores públicos y por supuesto más que los trabajadores privados.

Resultado: a raíz del “revolcón”, hubo que liquidar o fondear nada menos que 958 cajas oficiales por cuenta del erario. Y la noche que llega: aunque cubren 12 veces menos trabajadores, el pasivo pendiente en los “regímenes especiales” vale tres veces más que el del sector privado.

La propuesta Santos-Garzón no se mete con los regímenes especiales ni cambia el rumbo de la Ley 100. Se limita a aplazar el crack por un tiempito y a pequeños ajustes que suenan a “social”:

—Lo primero fue maquillar el ISS. Una pequeña renuncia del sindicato y la discreta renuncia de Minsalud, para girarle el billón de pesos que necesita este año y permitirle que siga afiliando incautos.

—Lo segundo fue tirar el balón hacia adelante y demorar un poco las facturas. Que los patronos coticen ahora un punto más y que se frieguen los que van (o sea los que iban) a jubilarse de aquí a 15 ó 20 años (más semanas de cotización, menor base de liquidación, mayor edad para pensionarse).

—Lo tercero fue el toque “social”: pensión de vejez para indigentes (aunque la plata prevista no da ni un brinco).

—Y lo cuarto será rezar para que el balón no se pierda en el entrevere del “Pacto Económico y Social” (a ver si en este partido se nos da el milagro).
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