opinión

Diana Giraldo Columna Semana
Diana Giraldo - Foto: Archivo Personal

Al menos léanlo…

Recopilar estos relatos no quiere decir que alguien haya dicho que las Farc no fueron tan miserables como lo fueron o que esté aplaudiendo sus masacres.


Por: Diana Giraldo

Cuando se firmaron los diálogos de paz con la exguerrilla de las Farc y se llegaron a unos acuerdos para poner fin a la guerra que durante más de 50 años se libró contra ella, el país quedó dividido en dos para siempre. Unos ni siquiera quisieron saber el alcance de esos acuerdos y dijeron que se había entregado el país al terrorismo. Otros avanzaron en ponerlos en ejecución y cumplirlos.

Tres puntos fueron cruciales en esa intención de avanzar en no repetir lo que pasó con las Farc. El primero, crear un Tribunal de Justicia Transicional que investigara los hechos y estableciera responsabilidades. El segundo, crear una unidad de búsqueda, que basada en los relatos de confesión que hicieran los exmiembros de la guerrilla, buscara a los cerca de 100.000 colombianos que jamás regresaron a sus casas y de los que no se tiene razón. Y tercero, conformar una Comisión para que recogiera los relatos de las víctimas y testigos de los hechos que marcaron esta violencia infernal que vivió el país por décadas, como una manera de conocer el alcance de los horrores a los que se llegó y, viendo la magnitud de nuestra propia tragedia, tratar de entender qué nos pudo llevar a este extremo de barbarie, para no repetir esos errores jamás.

Los tres acuerdos se han cumplido. Y este martes que pasó, se conoció el informe de la Comisión de La Verdad, un hecho que debería ser al menos un momento de reflexión para este país. Pero muy por el contrario, este informe se convirtió, desde antes de conocerse su contenido, en el nuevo caballito de batalla para fomentar la polarización en el país e insistir en que tenemos que seguir divididos entre los que aceptan los diálogos de paz y los que siguen condenando al expresidente Juan Manuel Santos, por haberse sentado en la mesa con las Farc y haber permitido que transitaran de la insurgencia al Congreso.

Ha sido sorprendente escuchar a líderes políticos afirmar que en la construcción de este informe no se escuchó a las víctimas y señalar incluso a los comisionados de “izquierdosos” y “guerrilleros”.

El trabajo de esta comisión es de una relevancia absoluta. Durante cuatro años, se escucharon a más de 30.000 víctimas, para tratar de recopilar los distintos hechos que marcaron de sangre más de cinco décadas de conflicto y tratar de encontrar un patrón común. Es cierto, no están todas, no están incluso unas de las más representativas de lo que fue el descarnado actuar de las Farc en el país, como el relato del General del Ejército Luis Mendieta, secuestrado por 12 años, y quien ha hecho pública su inconformidad porque su verdad nos fue escuchada, al igual que cientos y cientos de familiares de colombianos asesinados vilmente por las Farc.

Esto es cierto, este no es un informe absoluto, ni definitivo, ni revelador de toda la verdad de lo que ocurrió en el conflicto, ni es el determinante de las responsabilidades de lo que pasó señalando quién lo hizo y a cuánto debe ser condenado. Pero afirmar que este informe omitió a las víctimas de las Farc, o que justifica su actuar, o que es igual al plan de gobierno de Gustavo Petro, como lo afirmó la senadora María Fernanda Cabal (y otros tantos opositores) es mezquino y solo tiene la intención de preservar esta polarización aberrante en la que nos sumimos desde que se decidió buscar una salida dialogada con las Farc y no insistir en su exterminio por las armas.

Insisto, recopilar estos relatos no quiere decir que alguien haya dicho que las Farc no fueron tan miserables como lo fueron o que esté aplaudiendo sus masacres. No, mil veces no. Fueron miserables, asesinos, desgraciados, llevaron al país más allá de lo posible en aberraciones y actos de barbarie. Y el informe presenta la magnitud del fondo que tocamos como país en esta guerra sin sentido.La invitación es a que lo lean. Así sea para criticarlo, para destrozarlo, para decir qué falta. Pero no se queden con los ataques en redes de muchos que ni siquiera han pasado de la primera página.

Hasta hoy se ha puesto a disposición de los colombianos en la página web de la Comisión de la Verdad una serie de relatos interactivos de los hechos que marcaron esta violencia: los desaparecidos; los secuestros; las masacres; los falsos positivos; el reclutamiento de menores; la utilización de los cuerpos de las mujeres y de la población LGBTI como instrumentos de guerra; el desplazamiento forzado; el exterminio de los campesinos; la violencia sistemática contra indígenas, negros, raizales y el pueblo Rom; el asesinato de miles de funcionarios que cumplieron con su labor de investigar y buscar a los responsables y fueron exterminados. El relato de un país sembrado de minas, que siempre ha tenido a la pobreza como un gran telón de fondo.

Ahí también pueden descargar tres grandes textos. El primero, una declaración de la Comisión de la Verdad sobre cómo realizó su trabajo. El segundo es el primer capítulo, llamado “Cuando los pájaros no cantaban”, que contiene una serie de narraciones en las que a cada tanto hay que tomar aire, por lo descarnado del dolor que relata. Y el tercero, es el segundo capítulo del informe, que corresponde a los hallazgos de los hechos que se convirtieron en una constante dentro de este conflicto, así como las recomendaciones para que no se repita.

Léalo, fórmese su propio criterio y luego sí diga si le parece. Pero no basado en un trino que intente definir lo que han sido 50 años de dolorosa historia.