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Opinión

  • | 2017/11/11 10:44

    “Come home, Mr. President”

    La comunidad internacional ya está convencida. La paz se gana en casa.  

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En el gobierno del presidente Virgilio Barco, se volvió habitual criticar la ausencia pública del mandatario. Hizo carrera el comentario de que la Casa de Nariño era como el Triángulo de las Bermudas: entró un barco y no se volvió a saber nada de él. Ese silencio fue contraproducente para la imagen del presidente. Alimentó las versiones de que el poder real recaía sobre su secretario general Germán Montoya. Versiones que debilitaron su gobernabilidad.  

Para Juan Manuel Santos el problema no es de figuración: no duda en interrumpir la programación diaria de la televisión si considera que lo amerita. Sus periplos nacionales e internacionales son diseminados ampliamente por todos los medios oficiales y por múltiples canales. Sus discursos replicados al por mayor. 

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El problema es otro: sus “lapsus” o comentarios inoportunos en los lugares menos indicados. Ocurre, irónicamente, en escenarios donde Santos se siente más cómodo y ante audiencias amigas. Y en el tema que más tiempo le ha dedicado estos siete años: la búsqueda de la paz. 

Ocurrió en Medellín en junio de 2016 durante el Foro Económico Mundial y frente a decenas de potenciales inversionistas internacionales. Allí advirtió sobre la guerra urbana si no se firmaba un acuerdo con las Farc. La amenaza fue una bendición para los opositores y eventuales promotores del No. Era una prueba tangible para quienes afirmaban que no se podía confiar en la palabra de la guerrilla.  

Apenas cuatro semanas después de perder el plebiscito y en medio de las negociaciones con el uribismo y sus aliados, Santos los acusó, ante el parlamento británico, de adelantar una campaña de mentiras. Para Álvaro Uribe, Andrés Pastrana y otros líderes fue un baldado de agua fría. Y dificultó la posibilidad de un entendimiento. Nunca es recomendable sindicar a su contradictor de tramposo si se aspira llegar a un acuerdo. 

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En mayo de este año en Washington, repitió la dosis. Describió a sus detractores como enemigos de la paz. En Colombia, las críticas desde el exterior tienen un efecto demoledor. Los medios los multiplican. Es nuestro karma ser tan sensibles a lo que se dice del país en otras partes. Cantarle la tabla en inglés a sus críticos no aporta, nos divide más. 

Siempre he pensado que la política local no debe traspasar las fronteras. Que los asuntos colombianos son para colombianos. Que va en contravía del interés nacional aprovechar espacios o escenarios internacional para ventilar disputas domésticas. No importa quien sea. En esta columna he criticado al ex presidente Uribe precisamente por incurrir en esa práctica.

Pero tampoco le queda bien al presidente Santos. Y no sólo porque casi siempre le sale el tiro por la culata. Como Jefe de Estado nos representa a todos, a los del Sí y a los del No. Y a la otra mitad del país que se abstuvo de votar.

Comprendo la tentación. El mayor respaldo al acuerdo está en la comunidad internacional. Allí es recibido con aplausos y como un héroe mientras en algunos lugares de nuestro país lo ensordecerían los chiflidos.

Esta semana el Presidente viajó a Londres para recibir dos premios más, uno por la paz y otro por la defensa al medio ambiente. El cúmulo de reconocimientos que ha recibido Santos en los último once meses no tiene precedentes en la historia de Colombia. Me alegra por él, mas dudo si era necesario y oportuno abandonar el país en momentos en que uno de los elementos claves del acuerdo - la Jurisdicción Especial para la Paz-, corre el peligro de hundirse en el Congreso. Quedó la sensación de un mandatario ausente, desinteresado por la implementación de lo que se negoció.

Y esa desconexión se notó con sus comentarios en Londres sobre la participación política de las Farc. Mientras el Ministro del Interior aceptaba la propuesta de los conservadores para que las Farc se vieran obligadas a presentarse a la JEP y confesar sus crímenes antes de posesionarse, Santos no mencionó esa condición. Defendió, en cambio, la necesidad de cumplirle a las Farc en ese punto. Nadie discute ese principio. La palabra es la palabra. Sin embargo, el acuerdo de paz no se implementa en un vacío. El malestar sobre los jefes de las Farc como congresistas es real y masivo. Es la responsabilidad del Presidente resolver ese embrollo. No lo puede delegar. Y menos hacerlo a 8000 kilómetros de distancia.

En Twitter Fonzi65

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