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JORGE HUMBERTO BOTERO
Jorge Humberto Botero - Foto: GUILLERMO TORRES

Almas gemelas

No quisiera preocuparlos, pero Petro y AMLO son muy parecidos.

Por: Jorge Humberto Botero

Como párvulos en la escuela, muchos por estos días cantan al unísono: ¡Ganamos, ha llegado el tiempo de la igualdad, la fraternidad y la paz! Y, en efecto, casi toda América Latina está gobernada por mandatarios que se definen a sí mismos como de izquierda. Pero si se mira con cierto detalle son evidentes las diferencias.

Tememos los arcaicos regímenes comunistas de Nicaragua, Cuba y Venezuela, que han garantizado a sus pueblos corrupción, pobreza y dictadura, justamente lo contrario de lo que habían prometido. Argentina se encuentra en una posición insular, el populismo extremo. Simula creer que la inflación es producto de la avaricia empresarial y no de un exceso de gasto estatal financiado con emisión. Avanza, a buen ritmo, hacia el precipicio.

Chile constituye la antítesis. Luego de la derrota en las urnas del proyecto de nueva constitución, se estabilizó como un país socialdemócrata que pretende fortalecer el gasto social sin poner en riesgo la estabilidad macroeconómica y la democracia representativa. Boric ya no es el líder que soñó ser.

De Perú digamos que flota en el limbo. Y de Brasil, que Lula, en su tercer período, tendrá que andar con pies de plomo. No tendrá un parlamento dócil; durante el gobierno de Bolsonaro se consolidó una corriente de derecha que goza de amplio respaldo en las clases bajas y tiene que afrontar -como casi todos los países de la región- problemas fiscales, bajo crecimiento y elevada inflación.

Me detengo en México y Colombia, países entre los que existen diferencias, pero tambien semejanzas profundas. Nuestros dos mandatarios son populistas, así carezcan de libertades plenas para transitar ese camino. No controlan la emisión monetaria, afrontan restricciones fiscales y son inciertas sus mayorías parlamentarias.

Su populismo tiene tres dimensiones: (i) la preferencia por la democracia plebiscitaria, en contra de los mecanismos de representación política; (ii) la visión de sí mismos como redentores sociales, circunstancia que los conduce a chocar con el principio de división de poderes; (iii) y la propensión hacia el reparto de subsidios directos entendidos como una estrategia mejor que el crecimiento económico para generar igualdad, reducir la pobreza y, de contera, generar fidelidad electoral. Examinémoslas una a una.

Antes incluso de su posesión, AMLO puso en marcha una suerte de consulta popular manipulada para desacreditar el aeropuerto en construcción, proyecto que, según él, provendría de un proceso contractual corrupto. Nunca concretó esa acusación. Usando mecanismos tortuosos y con fines sospechosos, promovió una votación de respaldo a su mandato y la eliminación del fuero de sus antecesores; fracasó, por fortuna, en ambas iniciativas.

El palmarés de Petro en esta competencia luce mediocre, aunque tiene un largo camino por delante para mejorarlo: las consultas informales, supuestamente obligatorias, sobre el Plan Nacional de Desarrollo. ¿Se atreverá a decirle al Congreso en los debates que vienen que no se le puede cambiar ni una coma porque es lo que “el pueblo” quiere?

El protagonismo político de ambos caudillos conduce a la centralización e informalización del poder estatal. En nuestro caso supongo, pero no puedo afirmarlo, que la actividad jurídica del gobierno, salvo en cuestiones de rutina, ha caído muchísimo; entiendo que no se han elaborado documentos Conpes, un instrumento esencial de la política económica y social desde hace más de medio siglo.

Ese estilo imperial común se instrumenta de distintas maneras. AMLO realiza, con disciplina de hierro, ruedas de prensa diarias a las seis de la mañana. Esta es la base de su popularidad que sigue siendo sólida, así diga, como suele, falsedades o verdades a medias.

Es cierto, por ejemplo, que durante su mandato el salario mínimo ha subido en magnitudes ignotas, aunque calla que el desempleo, la inflación y la informalidad se han elevado. Los trinos frecuentes de Petro, que, con frecuencia, tienen que ser corregidos, han mellado en algo su imagen, aunque no todavía su respaldo.

Es previsible que este esquema caótico se vuelva insostenible. Fiascos recientes y graves como la tregua con los elenos, la compra de aviones de combate y la fallida prohibición de la bienestarina requieren drásticos correctivos.

No es extraño que Petro y AMLO concedan especial importancia a los subsidios, no solo porque ellos son parte de su ideario, sino tambien porque la crisis generada por la pandemia y la guerra en Ucrania han tenido impactos sociales graves que todos los gobiernos, al margen de su filiación política, tratan de mitigar.

El problema es que, en vez de usar mecanismos ya probados, en cuanto a costos, focalización, logística y evaluación, prefieren partir de cero. Hasta donde sé los resultados en México han sido deplorables. Petro apenas comienza a recorrer ese camino. ¿Será que vamos a dar dinero a cambio de compromisos de no delinquir y a establecer “ollas comunales” a diestra y siniestra? Repartir alimentos, en vez de dinero para comprarlos, es costoso e ineficiente.

Ambos presidentes podrían suscribir un lema común: “Bienvenidos al pasado”, para enmarcar sus políticas de inversión pública en el esquema estatista que adelantamos, con pésimos resultados, en la pasada centuria.

Petro apenas está dando sus primeros pasos y solo en el plano discursivo: el tren entre Barranquilla y Buenaventura, que nadie con dos dedos de frente considera viable, es un buen ejemplo. No cree ninguno de ellos en esquemas de asociación entre el Estado y las empresas para impulsar el desarrollo.

El historial de AMLO en sus primeros cuatro años es patético. En vez de resolver los supuestos problemas de corrupción asociados al nuevo aeropuerto, lo dejó inconcluso cuando la obra iba en el 40%, un despilfarro de recursos públicos gigantesco.

Como, sin embargo, se necesitaba un nuevo aeropuerto, se realizaron inversiones en unas estructuras militares que no resolvieron el problema.

Su monto es desconocido pues el proyecto fue convertido en una cuestión de seguridad nacional. Y lo es por una razón espuria: es una gabela que se les dio a los militares a los que AMLO corteja. Recordemos que Petro pretende que los militares sean fundamentales en la política de industrialización.

Avanza México en la construcción de una nueva refinería de petróleo que, según los expertos, no se necesita, y en un par de trenes cuya necesidad nadie había ni siquiera vislumbrado, uno de ellos para comunicar ambos océanos. O sea que Colombia y México no solo quieren competir con el canal de Panamá, sino tambien entre sí. ¡Esto es de locos!

Concluyo con una coincidencia preocupante: AMLO y Petro consideran corruptas las elecciones que han perdido.

Briznas poéticas. Gustavo Adolfo Garcés, al estilo de los mejores poetas chinos o japoneses: “Ebrio / caminé por el bosque / llené el cuenco de agua / se salieron todas las estrellas”.