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Opinión

  • | 2007/05/19 00:00

    Alzheimer

    Marlon Madrid Cárdenas dice que es cínico que los homicidas para salvar su pellejo aparenten que han olvidado sus crímenes, pero es aún más doloroso que la sociedad en su afán cotidiano decida olvidar esos crímenes.

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El primero se quedó ciego al frente del semáforo con sus manos puestas sobre el volante. A su alrededor, la acelerada ciudad hacía sonar el pito de sus automóviles. En pocas semanas toda la ciudad estaba ciega. Inundada de una ceguera lechosa. Blanca. No obstante, la ceguera era extraña. El iris estaba perfecto. Todos los ojos a la luz médica se encontraban sanos. Un lugar donde los seres viendo no veían. Escribiría Saramago.

Pero la narración del Nobel es sólo una metáfora sesuda. Fruto de la imaginación y de la ‘fantasía’ humanas. La realidad resulta a veces más fría y desconcertante. En un exótico país de Suramérica los recuerdos desaparecen. El país deambula con seres que pierden la memoria de un momento a otro.

El último caso se ha presentado en las instalaciones de la Fiscalía. El paramilitar contaba con detalle los abusos que la insurgencia había cometido décadas atrás contra su familia y, en consecuencia, las razones que lo habían llevado a tomar las armas.

Aquel punto cesó. Había llegado el momento en que tenía que confesar libremente los centenares de crímenes que había perpetrado en sus 30 años de acción. De pronto. Recordó. “Me dio alzheimer”. Más de 400 familiares de las víctimas escuchaban cerca de la sala de audiencias. “Me siento bien, pero se me olvidan las cosas”.

Han mirado con cuidado su historia médica y efectivamente: tiene parkinson, hipertensión, depresión, osteoporosis, pero no aparece por ningún lado el alzheimer. Es decir que su cerebro no ha disminuido de peso y de volumen y que los niveles de acetilcolina permitirían una comunicación normal entre sus neuronas. Pero él no recuerda. Sus crímenes han desaparecido en medio de un espeso olvido blanquecino.

No obstante lo sucedido, el caso de este experimentado paramilitar trascendería aun más, de no ser porque aparece en una tierra que ya ha sido abonada. En una sociedad que de tiempo atrás intenta sobrellevar su epidemia de alzheimer voluntario bañándose de indiferencia. Más de 500.000 asesinatos en las últimas tres décadas y entre 10.000 y 31.000 desaparecidos producto de la violencia política. Tanto el recuerdo de los unos como el de los otros la sociedad los ha envuelto en la desmemoria.

Existen excusas de todo calibre. Los inocentes olvidan tanta violencia para poder seguir viviendo. Y los verdugos hacen lo mismo para creerse inocentes y poder continuar asesinado. Ambos olvidos –humanos e inhumanos– han dado como resultado que cada generación crea que la tragedia es algo nuevo y pasajero. Qué sólo es una sucesión casual de acontecimientos sin pasado.

En días anteriores le han preguntado a la investigadora María V. Uribe, experta en la violencia de los años 50 en Colombia, si en aquellos años la sociedad dejó de hacer algo para que el país de hoy fuese más sano. “Claro. Esa violencia está enterrada en la impunidad absoluta. Nunca se habló de ella, nunca se procesó”, responde. Tanto ayer como hoy se hace lo mismo. Ocultar. Ignorar. Eliminar los recuerdos.

Resulta una burla cínica y dolorosa que los homicidas, para salvar su pellejo, aparenten que han olvidado sus crímenes –aunque de ellos no se pueden esperar cosas distintas–. Pero resulta más doloroso y desesperanzador aun que la sociedad en su afán cotidiano decida olvidar esos crímenes.

Aun con todo, la esperanza de que esta epidemia desaparezca subsiste. Porque básicamente la cura depende de la voluntad de cambiar la decisión de no ver aquello que vemos y de no recordar aquello que, queramos o no, permanece en las entrañas de nuestra memoria.

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