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Opinión

  • | 2001/11/12 00:00

    Amargura acumulada

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El 11 de septiembre una pesadilla se convirtió en una visible y palpable realidad. La industria cinematográfica y la literatura de ciencia-ficción llevan mucho tiempo presentando escenarios de terror –muchas veces con organizaciones terroristas sin rostros como actores satánicos-, para cosquillear los nervios de la gente y evocar el placer complejo que lo espantoso, contemplado desde el lugar del espectador, puede provocar en los humanos. Ahora las imágenes terroristas se convirtieron en una realidad histórica en medio de nuestras vidas.

También nuestro miedo se ha vuelto algo real. Y es entonces cuando los humanos nos buscamos unos a otros para sentir la seguridad que los vivos le pueden ofrecer a los vivos. Algo ocurre en un nivel más profundo que el de los estímulos sensoriales y de las sensaciones, el nivel que solemos llamar el existencial.

El hecho que el mundo sea un lugar peligroso y que ni la sociedad abierta, los estilos de vida occidental, la democracia o la vida en sí ofrezcan garantías de seguridad -algo que teníamos comprendido-, ha sido subrayado de un modo brutal e inevitable, por los acontecimientos en Nueva York y Washington.

Las catástrofes volcánicas y sísmicas que frecuentemente afectan diferentes lugares de la tierra tienen una correspondencia que podemos llamar la catástrofe natural humana.

La amargura acumulada y el odio arrastrado por mucho tiempo, concentrados en ciertos enclaves pequeños en el mundo, pueden desencadenar muertes y destrucción masiva. Lo hemos visto anteriormente en la historia y lo volvemos a ver ahora. Hay una peligrosa fuerza explosiva en la naturaleza del hombre ante la que no se puede cerrar los ojos.

Sin embargo, no hay nada que diga que esta fuerza peligrosa esté predestinada a subyugarnos y a aniquilar el deseo de sabiduría, justicia y empatía que asimismo en gran medida caracteriza a nuestra especie. Todos tenemos una gran responsabilidad en la situación actual. Se trata de defender la civilización en nuestro propio interior.

Déjenme aclararlo: con demasiada frecuencia ha ocurrido que las grandes catástrofes conducen a los humanos a atacarse ciegamente los unos a los otros, a señalar a ciertos pueblos o grupos como malvados, a impulsar la caza de brujas o la xenofobia. De tal manera nos ciega la estupidez que siempre nos acecha.

Entonces aparece lo que hace unos años se describía como una combinación de estupidez y maldad. Es una síntesis fatal. No tiene nada que ver con un alto o bajo nivel de inteligencia, pero sí con una pereza mental y una falta de voluntad para comprender lo que de hecho se puede ver.

Hay que dar cabida y expresión a los sentimientos que ahora brotan por el carácter que tienen. Los sentimientos son hechos irrefutables, pero tenemos una responsabilidad, como los seres sensatos que somos, por la manera en que los manejamos.

Los horrores del siglo pasado tuvieron lugar cuando los recursos morales fueron acallados de forma deliberada o accidental. Una y otra vez las atrocidades van acompañadas de tácticas de humillación y deshumanización, apodos despectivos y condiciones degradantes.

Las causas de estas catástrofes son en parte políticas y sociales. La dimensión política debe desempeñar un papel primordial. Existe la necesidad de un control mundial adecuado, con una autoridad internacional legítima y debidamente respaldada para preservar la paz y proteger los derechos humanos. Existe la necesidad de contar con fuentes de información independientes que sirvan de alternativa a la propagada. Existe la necesidad de evitar proyectos políticos utópicos de gran envergadura.

Pero las soluciones también son de índole ética y sicológica. Esto se debe en parte a que las soluciones políticas necesitan del apoyo de la opinión pública. En términos generales, un clima de opinión puede contribuir a evitar un desastre. La política y la sicología se encuentran entrelazadas.

Como consecuencia de los ataques terroristas de septiembre 11, el Secretario General Kofi Annan y varios Estados Miembros de la ONU instaron a la Asamblea General, el lunes pasado, (primero de octubre), a llegar a un acuerdo y a adoptar una convención de amplio alcance para combatir el terrorismo.

"Entiendo la necesidad de adherirnos estrictamente a la ley", el Secretario General declaró ante la Asamblea General durante la inauguración del debate sobre el terrorismo esta semana. "Pero debo aclarar que también es necesario tener más claridad moral".

"No podemos aceptar a quienes buscan justificar el sacrificio de vidas inocentes, cualquiera que sean las causas o motivos del agravio. Si existe un principio universal con el cual se identifiquen todos los pueblos, sin duda alguna es este". dijo.

"Aún en caso de conflicto armado el uso de civiles como objetivos es ilegal y moralmente inaceptable", recalcó el Secretario General. "Así que insto –añadió-, a todos los países a que permitan que el actual Derecho Internacional Humanitario sea respetado con mayor fuerza".

Si queremos defender la civilización, la lucha se caracteriza en gran parte por un trabajo dentro de nosotros mismos. Un trabajo interior así presupone conversar y encontrarse con otras personas. La lucha por un futuro que merezca llevar ese nombre se desarrolla, por lo menos, tanto en este nivel interior como en el mundo de la política. La lucha fructífera de este nivel interior además es una condición necesaria para una política y una cultura democrática.

Es posible que la pesadilla que acaba de hacerse realidad refuerce la certeza sobre la responsabilidad que cada individuo tiene sobre la historia futura.

* Director de la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y Coordinador (e) de la ONU en Colombia
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