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Opinión

  • | 2018/06/04 17:29

    A mí ya nada me sorprende

    Como cada 4 años, este año también el Mundial de Fútbol nos cogió eligiendo al presidente. Esta coincidencia, o estrategia, exalta los ánimos colectivos como ningún otro evento en el planeta, de modo que debe existir un estudio acerca del impacto de esta ¿coincidencia? en la democracia colombiana.

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Llueve, calienta el sol después del mediodía, vuelve a llover en la tarde. Las noticias decían que a mediados de junio terminaría la temporada de lluvias, pero nada. Ya mañana es 20 de julio, se instala el nuevo Congreso, en un par de semanas se va a posesionar el presidente y comenzará un nuevo ciclo político como cada 4 años; una nueva manera y un
nuevo tono para dirigirse la palabra entre la Casa de Nariño, el Capitolio y el Palacio de Justicia.

“Vecino, ¿cómo le va? Deme ahí un tintico mientras escampa”, le dije al tendero, abriéndome paso entre la gente que escampaba conmigo. Cuando sonó la fanfarria del extra del noticiero del mediodía, todos los que estábamos en la tienda dejamos de hablar o teclear en los teléfonos y clavamos los ojos en la pantalla del televisor empotrado en la pared, entre atunes, pilas y jabones detergentes. Nada parece más importante que seguir esa noticia, es evidente que nos estremece.

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“Dígame con toda sinceridad mi señora, ¿alguna vez creyó que esto podía pasar en Colombia?”, me pregunta don José el tendero, sin despegar los ojos de la pantalla. Después de unos segundos, murmuramos los dos al tiempo: “A mí ya nada me sorprende”. 

Hace 4 días se jugó la final del Mundial en el espectacular estadio de fútbol de Moscú. Más de un mes de delirios globales al grito de gol, cuántos millones de corazones vibrando en la misma sinfonía emocionada. ¡¡Qué bien jugaron muchachos, qué orgullo mi camiseta, mi bandera, mi Selección Colombia!! ¡¡qué grandes emociones nos han regalado!! En este tiempo, en Colombia las tiendas y los cafés han abierto muy temprano para que los madrugadores puedan ver los partidos, mucha gente cambió sus hábitos para celebrar a deshoras y todo el país se pintó de amarillo emocionado, en las calles, los
negocios, las ventanas. Para la Selección, como siempre, solo amor y agradecimientos. 

Como cada 4 años, este año también el Mundial de Fútbol nos cogió eligiendo al presidente. Esta coincidencia, o estrategia, exalta los ánimos colectivos como ningún otro evento en el planeta, de modo que debe existir un estudio acerca del impacto de esta ¿coincidencia? en la democracia colombiana. La euforia mundialista minimiza los pesimismos, trivializa la percepción de los problemas, anestesia los sentidos críticos, sublima la pertenencia de la gente a una ola humana en la  cúspide del mayor voltaje emocional colectivo. Desde que Colombia clasifica al Mundial, la cita ineludible de cada 4
años, la que moviliza a la mayor cantidad de colombianos, no son las urnas sino las pantallas de televisión.

En junio se eligió al presidente con apellido de 5 letras, y todavía medio país celebra y el otro medio reniega. En este país donde siempre gobiernan los mismos con las mismas, y las diferencias entre los finalistas en la carrera presidencial suelen ser nimiedades, esta vez llegaron a segunda vuelta dos candidatos con posturas diametralmente opuestas.

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El día de las elecciones fue el cierre de una batalla de suma de negativos; uno cargaba con el  negativo de su jefe, el otro con el suyo propio. El resultado dejó exaltados los inconformismos y las indignaciones que, aunque se les intente minimizar, despertaron el fantasma del fraude que va a recorrer los corredores de la Casa de Nariño por los próximos 4 años, quiéralo o no el presidente. En estos momentos, el equipo del presidente electo termina de diseñar, conciliar y negociar su plan de gobierno, las fuerzas políticas se alinean y la oposición se organiza.

Pero detrás de las emociones mundialistas y presidenciales, el país se está desgarrando en sus entrañas. La represa de Hidroituango representa el colapso de la ingeniería, la administración, la sensatez, la planeación y la transparencia. Una montaña fracturada que nadie escuchó llorar, grandes aguas detenidas, desviadas, emberracadas, a las que los ingenieros y los gerentes de la megaobra jamás escucharon, una comunidad ribereña a la  que nadie prestó cuidado en sus advertencias y temores. Un desastroso fracaso, el peor después de Chernobyl. Un himno de la naturaleza contra la arrogancia humana.

La normalización de una emergencia. “A mí ya nada me sorprende” murmuramos al tiempo, y seguimos la noticia  sobrecogedora en la que toda la tienda ponía los ojos. “No nos aterremos, que aquí en Colombia ya es sabido que puede pasar cualquier cosa”.

Ana María Ruiz Perea @anaruizpe

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