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Opinión

  • | 2019/06/11 19:48

    Chernóbil

    Un amigo comparó hace poco las mentiras de Chernóbil con lo que actualmente vive Venezuela. No hay que ir tan lejos. ¿Acaso no fue lo mismo lo que pasó aquí con los falsos positivos? ¿Acaso la negación de que los asesinatos de líderes sociales son sistemáticos y corresponden a un mismo patrón no buscan también impedir que se conozca la gravedad de los hechos?

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La tragedia y la mentira lograron que los seguidores de HBO pasáramos de ver el miedo de Arya caminando por entre los escombros de Desembarco del rey a la fascinación por el horror que se vivió hace más de treinta años en Chernóbil, el accidente nuclear del que el resto del mundo tuvo noticia dos días después de que sucedió, cuando comenzaron a detectarse altos niveles de radiación en Suecia.

En manos de los soviéticos quizá no nos hubiéramos enterado nunca. O hubiéramos tardado más tiempo en enterarnos. Basta ver la escena en la que Gorbachov se tranquiliza tras enterarse de la noticia, no porque la situación hubiese sido ya controlada, sino porque la prensa internacional no la sabía todavía. El orgullo patrio estaba en juego.

Sobre esto trata esta serie, que se tiene desde ya como una de las mejores que ha hecho la televisión. ¿Cuántas mentiras son necesarias para mantenerse en el poder? ¿Es más importante la “institucionalidad” que la vida? ¿Qué tanto ocultan los gobernantes, y hasta los mismos medios, la realidad? ¿Cuántos accidentes han sucedido iguales o mayores a este y los hemos desconocido por cuenta de un gobierno de turno? Más allá del accidente nuclear, Chernóbil cuenta que los secretos de Estado y el ocultamiento de información son mil veces más peligrosos que la radiación.

Lo fácil fue negarse a sí mismos los hechos. Al error humano que originó la tragedia se sumó una cadena de malas decisiones y, peor, la obediencia de Estado. Todos sabían lo que había ocurrido -y sabían también la magnitud de la tragedia-, pero todos callaron por miedo o complicidad, que viene a ser lo mismo. “Cuando la verdad ofende, mentimos y mentimos hasta que ni siquiera recordamos que existe. Pero sigue allí. Cada mentira que contamos se endeuda con la verdad. Tarde o temprano esa deuda se paga”, dice en la serie Legasov, el científico encargado de averiguar lo que pasó.

Un científico es alguien que se esmera es descubrir un dato. No es su trabajo. Es una obsesión. Pero a Legasov el sistema poco a poco lo va enredando en la mentira y es condenado por decir la verdad. Es cierto que esto sucedió en el sistema totalitario de la antigua URSS, pero es ingenuo creer que las mentiras y el ocultamiento de información no suceden por igual en el resto de naciones.

Un amigo comparó hace poco las mentiras de Chernóbil con lo que actualmente vive Venezuela. No hay que ir tan lejos. ¿Acaso no fue lo mismo lo que pasó aquí con los falsos positivos? ¿Acaso la negación de que los asesinatos de líderes sociales son sistemáticos y corresponden a un mismo patrón no buscan también impedir que se conozca la gravedad de los hechos?

Cuando se cumplieron veinte años de la tragedia, en 2006, Gorbachov afirmó que el accidente de Chernóbil “Fue la verdadera causa, y no la perestroika, del colapso de la Unión Soviética”. Pero el hombre nunca aprende y ahora que la serie descubre la verdad el Gobierno ruso ha salido a decir que contará su propia versión de los hechos, la historia oficial, la mentira que no acepta jamás la mentira.

Pasa allá. Pasa igual aquí.

P.D. Hay que leer Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich.

@sanchezbaute




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