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Opinión

  • | 2003/08/18 00:00

    Apuntes de fisionomía

    Basta que Uribe salga al patio de la Casa de Nariño y se le oscurecen las gafas. El resultado es malo: le esconde los ojos y nace la desconfianza

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Hubo una vez una ciencia que nunca llegó a ciencia y se quedó en algo que está en los límites entre la intuición y la superstición. Me refiero a la fisiognómica o, en palabras más sencillas, a la creencia bien o mal fundada de que el alma (es decir, el carácter, la psicología) de una persona se refleja en su fisionomía, y más concretamente en los rasgos de su cráneo y de su cara. Los frenólogos llegaron a afirmar que podían descubrir si alguien era o podía llegar a ser un delincuente con sólo hacerle algunas mediciones a la frente, o a la distancia entre los ojos y el tamaño de las orejas y los dientes.

Algunos novelistas que se autodefinían científicos por ejemplo Zola, al hacer la descripción física de sus personajes, acudían a sus conocimientos de fisiognómica, y un joven que en el primer capítulo era presentado con dos dedos de frente, el pelo tupido y flechudo, las cejas muy pobladas y las uñas en forma de garfio, estaba destinado en el capítulo 20 a asesinar a la novia o a la hermana. Ineluctablemente.

Por fortuna todos hemos conocido santos y santas con caras espeluznantes, de esas que hasta los perros les ladran injustamente cuando pasan. Por mucho que las estampitas del padre Marianito evoquen de inmediato a Nosferatu, todos sabemos lo bueno y milagroso que fue y sigue siendo nuestro único beato de Yarumal. Así que juzgar a las personas por su aspecto exterior es algo que carece de rigor científico y que nos lleva irremediablemente por el sendero de la injusticia y la arbitrariedad. Pero siempre hay un pero.

Por mucho que yo me diga siempre lo anterior, la conciencia no deja de jugarme una mala pasada y cada rato me cojo pensando y sacando conclusiones injustas a partir del aspecto de las personas. Encuentro parecidos, hago analogías, me distraigo en una cadena de asociaciones. No son cosas muy graves, y por eso me permito, como un simple divertimento, contarles lo que me evocan las fotos o la vista en directo de algunos personajes de la vida nacional.

Empecemos, por ejemplo, por el gran misterio que despierta la imagen del embajador de Colombia en Estados Unidos, Luis Alberto Moreno. Lo que perturba de él cuando lo vemos es que uno no es capaz de calcularle los años: puede tener cualquier edad entre 15 y 65. Me imagino lo que pensarán esos gigantescos funcionarios gringos que lo reciben por primera vez: "Hay un error, me enviaron al hijo del embajador" (o al revés: al papá del embajador), antes de que al fin con palabras la cosa se aclare. Siempre parece vestido como para la Primera Comunión, pero no, después resulta que más bien se viste a la antigua, y uno espera que en cualquier momento saque el bastón de paseo y el sombrero hongo.

Veamos otro caso, el señor Presidente. Como tiene una cara simétrica y armónica de estudiante aplicado, como no tiene nada grande ni chiquito en el rostro, ningún caricaturista ha sido capaz de deformarlo bien. Sólo un rasgo, no de él, sino un pequeño error en la óptica (cuando manda a hacer las gafas), lo perjudica: como muchos zarcos, seguramente Uribe sufre de fotofobia, le molesta la luz, que ya sabemos lo intensa que es por estos trópicos. Y entonces le recetaron gafas de esas fotosensibles que cuando las toca la luz se oscurecen. Por eso, cuando le toman fotos en interiores, se le ven los ojos, y eso inspira confianza. Pero basta que salga al patio de la Casa de Nariño, o a un desfile militar, o incluso a los jardines del Elíseo, en París, y se le oscurecen las gafas. El resultado es malo: le esconde los ojos, y a nadie le gusta mirar a alguien que oculta sus ojos. Produce el 'efecto guardaespaldas' y de inmediato nace la desconfianza. Ojalá doña Lina le haga corregir la fórmula de los lentes.

Se me acaba el espacio y aunque me queda mucha gente por analizar (benévola y constructivamente, por supuesto) termino con el copete muy negro y muy peinado del señor Ministro del Interior. Lástima que los lectores sean tan jóvenes pues si no se acordarían de un viejo actor de televisión que solía actuar de personaje tenebroso o de detective secreto: Boris Karloff. Era igual al Ministro (en la elocuencia, en el verbo encendido, pero sobre todo en el copete). También los ojos inyectados de indignación moral y ese remate rebelde que en inglés se llama "widows' peak", pico de viuda, o copete puntudo a la Karloff. Hay algo más que emparienta su pelo, ya no con Karloff, sino con un líder mundial, el canciller alemán Schroeder. Hace uno o dos años éste demandó por calumnia a un periodista que se atrevió a escribir que el primer ministro se teñía el pelo. Yo no voy a insinuar esa infamia de nuestro Ministro del Interior. Sólo puedo decir con envidia de la mala (yo, que siendo menor ya tengo más lanas blancas que coloradas y que a este paso voy a terminar como Carlos Gaviria o como Papá Noel) que su gran copete o widows' peak resulta ser un ala de cuervo tan renegrida que ni las viudas de verdad la consiguen cuando se hacen sus enjuagues con Palette 810.
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