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Opinión

  • | 2019/01/09 08:05

    Exigir respeto

    Cuando Tito Díaz, el asesinado alcalde de El Roble le pidió a Uribe en ese recordado consejo comunitario de Corozal, Sucre, que intercediera por su vida porque el gobernador Arana lo iba a matar, como en efecto ocurrió, no lo hizo por respeto a Uribe sino porque sabía de la identificación de este con el paramilitarismo que practicaba Arana y que una sola orden del jefe podía persuadir a los sicarios de su intención.

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Las ideas no son sagradas. Eso de que no estoy de acuerdo contigo, pero respeto tus ideas es una falacia. Y lo es porque los argumentos son, precisamente, para debatir. Además, se necesita ser un tarado o, en menor de los casos, un enfermo mental para respetar una expresión racista, homófoba, clasista o xenófoba. Creo que a esta altura de la historia humana aceptar cualquier manifestación de odio, cualquier expresión que atente contra la autoestima del otro, hay que rechazarla sin tibiezas para que no queden dudas de nuestra posición ante un hecho ultrajante. La razón es simple: no se puede ser tibio ante la violencia (verbal, psicológica o de cualquiera manifestación) que vaya en contra de la dignidad del vecino, compañero o del humilde vendedor callejero. Por otro lado, el respeto se gana. Uno no puede ir por el mundo respetando a cualquier imbécil que ocupe una posición de poder, no importa si es nuestro jefe inmediato o el presidente de la República. La razón no pelea con nadie, decía mi viejita, pero en Colombia esa premisa no goza de amplia acogida entre los ciudadanos porque aquí el que tiene la razón le dan palo, le mandan al sicario o le llenan la botellita de agua saborizada que guarda en el escritorio con cianuro.

La sacralidad es el principio rector de toda manifestación religiosa, nos recordaba en uno de sus numerosos ensayos el rumano Mircea Eliade, y ninguna idea (por mucha aceptación que logre en un momento) se inserta en el ámbito de lo sagrado, definido en su sentido más amplio como aquello que no puede tocarse. Visto así, ninguna forma de pensamiento alcanza el lugar de lo intocable ni mucho menos el de sacro, ya que lo que hoy puede recibir una amplia aceptación entre los grupos sociales, mañana puede dejar de serlo y terminar convertido solo en un recuerdo, o una anécdota, como el celebrado mito del paraíso.

Pero el asunto va más allá porque el respeto y la obediencia se han instaurado en el corazón de la sociedad como un valor dominante. Cuántas veces hemos escuchado decir que hay que respetar a los mayores, como si el respeto fuera una cinta métrica con la que podemos medir al otro. ¿Cuánta veces hemos escuchado a la senadora Paloma Valencia pedir, desde su curul, respeto para su jefe supremo? La pregunta que debería formularse es: ¿a quién respeta su jefe supremo? ¿Será que la señora sí ha leído los tuits del señor donde descalifica a sus detractores políticos sin prueba alguna y los señala de cometer delitos, como lo hizo con el senador Cepeda, al que acusó de comprar testigos y luego lo denunció ante la Corte Suprema de Justicia por el mismo hecho?

El respeto se gana, se gana con respeto, con buenas obras y suficiente criterio. No porque se grite y se vocifere como un energúmeno se tiene la razón. Nadie que investigue y escriba lo hace para recibir palmaditas en el hombro o para que sus amigos lo quieran más. Lo hace porque hay preguntas que requieren respuestas y porque hay sueños por cumplir, y en ese trajinar de búsquedas y respuestas va ganándose la identificación con el otro (o los otros) y que el tiempo termina convirtiendo en admiración, que es, en realidad, el principio del respeto.

Exigirlo, pues, sin haberlo ganado no deja de ser una locura. El padre que golpea al hijo mientras le pide respeto no se gana la admiración, pero sí el miedo. Cuando los paramilitares de Castaño y Mancuso iban por los pueblos del país en época de elecciones exigiéndoles a los pobladores votar por un determinado candidato, no iban en plan de respeto sino de proferir amenazas. El votante no lo hacía por admiración, o porque se identificara con las ideas del candidato, sino por el gran temor de ser expulsado del terruño o, en el peor de los casos, perder la vida. Cuando Tito Díaz, el asesinado alcalde de El Roble le pidió a Uribe en ese recordado consejo comunitario de Corozal, Sucre, que intercediera por su vida porque el gobernador Arana lo iba a matar (como en efecto ocurrió) no lo hizo por respeto a Uribe sino porque sabía de la identificación del presidente con el paramilitarismo que practicaba Arana y que una sola orden del jefe podía persuadir a los sicarios de su intención.

Creo que la senadora vociferante del Centro Democrático, aquella que todavía cree en los abolengos (y los defiende) como una cualidad social, olvidó que el único y verdadero respeto por el que se debe luchar es por el respeto a la vida. Y ese, estoy seguro, Uribe no lo conoce.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

(*) Magíster en comunicación.

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