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Opinión

  • | 2018/07/12 03:14

    El retorno del rey

    El expresidente nunca dudó en convertir a grupos de campesinos que protestaban en “bandidos” de la guerrilla, o a maestros en sus auxiliadores, una impronta que en Colombia no puede borrarse con agua y jabón.

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Todo parece indicar que lo único sistemático en la oleada de crímenes contra los líderes sociales son las declaraciones de algunos altos funcionarios del gobierno que han intentado reducir un genocidio a cuentagotas a un hecho simplista como son los “líos de falda”. Nada más torcido e irresponsable, pues revictimizar al caído es volver a asesinarlo, ya no física pero sí moralmente. Es despojarlo de lo único que posiblemente le daba sentido a su existencia: la lucha por hacer de su comunidad un lugar mejor. Al revictimizarlo, no solo se le despoja de su imagen bienhechora, sino que se le convierte, para la posteridad, en un delincuente.

Esto no es nuevo. Uribe convirtió durante su gobierno a pequeñas comunidades de campesinos que protestaban en bastiones guerrilleros. Convirtió a destacados profesores e investigadores universitarios en “bandidos” de las Farc o el ELN, como fue el caso de Miguel Ángel Beltrán. En medio de esa incontinencia verbal que le caracteriza, algunos cayeron baleados por los sicarios (Alfredo Correa), otros tuvieron que abandonar el país (como fue el caso de profesores cercanos) y un gran número sometido a procesos judiciales en los que, al final, fueron exonerados porque no había pruebas contundentes que los implicaran. Pero, para desdicha de los afectados, el mal ya estaba hecho, pues ser señalado de guerrillero en Colombia es una impronta que no puede borrarse con agua y jabón, de ahí que más de 120 profesores de distintas universidades y regiones del país fueran amenazados de muerte por grupos paramilitares, amenazas sobre las cuales el presidente Uribe nunca se pronunció para condenarlas. Por el contrario, sus señalamientos airados, difundidos a través la televisión, podrían haber terminado convirtiéndose en ordenes tácitas para los jefes de sicarios.

Lo que viene pasando hoy con los defensores de los derechos humanos, reclamantes de tierra y activistas comunales es la repetición de una historia que no se la inventó Uribe, sino un señor italiano llamado Benito Mussolini, quien aseguró ante una enorme congregación de su partido y seguidores a finales de 1924 que “la guerra es la higiene del mundo” y que para ganarla se hacía necesario una gran campaña de desinformación que solo se lograba con la apropiación de los medios de comunicación (haciendo referencia a los periódicos y a las estaciones radiales). No fue difícil, como quedó registrado en la historia: hubo que meterle solo una pequeña dosis de miedo a la sociedad italiana y crear un enemigo interno que había que exterminar porque de lo contrario acabaría con el país: el socialismo representado en la figura emblemática de Giacomo Matteotti, un diputado que se opuso al fascismo de Mussolini y su milicia de Camicie Nere y a quien secuestraron una tarde de regreso a casa y su cuerpo fue hallado dos meses después en una alcantarilla a las afueras de Roma.

La desaparición física de los enemigos políticos de Mussolini no fue colectiva sino a cuentagotas. Es decir, secuestraban y mataban uno hoy y desaparecían otro mañana, al que torturaban para luego darle el tiro de gracia. A los que consideraban “menos peligrosos” les enviaban el anónimo en donde les decían lo que les esperaba si desafiaban al “líder”, denominación con la que la Italia fascista conoció al dictador que hizo “trizas” la economía del país y lo llevó a una guerra que cobró la vida de cientos de ciudadanos.

Las líneas que vemos trazadas hoy en Colombia son tomadas de un libreto que se puso en escena poco antes de la llegada del gran colombiano al poder: un carrobomba en una esquina del centro de Bogotá, otro en una avenida transitada de Barranquilla, desactivación de unos cilindros con pentolita en una casa de Cali o el secuestro de una figura pública para que los medios de comunicación mantuvieran las orejas calientes de los votantes que veían, a través de esas imágenes horrorosas, que el país se les estaba saliendo de las manos y que, por lo tanto, se hacía necesario un salvador, un mesías que pusiera a los “bandidos”  pies en polvorosa.

Las acciones de guerra, secuestros y muerte disminuyeron un poco con la llegada de Uribe al poder, pero luego se supo que muchas de esas acciones que dejaron decenas de muertos y heridos no fueron propiciadas por las Farc, ni por ninguna otra organización guerrillera, como se dijo en su momento, sino por las mismas Fuerzas Militares y de Policía que tenían la función de evitarlas. Uribe, al parecer, no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, no sabía que esos uniformados que lo custodiaban, que no le quitaban de encima los ojos un segundo, eran los mismos que fraguaron los atentados que se llevaron consigo la vida de muchos inocentes, pero que nunca, ni por un centímetro, pusieron en riesgo la del futuro presidente de los colombianos.

Hoy el telón se corre para mostrarnos una historia que ya conocemos: 123 líderes comunales, defensores de los derechos humanos y reclamantes de tierra asesinados a tiros a lo largo de los últimos seis meses por sicarios al servicio -como dice el periodista Jorge Gómez Pinilla- de las “fuerzas oscuras”, aquellas de las que todos los colombianos hablan, de las que las autoridades tienen indicios y sospechas, pero que, como  las Camicie Nere  de Mussolini, nadie señala directamente por temor a las represalias.

Es probable que, a partir del 7 de agosto -y esta es una de mis tesis-, las acciones de los asesinatos disminuyan, no porque el nuevo presidente tome medidas al respecto, sino porque los paramilitares que están llevando a cabo el cuentagotas de sangre son los mismos que se identifican con las políticas del expresidente y senador Uribe. Es decir, los mismos que se oponen a la restitución de las tierras que los jefes paras les quitaron a plomo a campesinos indefensos. Los mismos que se oponen, han opuesto y se opondrán al acuerdo de paz entre el gobierno Santos y los comandantes farianos. Los mismos que están de plácemes porque el Centro Democrático, que de democrático solo tiene el nombre, dice un amigo, están haciendo “trizas el mal llamado acuerdo de La Habana” y le metieron conejo al juzgamiento de los militares que cometieron crímenes de lesa humanidad, que fueron partícipes de muchas las masacres realizadas por los hombres de Castaño y Mancuso bajo el argumento de que los primeros son terroristas y los segundos “héroes de la patria” que cometieron errores en cumplimiento de sus deberes constitucionales. En otras palabras, buscarán disminuir el río de sangre para hacerle ver al país que el que dijo Uribe es tan berraco que su sola presencia en la Casa de Nariño es suficiente para que los malos retrocedan en sus acciones.

POSDATA: Que el procurador general Fernando Carrillo haya abierto una investigación preliminar que busca conocer la responsabilidad de las Fuerzas Militares en los asesinatos de los líderes sociales, es la continuación de un viejo libreto. Hace varios días un joven estudiante de la Universidad de Caldas, amenazado de muerte por sus posiciones políticas y su activismo como universitario, denunció el hecho ante la Policía para luego trasladarse a la sede de la Fiscalía. No había terminado de abandonar el edificio policial cuando sonó su teléfono celular y, al otro lado de la línea, una voz grave, la misma que había escuchado en otras llamadas, le dijo: “No importa que hayas denunciado porque aquí te vamos a echar plomo”.

*Magíster en comunicación.

En Twitter: @joaquinroblesza

Email: robleszabala@gmail.com

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