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Opinión

  • | 2018/03/06 10:59

    No es necesaria una muerte

    Es evidente que por estos días el país está siendo testigo de uno de los climas políticos y sociales más álgidos de los últimos tiempos. No han sido pocos quienes han comparado este momento con la tristemente célebre campaña presidencial de finales de los ochenta en la que en un periodo muy corto enterramos a cuatro candidatos presidenciales.

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Es evidente que por estos días el país está siendo testigo de uno de los climas políticos y sociales más álgidos de los últimos tiempos. No han sido pocos quienes han comparado este momento con la tristemente célebre campaña presidencial de finales de los ochenta en la que en un periodo muy corto enterramos a cuatro candidatos presidenciales.

Quienes se han aventurado a efectuar dicha comparación no están para nada locos. Existen sin duda profundas similitudes entre lo que pasa hoy y lo que ocurría por allá en el 89 cuando el señor Pablo Escobar manejaba a Colombia como si fuese una de sus fincas. Es entonces pertinente analizar en qué venimos fallando, en aras de evitar que pueda repetirse una época tan oscura como aquella.

Debo empezar por lo que considero lo más grave así como lo más parecido: el asesinato sistemático de cientos de líderes sociales y la absoluta indiferencia y soberbia del Estado ante esta situación. Al paso que vamos estamos cada vez más cerca de llegar a la cifra de 1.000 líderes que han tenido que morir por echarse al hombro la construcción de la paz en las regiones. La cuenta va en casi 600 héroes caídos desde el inicio del gobierno de Juan Manuel Santos.

Estamos, queridos lectores, siendo partícipes de un verdadero exterminio. Digo partícipes y no testigos, pues creo que de esta tragedia son tan culpables quienes aprietan el gatillo, como lo somos nosotros que, en términos reales, no hemos hecho absolutamente nada para detenerlos. Es triste, por decir lo menos, ver a los altos funcionarios del Gobierno negar que esta masacre obedezca a una evidente naturaleza de sistematicidad. Según nuestro ministro de Defensa, muchos de estos crímenes son atribuidos a problemas personales o incluso a líos de faldas. ¡Qué vergüenza!. Pero esa desfachatez que empieza en la boca del ministro, se ve a su vez reflejada en los medios, en la opinión y en la poca importancia que, como sociedad, hemos querido darle a este problema.

Lo cierto es que el grueso de los colombianos no sabemos qué hacen los líderes sociales, ni por qué los matan, ni cuáles son sus nombres y, al parecer, la protección de esas vidas marca bastante bajo en nuestra lista de prioridades. Es una situación preocupantemente parecida a lo que fue entonces el exterminio de la Unión Patriótica. Es necesario que el Estado en pleno le haga frente y se apersone de esta tragedia. De lo contrario, no alcanzarán las tierras para enterrar a tanta gente.

Cerramos aquí la reflexión sobre una problemática que resulta virtualmente calcada a la de entonces, para entrar a analizar lo que, a mi juicio, es sustancialmente diferente. En el año 89 el Estado colombiano libraba una guerra sin cuartel con quien ha sido hasta ahora su más temible adversario: Pablo Escobar, sus toneladas de dólares, sus amigos paracos, su poder inconmensurable y su ejército de sicarios a sueldo. Esa guerra dejó miles de colombianos muertos, entre quienes estaban algunos de nuestros más valiosos magistrados, jueces, periodistas y líderes políticos.

Lo que pasa hoy, si bien puede tener consecuencias similares, nada tiene que ver con la situación de hace casi 30 años. Hoy los colombianos no estamos unidos para derrotar a un enemigo que nos está ganando la guerra. El país está incendiado en medio de una polarización que no nació porque sí.

Hay que decir que esto se debe a una profunda irresponsabilidad de nuestros más importantes líderes políticos. Señores como Álvaro Uribe, Alejandro Ordóñez o Gustavo Petro, se han encargado de que el ambiente en Colombia se esté saliendo de madre. Ellos, y quienes los acompañan, se dieron cuenta de que aquí la cosa no es con argumentos, es con miedo. En esa medida, han hecho hasta lo imposible por sembrar entre sus seguidores un profundo temor y la idea de que si no votan por ellos el país se va pal’ carajo. Petro habla de que la suya es la política de la vida y la de sus adversarios la política de la muerte, Uribe dice que si llega Petro seremos como Venezuela, Ordóñez hace lo mismo y le agrega el peligro de que nos vuelvan gais a todos. Y así, sucesivamente, se van acusando y satanizando los unos a los otros, buscando definir quién tiene más muertos encima, quién es más corrupto, más peligroso, más tramposo.

Eso, señores candidatos, lo único que logra es alejar cada vez más el debate de los argumentos para llevarlo al campo de las pasiones, de la emoción, de la irracionalidad. El tema es que por su deseo de poder, por su pobreza argumentativa, están sumiendo al país en una disputa de tal nivel, que podría acabar con la vida de alguno de ustedes. Es importante que echen mano de los argumentos, dejen la irresponsabilidad, y ojalá la pendejada. No olviden que, el que gane, el 8 de agosto tendrá que empezar a gobernar este mierdero…

En Twitter: @federicogomezla

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