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Opinión

  • | 2018/09/14 12:19

    “Bájate de esa nube…"

    …y ven aquí a la realidad”, decía un bolero de mi juventud que, como la de todos, es legendaria.

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La democracia electoral (no hay otra) es un sistema que adolece de múltiples defectos, uno de ellos consiste en que los políticos en campaña dicen a sus eventuales electores lo que imaginan que estos quieren oír, postura razonable desde el punto de vista estrecho del mercadeo electoral. El problema es que en esos ejercicios debe haber restricciones éticas: no se debería ofrecer lo que carece de factibilidad; a su vez, los políticos, cuando llegan al poder, deberían ejercerlo con algún grado de coherencia frente a sus promesas.  

Nuestra Constitución quiso resolver este problema “tomando el rábano por las hojas”. Para los lectores urbanos, que nunca han intentado una acción de ese tipo, habrá que explicarles que, si así procedes, te quedas con las hojas en la mano mientras que el tubérculo que anhelas tercamente se queda bajo tierra. La fórmula adoptada en 1991 consistió en la revocatoria del mandato de gobernadores y alcaldes que no cumplan el programa que inscribieron para dar sustento a sus pretensiones.  Se pasó por alto que las circunstancias pueden cambiar; que, para gobernar, a veces se requieren alianzas; y que como estas deben ser programáticas -y no apenas burocráticas- el programa inscrito, al menos en parte, puede dejar de ser ejecutable en su concepción inicial. Por estas razones, ningún conato de revocatoria ha prosperado.

Sin excepción, los candidatos a la presidencia fueron bastante generosos en sus ofertas de menor carga tributaria. Ninguno nos anticipó, como Churchill a los ingleses en 1940, “sangre sudor y lágrimas”. Por eso la inminencia de una nueva reforma tributaria sorprende a los ciudadanos del común, no a los expertos que conocen las cifras.

Los ingresos fiscales (incluidos aportes a la seguridad social) que el Estado recibe son, al menos desde 1990, inferiores a los de la media de América Latina y el Caribe; al cierre del 2017 la brecha equivale a tres puntos del PIB. No obstante, como el gasto público ha crecido a tasas elevadas y parecidas a las de la región, el déficit fiscal es alto. El problema es que, si esa fosa se continúa ampliado, o no se reduce en magnitudes creíbles, en algún momento nuestros acreedores dejarán de prestarnos, nos subirán las tasas de interés o una combinación de ambas cosas. Son ellos tan racionales como el tendero de la esquina que no está dispuesto a vendernos “al fiado” indefinidamente.

El contrato implícito que celebramos con los acreedores se soporta en dos instrumentos: el marco fiscal de mediano plazo, un ejercicio de prospectiva realizado por el Ministerio de Hacienda que, a partir de supuestos que considera razonables, proyecta el comportamiento de las cifras fiscales relevantes; y la regla fiscal, cuyo cometido consiste en definir el volumen total de la deuda pública año tras año hasta llegar al 1% el PIB en 2026. El problema es que al fin de este año el déficit proyectado es tres veces mayor, y que el conjunto de los analistas no creen que podamos cumplir nuestros propios compromisos. No importa que no lo hagamos, dirán algunos; para eso ¡carajo! somos un país soberano. Lo que ocurre es que para hacer lo que nos venga en gana tendríamos que vivir, exclusivamente, de los tributos que pagamos, sin apalancarnos en dinero prestado que tarde o temprano hay que pagar.

Sea cual fuere la reforma que el Congreso adopte, la pócima amarga que nos espera consiste en tributar más y gastar menos. Quien ponga en duda la inevitabilidad de esta estrategia le bastará observar las tribulaciones que padece Argentina en su intento de superar el funesto legado de los Kirchner. Como salvo el Fondo Monetario nadie le presta, está sometida a un ajuste recesivo de la economía, a contracción del gasto público, inflación y depreciación de su moneda.

Además de incrementar el recaudo, la estrategia que ha anunciado Carrasquilla se explica, entre otros, en estos postulados: (i) la tasa implícita que pagan las empresas es, en unos casos, muy alta, lo cual no es necesariamente cierto para las que gozan de beneficios tributarios; (ii) por el contrario, las que gravitan sobre personas naturales de ingresos elevados es baja en términos comparativos; (III) las exenciones del IVA son regresivas y disminuyen el recaudo.

Tiene razón. El aporte tributario promedio en América Latina de las empresas y las personas naturales es del 16% y el 9% del total, respectivamente; en nuestro bello país los números son 25% y 6%. La tasa societaria nominal en Colombia es del 37%, bien por encima de Chile, por ejemplo, que grava el 25% de la renta empresarial. Aunque la tarifa general del IVA en la patria del gran Nairo Quintana es del 19%, otros países de la región, que la tienen menor, recaudan relativamente más, clara indicación de que el diseño de tarifas y exenciones múltiples no es adecuado.

La recomposición de la carga tributaria para corregir estas situaciones da origen a objeciones como estas: (I) qué importa que las empresas paguen mucho pues son ricas. No es cierto: son meros vehículos para generar riqueza para sus propietarios que pueden o no serlo y que deben estar adecuadamente gravados por las utilidades que reciban. (II) el IVA, como cualquier otro gravamen indirecto, es regresivo; hay que sustituirlo por tributos directos a la renta, al patrimonio personal y a la herencia. A lo cual responderé que la cuestión crucial de la progresividad se aprecia mejor después de impuestos y subsidios, tales como “Familias en Acción” y pensiones. Desde esta óptica, muchos países que obtienen un alto recaudo por impuestos al consumo tienen estructuras fiscales que mejoran la distribución del ingreso.

Briznas poéticas. De Homero en la Ilíada: "Cual un peñasco escarpado y grande, que en la ribera del espumoso mar resiste el ímpetu de los sonoros vientos y de las ingentes olas que allí se rompen; así los dánaos aguardaban a pie firme a los teucros y no huían."

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