opinión

Luis Carlos Vélez Columna Semana
Luis Carlos Vélez. - Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO

Beneficio de la duda

“Los líderes electos pueden gradualmente socavar la democracia para incrementar su poder”.


Por: Luis Carlos Vélez

Gustavo Petro es el presidente electo de los colombianos y ganó en franca lid. Más allá del corte ético que pudieron tener o no sus estrategias para convencer a los votantes, el país escogió mayoritariamente al representante del Pacto Histórico como nuevo mandatario. Todos los colombianos, independientemente de su afiliación política, debemos hacer votos para que las cosas le salgan bien. Si le va bien a Petro nos va bien a todos.

El reto fundamental del presidente electo será elegir a quién traicionar; al ala más radical de su aglomeración o a los advenedizos santistas que con sus operadores políticos lograron su elección y con los que ha quedado altamente endeudado.

Los dos bandos están en una profunda guerra interna. El ala radical del petrismo tiene el mismo apetito burocrático que los santistas y no soporta que hasta ahora sus rivales sean los que suenen como los más posibles receptores de las carteras más destacadas del país.

La temperatura del enfrentamiento que sostienen estas dos facciones quedó evidenciada en las filtraciones de los ‘petrovideos’, que, tal como se ha informado hasta ahora, emanó de fuentes internas con el objetivo de sacar del camino a otros elementos dentro de la propia campaña. Es decir, ya se sacaron los dientes, y de qué manera.

El presidente electo tendrá entonces que buscar el vehículo para reconciliar las rencillas internas que dejó su campaña y, al mismo tiempo, dominar las tentaciones y refugios que le ofrecerán los dos bandos. De igual manera, Gustavo Petro enfrentará su propia diatriba interna para ser el candidato radical de principio de campaña o su propia versión más digerible y democrática de la segunda.

Uno de los libros de ciencia política más citados de la última década es Cómo mueren las democracias, de los profesores de Harvard Levitsky y Ziblatt. El libro, descrito por revistas como The Economist como el más importante de la era Trump, describe cómo los líderes electos pueden gradualmente socavar la democracia para incrementar su poder.

“Así es como nos imaginamos a las democracias morir: en las manos de hombres con armas. Durante la guerra fría, los golpes de Estado representaron cerca de tres de cada cuatro rupturas democráticas. Las democracias en Argentina, Brasil, República Dominicana, Ghana, Grecia, Guatemala, Nigeria, Pakistán, Perú, Tailandia, Turquía y Uruguay murieron de esa manera”.

El libro agrega: “Pero hay otra manera de romper una democracia. Es menos dramática, pero igualmente destructiva. Las democracias pueden morir en las manos de líderes elegidos democráticamente y no generales-presidentes o primeros ministros que erosionan el mismo proceso que los llevó al poder”.

Esta destrucción democrática que describen Levitsky y Ziblatt no ocurre de un día para otro; es un proceso lento, pero sin descanso, que empieza rompiendo las divisiones del poder, coartando los entes de control, infiltrando el universo judicial y corrompiendo a los militares. Todo se hace usando los vehículos establecidos en ley, empujando modificaciones profundas bajo el pretexto de no poder continuar con lo prometido porque hay obstáculos superiores que no lo permiten.

La experiencia nos muestra que aquellos que erosionan las democracias de sus países empiezan con gabinetes moderados, personajes que calman temporalmente los miedos del público y les permiten a los autócratas poner las primeras fichas en movimiento. Mientras con una mano les cumplen a los moderados, que dieron el empujón de la victoria bajo la hipótesis inocente de que podrán dominar al elegido, con la otra les cobran la burocracia entregada con la aprobación de leyes de emergencia para empezar a legislar desde palacio. Pero a medida que encuentran tropiezos en sus proyectos, arrecian sus posturas y muestran sus verdaderos colores.

Por lo general, arrancan con profundos “paquetazos” económicos. Así lo hizo Chávez en su primer discurso en junio de 1998, cuando, como primera medida, declaró la emergencia económica y le solicitó al Legislativo seis meses de poderes especiales para tomar medidas. Todos sabemos cómo terminó la historia.

Gustavo Petro merece el beneficio de la duda. Desde esta columna hemos expresado las preocupaciones que él mismo se encargó de generarnos. Está en sus manos y acciones en que se queden solo en dudas infundadas. De este reportero, el presidente electo solo podrá esperar una lectura periodística justa, pero firme del acontecer nacional, sin odio ni agendas escondidas bajo el disfraz de investigaciones. Su llegada no nos convertirá en lo que tanto hemos criticado, y tanto daño le ha hecho al país, de los activistas acorazados de periodistas. Buena suerte, acá estaremos.