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Opinión

  • | 1996/01/01 00:00

    CABALAS

    Esta vez, a diferencia de las anteriores, el cambio de gabinete tendrá que ser en forma, con cambios en varias carteras.

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UNA DE LAS PRIMERA MOVIDAS DEL presidente Samper cuando el representante Heine Mogollón produzca la suya, que como todo parece indicar se traducirá en un fallo inhibitorio, será la de reestructurar su gabinete. Pero esta vez, a diferencia de las anteriores, tendrá que ser un cambio de gabinete en forma, entendiéndose por ello relevo en varias carteras de primera línea, y entre cinco y siete caras nuevas en el equipo. Lo demás son remedos de crisis de gabinete, que no lograrían proporcionarle al gobierno los aires frescos que requeriría para inducir en el país la idea de que, fallo nuevo, vida nueva.
La primera gran baja del gabinete muy probablemente será la del ministro de Gobierno, Horacio Serpa. Aunque este retiro es deseado por él por considerar que cumplió su ciclo, y que dio prueba plena de sus lealtades samperistas, encuentra resistencias dentro del propio gobierno, comenzando por las del Presidente, que de alguna manera se consideraría huérfano sin su general de tres soles, Pero en esto tiene razón Serpa: no solo cumplió su ciclo. sino que por fuera del gobierno lo aguardan grandes expectativas políticas, con gran capacidad de convocatoria parlamentaria, y con un gran espacio para ejercer una dirección dentro del Partido Liberal, que en este momento está en manos, o no está en manos, para ser más exactos, de ese fenómeno de incompetencia política que se llama Luis Fernando Jaramillo.
Otro ministro de la guardia pretoriana del Presidente, Rodrigo Pardo, el canciller, muy probablemente permanecerá en su cargo, para bien del país y del gobierno. Pero su bajo perfil, que precisamente constituye uno de sus grandes fuertes, pero que es mal interpretado por sus malquerientes como una deficiencia de punto (aunque su calidez humana haga increíble que los tenga), ha hecho que algunos de los que rodean al Presidente estén empeñados en verlo en otros menesteres, para dejar libre una vacante en el gabinete, que es ambicionada fuertemente por la gran vitrina que garantiza.
De la guardia pretoriana samperista también forma parte Hacienda, Guillermo Perry. En alguna columna anterior tuvimos oportunidad de analizar sus aciertos en esta difícil cartera. Pero ni sus analistas, ni él mismo, contábamos con la posibilidad de que cayera un poquito en desgracia al interior del régimen, por cuenta de su supuesta insolidaridad ante el duro análisis de la revista inglesa The Economist frente a las oportunidades de Samper. Porque mientras Perry avaló el análisis económico, que le era favorable, se horrorizó con el político, que auguraba una caída del Presidente, y se abstuvo de descalificar estos vaticinios. Pero por lo pronto Perry se queda.
Algo parecido le ha sucedido al ministro de Justicia, Néstor Humberto Martínez. Considerado oro en polvo a comienzos del gobierno, hoy cuenta curiosamente con una menos entusiasta admiración. Al interior del gobierno se le critica en algunos sectores que, sin haber sido desleal, no ha sido vertical en la defensa política del Presidente. Hábilmente se las ha arreglado para salirse de los temas espinosos (léase proceso 8.000) mediante el sistema de hablar institucionalmente del gobierno sin personalizar jamás en la defensa del Presidente. En el Congreso, su valiente lucha frontal contra los amagos de narcoproyectos y atentados contra la justicia sin rostro lo ha desgastado. Y ante Estados Unidos ha quedado como un hombre con un pie en un mundo, y otro... en el otro. Se va.
En cuanto a los ministros conservadores, Rodrigo Marín en Desarrollo, y Juan Gómez Martínez en Obras, se quedarían. Por un lado su representatividad política es muy valiosa, y por el otro, ambos, en sus respectivos campos, se han ganado la confianza del Presidente. Marín porque es un ministro de 24 horas al día que se la ha jugado con Samper y que interpreta a la perfección su programa social de gobierno. Aunque a Gómez Martínez le apuesto menos, habría que admitir que, después de muchas patinadas, logró cogerle el 'tirito' a un ministerio en el que, distinto de grandes conflictos, lo único que hay, es qué hacer.
El Ministro de Defensa se queda. Es incambiable, no solo por sus calidades, sino por la dificultad de su cartera. Pero a pesar de su brillo, ha iniciado un peligroso desgaste, que algunos interpretan como el dilema entre servirle al país y servirle al Presidente, en el que, aunque parezca imposible, hay grandes diferencias.
Sobre el ministro de Minas, Rodrigo Villamizar, es curioso cómo, cuando muchos le reconocen el haber tenido el valor de decir la verdad en materia energética y tarifaria, el Presidente se vio en la obligación de 'jalarle las orejas' por lo que algunos mal pensados podrían denominar como la inoportunidad política en la que dijo la verdad. Aunque está enredado, se queda.
Otros que parecerían haber culminado su ciclo son el ministro de Comunicaciones, Armando Benedetti, demasiado inteligente y polémico para pasar inadvertido; María Sol Navia (Sol-solecito), la Mintrabajo, totalmente prescindible, por duro que suene, a pesar de la excelente idea que me deja el manejo de su cartera. También parecería ser prescindible la Minmedio ambiente, Cecilia López, que empezó con grandes bríos pero cuyo apasionamiento en su trabajo la ha caracterizado como una personalidad conflictiva.
Sobre Agricultura, Gustavo Castro, su labor ha sido tan gris que sería casi sospechoso del gobierno que lo deje, si lo deja. Salud, Augusto Galán, se queda por razones obvias, sin necesidad de que haya sido bueno o malo.
Y por último, Mineducación, María Emma Mejía, se queda, porque es muy nueva, porque se ha lucido, y porque sirve para todo.
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