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Opinión

  • | 1995/08/28 00:00

    CALMA, MYLES...

    El embajador Myles Frechette no parece gringo, pero tampoco conviene que se sienta tan colombiano

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EL EMBAJADOR DE ESTADOS UNIDOS EN Colombia, Myles Frechette, es un personaje muy singular. Su figura bonachona, su locuacidad, su buen humor y su idiosincrasia latina riñen con la idea clásica del diplomático gringo tradicional. No es delgado, pálido, rubio, distante y trabado para hablar. En otras palabras, no parece un embajador de Estados Unidos en Colombia.
Tal vez con la excepción de Diego Ascensio -célebre rehén del M-19 en la toma de la embajada de República Dominicana en Bogotá- aquí no se había visto un embajador tan de la parroquia.
Hijo de chileno, creo que chileno él mismo, y muy conocedor de América Latina, Frechette entró fácil en los círculos sociales y políticos colombianos desde el instante mismo de su llegada a Colombia por algo fundamental: de alguna manera parece un lugareño.
Mucha gente le dio el tratamiento injusto de traidor cuando habló con franqueza sobre la inminente descertificación de Colombia en una célebre reunión en Nueva York. Pocos le reconocieron haber sido él quien hizo sonar la alarma cuando aún había tiempo de solucionar, aunque fuera en parte, el panorama dramático de Colombia en su relación con el gobierno y -sobre todo- con el Congreso de Estados Unidos.
Como es tradicional con los temas serios en Colombia, la gente cambió al poco tiempo de parecer y Frechette pasó de villano a héroe cuando empezó a elogiar a los cuatro vientos el comportamiento de Colombia en la lucha contra el narcotráfico tras la captura de los primeros capos del cartel de Cali. Y el embajador lo hacía con tal vehemencia que era difícil identificar a este hombre con el de las advertencias y las recriminaciones de unas semanas antes.
A partir de ese momento y hasta la fecha de hoy, y sin dejar pasar casi un solo día de por medio, Myles Frechette opina con desparpajo sobre los distintos temas de la actualidad nacional. La escena del embajador estadounidense frente a un micrófono o con su foto en los periódicos, elogiando o criticando el comportamiento de las autoridades colombianas, o juzgando, para bien o para mal, la actividad del Congreso, se ha vuelto tan común que puede volverse peligrosa.
Poco a poco, y gracias a su capacidad de mimetización cultural, el embajador entró a formar parte del grupo de los opinadores permanentes de la actualidad nacional, como los gremios, la Iglesia, los sindicatos y los políticos. Declaraciones a la salida de la Casa de Nariño, al bajarse de un avión en Pasto, desde la tarima en el desfile del 20 de julio, en un coctel...
Frechette comenzó hablando con buen tono y autoridad sobre la postura de su país frente a los temas del narcotráfico, como es apenas lógico, pero de ahí ha ido pasando lentamente a opinar con igual volumen y propiedad sobre asuntos que empiezan a estar en la frontera entre lo que debe y lo que no debe decir un diplomático.
La locuacidad de Myles Frechette ha llegado a tal punto que logró sacar en un par de ocasiones al canciller Rodrigo Pardo de su prudencia proverbial y obligarlo a jalarle las orejas. Pero los comentarios del embajador sobre el operativo que tuvo cerca de su captura a Miguel Rodríguez pasan de castaño a oscuro.
Maravilloso si la DEA participa en los operativos contra el narcotráfico; tanto mejor si sus informaciones conducen a la detención de los narcos; fabuloso si su labor sobre el terreno es pasiva. Para eso es la cooperación. Pero de ahí a que el embajador pueda entrar a calificar cada movimiento específico de las tropas colombianas, al punto de señalar responsabilidades en circunstancias bastante discutibles, hay un trecho muy grande. Eso parece más una utilización indebida de sus atribuciones.
Si se pudiera escoger entre la gran mayoría de sus antecesores y él, prefiero de lejos a Myles Frechette. Por su franqueza y su estilo. Además, tener un embajador estadounidense amable y que no parezca tan extranjero es muy bueno. Siempre y cuando él no se sienta tan de aquí que resuelva tomarse las atribuciones exclusivas de los lugareños.
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