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Opinión

  • | 2003/08/03 00:00

    ¿Cambio en la cartilla?

    El representante a la Cámara, Luis Fernando Velasco, escribe su concepto sobre la iniciativa gubernamental que pretende adelantar las utilidades del Banco de la República para cubrir el déficit.

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Latinoamérica en los 80, no recién pasada la crisis de la deuda y lo que se consideró su década perdida, vio cómo se fue construyendo un consenso sobre la vía para superar este terrible bache en su desenvolvimiento económico. El consenso de Washington, llamado así por tener su origen y sus más fuertes impulsores a economistas de organizaciones que tienen su sede en esa ciudad, no fue más que la definición de un recetario sobre las medidas a tomar para llevar a este continente a encontrar caminos de prosperidad económica.

Disciplina fiscal, reducción de subsidios, ampliar y mejorar la base tributaria, mercado financiero abierto, inversión extranjera, privatizaciones, garantías jurídicas a los inversores, y en especial una casi obsesión por tasas de inflación tendiendo a cero, monedas fuertes y mercados libres, fue la cartilla dictada por las organizaciones que definían préstamos, calificaban nuestro desempeño económico y enviaban mensajes al mundo sobre lo seguro o no de invertir por estas tierras.

Colombia no fue ajena a las cordiales exigencias de quienes se inventaron un vademécum económico, en donde al mirar los síntomas de la crisis de cada país, resultase fácil recetar la medicina, sin detenerse a pensar en la realidad de cada paciente, en otras palabras, se escribió la cartilla que a pie juntillas debíamos seguir.

En un principio los resultados de la mejoría del paciente se notaron, y por ejemplo en el 93, la tasa de desempleo fue de un solo dígito, los banqueros hacían buenos negocios, los yuppies compraban carros importados y el PIB crecía a ritmos importantes. Estábamos tan maravillados con el fenómeno, que muy pocos advirtieron cómo en esta fiesta había ayudaditas que en adelante no se podrían repetir, como las de crecimiento del gasto público apoyado por las políticas de privatizaciones y el aumento en el endeudamiento público y privado por la apertura del mercado financiero, lo que nos condujo a vislumbrar unos primeros síntomas de que la enfermedad estaba latente como fueron el de la crisis del agro y una revaluación de la moneda, y al decir de Jaime Garzón... la pobreza ahí.

La ortodoxia económica se impuso y quien se moviese de ella no solo se arriesgaba a ser considerado dinosaurio, sino a perder la oportunidad de tener unos años de practica bien paga en los organismos que desde Washington antes les decían que hacer cuando eran ministros de Hacienda de su país, y que hoy les pagaba para decírselo a sus sucesores, guardándose eso sí en aclarar que si las cosas no funcionaban no era porque la receta estaba fallando, sino porque el año pasado la reforma tributaria fue muy débil o no se quemaron suficientes reservas para defender la banda cambiaria.

Claro, las cosas no funcionaron y como la economía no marchaba bien, nos volvimos un riesgo en convertirnos en malas pagas, y por ello se nos encarecieron los créditos, y como teníamos que exportar cada día más capital, tuvimos menos recursos para la inversión social y productiva, y esto llevo a un disparo en el desempleo, a un fortalecimiento de las economías ilegales y al escalamiento del conflicto.

Uribe llega y encuentra este panorama, y fiel a su talante decide con honestidad comentarlo y enfrentarlo. Reforma laboral, pensional y fiscal, son algunas de las medidas que hacen que los ortodoxos se sientan reivindicados, sin embargo se evidencia que el hueco fiscal era más grande y claro, estos piden adelantar impuestos, gravar pensiones y apretar el ajuste.

Gobernar es un poco más complejo que entender unas cifras económicas, es también entender que cada cifra significa un ser humano que tienen sus limites y que hace lo que sea por tener un modo de vida medianamente digno. Uribe entiende esto y propone encontrar otros caminos que no sean solo contraer más el consumo, atrofiar la economía, y obsesionarse con inflación cero, aunque nos acerquemos a la recesión.

Adelantar utilidades del Banco de la República es una propuesta muy seria del Presidente que debe estudiarse con toda la responsabilidad del caso por la junta directiva del emisor, sin olvidar nunca que la crisis fiscal de la magnitud que tenemos, no es un problema solo de gobierno, sino de Estado, y ellos también son Estado. La disyuntiva esta planteada, o tenemos metas de inflación que se cumplan, pero con riesgo de una recesión, o nos arriesgamos a ver crecer un poco la inflación, pero no matamos el crecimiento.

Tengo la impresión que el señor Presidente está cambiando la cartilla y eso está bien, Malasia buscó respuestas heterodoxas a su ajuste y no le fue mal, y China, con políticas alejadas de los ortodoxos está creciendo. Complementar esta solicitud con un reconocimiento que este es un país en guerra que presupuesta nueve billones de pesos para su conflicto y debe soportar un déficit fiscal de 0,8 puntos más alto que el resto de sus vecinos, no solo es responsable, sino que saludable.

El billón que espero el banco le adelante a la Nación, debe venir acompañado de medidas como la flexibilización del presupuesto para acabar tanto fondo que o no se ejecuta o no tiene impacto importante en la economía, y convertirlos en pocos programas, pero que alienten el empleo.

Estoy seguro que estas ideas caerán mal en un sector que al decir de Sachs, por profundizar tanto en finanzas se les está olvidando la macroeconomía, pero hasta lo que mis conocimientos me enseñan, un país en donde crece el desempleo y se para la inversión, pensar solo en la vía de los tributos equivale a sacarle sangre a un anémico. Esto último se lo escuche al profesor Beethoven Herrera, y le doy su crédito.



*Representante a la Cámara
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