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Opinión

  • | 2018/05/23 00:32

    La paz política

    En un ensayo titulado 'La Paz Científica' escrito en 1882, Rafael Núñez recordaba que en los primeros años de la república los gobiernos de Mósquera y Mallarino consiguieron periodos de paz gracias a una política de entendimiento civilizado entre los partidos.

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La inclusión, el respeto, la tolerancia, la buena fe y las garantías que se daban a los vencidos producían períodos de paz. Subrayaba que la paz dependía de una forma de gobierno que fomentara la conciliación.

Hay quienes creemos que no se puede aceptar como una condena colectiva los discursos de odio y mucho menos retroceder a la lucha de clases. Colombia merece la oportunidad de ser un país para todos, sin resentimientos que separan, sin miedos, sin persecuciones, sin violencia que destruye la esperanza. En agosto del próximo año se cumple el bicentenario de la Batalla de Boyacá que selló la independencia definitiva, sin embargo, continuamos siendo incapaces de lograr la concordia.

Iván Duque abrió la puerta al diálogo y al entendimiento político con todos los partidos y sectores sociales. Es una apuesta política grande y un paso hacia superar la polarización. Nada se logra cuando se habla de paz con grupos que perpetraron las peores atrocidades en el hemisferio, si el precio es dividir la sociedad colombiana. No hay nada más importante para una nación que conseguir la concordia interior, base de la prosperidad colectiva y de su seguridad exterior.

La fórmula propuesta consiste en un Gran Pacto por Colombia. Se trata inicialmente de un acuerdo político sobre cinco grandes reformas en materia fiscal, salud, justicia, educación y lo que Duque llama “reforma integral a los sistemas de regulación, para tener un Estado más eficiente y transparente”. A eso, en mi concepto, deberán agregarse otros temas indispensables, tales como una política de estabilización y reconstrucción que transforme los territorios afectados por la violencia y la criminalidad; la eliminación de los cultivos ilícitos y el combate a todas las actividades vinculadas al narcotráfico; la reintegración efectiva de quienes fueron integrantes de las Farc; la protección del agua y la biodiversidad; la reforma al Congreso y la dignificación de la política.

Se quiere, lo afirmó el candidato, “buscar grandes consensos” con las fuerzas políticas representadas en el Congreso y “consolidar unas mayorías para sacar adelante un programa de gobierno que beneficie al país”. ¿Es posible? ¡Claro que sí! Pero es más que eso, es construir una verdadera comunidad de intereses, “una comunión de intereses concernientes al interés común de una colectividad”, como lo define Julien Freund.

El mismo procedimiento de las reformas, algunas por ley, otras por acto legislativo o a través de un referendo o la convocatoria de una Asamblea Constituyente, requieren de un pacto político. Dejar atrás la polarización destructiva y alcanzar la concordia, exige un nuevo consenso social y político que repare el destruido por el Gobierno Santos, cierre las puertas al populismo y permita hacer reformas estructurales, no simples maquillajes.

Nada debería estar vetado, excepto lo que choque contra la democracia, las libertades y la prosperidad general. Todas las puertas deben abrirse a la construcción de escenarios de consenso, eso sí, sin desconocer el mandato surgido de las urnas e impuesto por los ciudadanos al nuevo gobierno. Nadie gana las elecciones para perder el gobierno, lo que no obsta para que el consenso determine los mecanismos constitucionales y el alcances de las reformas. ¡No hay que tener miedo a los cambios!

No se trata de sellar el unanimismo o de avasallar a la oposición. Ni mermelada, ni estigmatización en el trato con las bancadas parlamentarias. ¡Respeto por el pluralismo y por las funciones del Congreso!

Un pacto de estas características está por encima de la dinámica gobierno-oposición, la cual, además de ser necesaria, útil al sistema político y a la lucha contra la corrupción, se debe fortalecer. Los derrotados tienen todo el derecho y la obligación de ejercer la oposición y quienes ganan las elecciones la responsabilidad de gobernar, pero eso no impide que existan asuntos de interés nacional que deban ser objeto de convergencia, cuestiones superiores que prevalecen sobre la lucha partidista y que deben comprometer a todas las fuerzas de la nación. ¿Imposible pensar así? ¿Por qué?

Una política de concordia es entre contrarios. Es la paz política entre quienes tienen críticas y prevenciones, con los vencidos, con los que tienen convicciones distintas. Concordia implica dominar la desavenencia y estar de acuerdo en aspectos esenciales. No se trata de que no exista oposición, todo lo contrario, es reconocerla, respetarla y valorarla, a partir de entender que estamos todos en democracia; que la cooperación y el diálogo popular y político, con transparencia, mejora la gobernabilidad y que el trabajo conjunto es necesario para resolver problemas centrales de la comunidad política.

El Gobierno de Duque será de talante liberal, democrático, abierto, popular y respetuoso de la diferencia, pero firme en el ejercicio de la autoridad, el establecimiento del orden y el imperio de la legalidad. No va a heredar odios, no será instrumento de venganzas, tampoco seguro de impunidad para quienes temen a la justicia. Un Gran Pacto por Colombia es el mandato que debemos dar el próximo domingo en las urnas y, como escribió Nuñez, una forma de gobierno que fomente la conciliación.

Exviceministro de Defensa

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