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Opinión

  • | 2019/04/16 12:28

    Los sospechosos de siempre

    Lo que más llama la atención en el incidente de homofobia que se presentó antier en el Andino no es tanto la actitud del agresor como de la policía.

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Las imágenes del video suministrado por el centro comercial y publicado por El Tiempo son tan borrosas que en el círculo rojo que señala a los implicados sólo se ve que una persona empuja, o patea, a otra. Sólo eso. No son claros los supuestos “gestos de obscenidad”. Es clara la violencia del agresor en la zona infantil del Andino.

Ahora vendrá, se espera, la investigación con expertos que, con el apoyo de la tecnología, ayudarán a dilucidar qué muestra exactamente el video. En todo caso, el gerente del centro comercial, informó El Tiempo, “expidió este lunes un comunicado donde lamenta los hechos de discriminación. Además, aseguró a W Radio que revisó las imágenes y que no hubo comportamientos obscenos”. 

Homosexualidad y pederastia no son sinónimos, y mientras esta es delito, aquella no. Muchos de quienes acusan de pedofilia a los gais son los mismos que se niegan a creer en la pederastia de algunos curas (y si la creen, la disculpan con lo de “errar es humano”). ¿Les preocupa más la homosexualidad que los niños?

Los niños se han convertido en argumento, y hasta en instrumento, del odio que carcome a Colombia. La homofobia no es un tema ni moral ni religioso, sino político. Si la religión y la política necesitaron en el pasado construir el odio a los homosexuales hay que preguntarse entonces por qué necesitan también hoy de la homofobia para sobrevivir. ¿Por qué le es tan necesario conservar vivo ese odio?

Ese odio, han de saberlo, no es recíproco. James Baldwin decía que los homosexuales saben más de los heterosexuales que los heterosexuales de los homosexuales. “Saben tanto de los heterosexuales como una madre de su hijo. Quizá por eso no los odian, quizá por eso en la mayoría de veces conservan una actitud condescendiente, a veces piadosa”.

El caso es que el país se ha ocupado todo el tiempo de los otros excluidos y hoy no sabe qué hacer con los homosexuales: estaban tan aplastados que ni siquiera eran vistos como excluidos. No existían, sus voces no eran escuchadas, eran invisibles, salvo para las burlas y las carcajadas. La discriminación ha enseñado a verlos como “aberrados excrementales”. Por eso algunos se sorprenden con sus gestos de amor. Afirman: “Me incomodan”. Algunos incluso se preguntan: “¿Cómo pueden amar, si son monstruos?”, mientras que a otros la visibilidad de los gais les genera pánico piden. Claman: “Que lo sean, pero que no lo muestren”.

Hay quienes también dicen: “¿Qué más quieren? Es que hasta se dan besos en la calle”. Como si la igualdad de derechos fuera un favor o como si la ley fuera más igual para unos que para otros. Los seres humanos no somos iguales. Somos diferentes y esa es la riqueza de cada cual. Los que son iguales son los derechos y, según el artículo 13 de la Constitución, en Colombia todos somos iguales ante la ley. Esto es lo que debe valer. Lo demás son prejuicios; “ofensas” redundantes, como llamar “marica” a un marica; inseguridad ante su propia sexualidad o necesidad de exaltar las emociones con la clara intención de sacar un provecho individual, bien sea político, económico, social o religioso.

Dije al principio que en el episodio del Andino llama la atención la actitud de los policías que corrieron a amonestar a las víctimas. ¿Se dejaron intimidar por los gritos y la hostilidad del agresor? ¿Lo hicieron porque “es la costumbre”? La costumbre es una segunda ley, pero no es la ley. A las autoridades les corresponde guiarse por la Constitución y las normas legales, no por la “moral” de cada cual.

@sanchezbaute



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