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Opinión

  • | 2002/05/06 00:00

    Claridad, doctor Uribe, claridad (I)

    La idea de armar un millón de ciudadanos de bien sería una mala idea. Y la de organizarlos sin armas es medio gaseosa y medio inútil

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Nuestro pan de cada dIa: 80 personas asesinadas, 11 secuestradas, 75 familias desplazadas. Por eso, para los votantes, la violencia es el gran problema nacional. Por eso —porque encarna el más hondo anhelo ciudadano— Alvaro Uribe será el Presidente. Y sin embargo, a pocos días de elegirlo, resulta que sus ideas sobre el asunto o son confusas o son inútiles. Veamos hoy su propuesta central, “organizar a un millón de ciudadanos para colaborar con la fuerza pública”. La pregunta del millón es por supuesto si esos ciudadanos estarían o no armados. Ambas opciones son posibles, y cada una tiene sus más y sus menos. Pero urge que desde ya sepamos a qué atenernos, porque las consecuencias de cada cosa son dramáticamente diferentes. La duda fue sembrada por el propio doctor Uribe. De un lado están su récord como promotor de las Convivir y sus alusiones de campaña al uso de “armas cortas” en vez de “armas largas” —tanto que la señora Robinson así lo afirmó en Ginebra—. Del otro lado están el mentís a la señora Robinson y la declaración de esta semana: “Vamos a organizar a un millón de ciudadanos de bien, no a armar a un millón de bandidos” (El Tiempo, abril 26, p. 7). Lo siento, doctor Uribe, pero en esto no puede haber equívocos: claro que no armará usted a un millón de bandidos; pero ¿armará —sí o no— a ese millón de ciudadanos de bien que piensa organizar? Su respuesta podría ser un sí. Y en efecto, muchos expertos criollos y del Pentágono sostienen que la salida es armar a las comunidades para que se defiendan de la guerrilla: el Ejército y la Policía sencillamente no alcanzan a proteger a todos todo el tiempo. Con esa lógica, sin embargo, habría que armar a todos los ciudadanos de todo el mundo, porque la policía no puede estar en todas partes. O sea que la salida civilizada no es dejar que cada quien se defienda, sino agrandar y mejorar la Policía a cargo del Estado. Pero —me dirá usted— Colombia no es civilizada. Y entonces, en gracia del argumento, habría que pensar en las autodefensas comunales. Es un remedio extremo y peligroso, que aun en los casos de “éxito” resultó en graves abusos. O en todo caso, la experiencia mundial indica que el éxito relativo de las “rondas campesinas” o sus equivalentes en Perú, Guatemala, Filipinas, Malasia o Angola, viene de tres factores principales: a) Un alto grado de integración comunitaria —digamos, cuando se trata de indígenas—; pero en casi toda Colombia estamos hablando de migrantes sin tejido social, cuando no de raspachines y ganavidas; b) Poco riesgo de que las armas se desvíen, o sea que el enemigo sea único y esté identificado —que es lo contrario de nuestra guerra múltiple y sucia—; y c) Proporcionalidad, es decir que el enemigo aún no tenga demasiada superioridad militar —pero las Farc ya la tienen sobre los campesinos—. La idea pues de armar a un millón de ciudadanos de bien sería una mala idea. Y la idea de organizarlos sin armas para que colaboren con la fuerza pública es medio gaseosa y medio inútil. Claro que —dijo Mao— una guerrilla sin apoyo del pueblo es un pez fuera del agua. Claro que la solidaridad ciudadana con su Ejército —tanto en el plano de la gran política como en la vida cotidiana— es condición esencial para el triunfo. Y claro que personas como Francisco Santos y Luis Carlos Restrepo han dado muestras bastantes de transparencia y creatividad cuando de causas cívicas se trata. Sólo que ahora ni ellos ni su jefe logran dar pie con bola, porque los grupos de ciudadanos no servirían para ninguna de las dos cosas que dice la campaña: informar a las autoridades y prevenir los conflictos. a) Harto más útil, para informar, sería un programa masivo de recompensas; o repartir radioteléfonos en la región. Y al revés: la delación organizada se vuelve parte de la guerra sucia, como pasó bajo el socialismo, las dictaduras del Cono Sur o las guerras de la mafia siciliana, y b) Las técnicas de resolución de conflictos no se aprenden en un cursillo ni, sobre todo, sirven, cuando la guerra poco tiene que ver con pleitos de vecinos. ¿O qué pasó con los 83.000 cursillistas de Antioquia? Porque es cuestión de vida o muerte, los colombianos tenemos el derecho de saber si el Presidente entrante piensa armar a un millón de ciudadanos de bien. Y —si no— para qué los organiza.
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