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Opinión

  • | 2002/05/13 00:00

    Claridad, doctor Uribe, claridad (II)

    Que nos diga la verdad: que para defendernos hay que duplicar impuestos, pasar de 80.000 a 250.000 reclutas, intervenir la banca...

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La pesadilla de BojayA hace aUn mAs necesario preguntar qué hará el presidente Uribe para defendernos de los asesinos. Digo presidente Uribe porque Pastrana abandonó el cargo. Y porque Uribe será elegido sólo para que nos defienda de los asesinos. Veamos pues sus fórmulas concretas. ¿De qué servirá organizar un millón de ciudadanos “que informen a las autoridades”, si Bojayá fue, como todas, una masacre anunciada? Y si se trata de repartir armas en 6.242 corregimientos vulnerables ¿cuál de las autoridades ausentes vigilará para que las reciban sólo “ciudadanos de bien” y sólo se usen en “legítima defensa”? Sin contar su ambigüedad en ese tema crucial, Alvaro Uribe tiene una estrategia de seguridad bastante bien definida: (a) 100.000 soldados profesionales; (b) lucha contra la droga; (c) veeduría de la ONU; (d) negociación eventual y, ante todo, (e) liderazgo. —Llegar a 100.000 soldados profesionales es la meta del “Plan Fortaleza”, que permitió pasar de 22.000 a 55.000 plazas en los tres últimos años. Cumplir la meta depende pues más de la situación fiscal que de quién sea Presidente. El costo de los 45.000 soldados nuevos equivaldría a 0,7 por ciento del PIB —o sea casi dos reformas tributarias—. Fuera de aquello de “reducir la corrupción”, el Presidente casi-electo no ha dicho de dónde vendrá el dinero. Y agregue dos detalles. Uno, que se necesitan 350.000 soldados para ganar esta guerra. Otro, que Uribe ofrece cambiar el servicio militar por un servicio social: ¿de dónde saldrán los 250.000 hombres restantes? —Lo cual me trae al segundo punto gordo. Resulta que una tercera parte de los operativos militares se dedican al narcotráfico, o sea que 13.000 de los 32.000 soldados en acción están en zonas de narcocultivos. ¡No hay quién defienda a 54 angelitos y 63 campesinos del Chocó, porque las tropas de este Estado soberano andan cazando raspachines en otra parte! Es el punto nodal de esta supuesta “guerra”. Y el nuevo Presidente, en este punto exacto, nos está resultando más papista que el Papa. Parte porque las convicciones cambian con el tiempo, parte por su problema de imagen, Uribe ha sido el más prohibicionista de los cinco candidatos. ¡Ni esperanzas de reabrir el diálogo con Estados Unidos, es decir de empezar a arreglar el verdadero lío de Colombia! —La tercera idea de Uribe, que los “soldados colombianos sean avalados por observadores de Naciones Unidas”, no es más que una muestra de piadosa ignorancia. Ni la ONU avala tropas, ni los asesinos respetarían a los observadores, ni la imagen mundial de nuestros soldados da para avales de esos. —La cuarta idea es pactar la paz, siempre que la guerrilla deje de delinquir y se conforme con garantías para hacer política. Es decir, negociar después de derrotar a la guerrilla. Sólo que antes habría que derrotarla. —La idea-marco es “que el Presidente dirija el orden público, lo cual aumentará en un 20 ó 30 por ciento la eficiencia en el gasto militar”. No se dónde aprendió estadística el nuevo Presidente, pero sí sé que no pasó por West Point ni por la Nueva Granada. Así que, con perdón, yo me quedo con los generales de carrera. Cosa distinta es que la guerra tenga dirección política, o sea que el Presidente enmarque las acciones militares dentro de una estrategia integral para lograr la paz. Por ejemplo: que replantee las relaciones con Estados Unidos; que fortalezca la Policía para que investigue y capture a los asesinos; que ponga en marcha un enorme Plan Marshall para que los jóvenes de aquellos 6.242 corregimientos tengan mejores opciones que meterse de asesinos. Sobre todo: que nos diga la verdad. Que para defendernos de los asesinos necesitamos duplicar los impuestos, pasar de 85.000 a 250.000 reclutas, intervenir la banca y expropiar la tierra que necesitan y merecen nuestros dos millones de desplazados. Es porque la tristeza más triste de Colombia es tener un candidato que hace populismo con el hambre y otro candidato que hace populismo con la muerte. Primero confundimos la paz con la zona de distensión. Fracasamos. Ahora confundiremos la guerra con la ley de la selva. Fracasaremos
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