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Opinión

  • | 2018/01/09 10:40

    Historia, recargada

    No sé qué fue peor, si la desaparición de los cursos de historia, efecto final de la agenda de la simplificación del pensamiento, o los efectos colaterales de haber perdido la oportunidad de desarrollar una disciplina crítica de la evolución cultural.

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Pese a que en mi infancia y juventud existía la “clase” de historia en el colegio, las cosas curiosamente se confabulaban para nunca superar en ellas el siglo 19 y, mucho menos, hablar de la Colombia contemporánea. La historia de los imperios y la formación de las naciones, la historia de los héroes e incluso la historia bíblica se repetían año tras año y el tiempo “no alcanzaba” en el programa para llegar a algo mínimamente relacionado con la propia vida. Me formé llena de huecos, un poco en las bibliotecas excepcionales de casa, un poco en la genealogía del hogar, cosas que implicaban mezclar un linaje aventurero franco suizo con uno de desplazados republicanos catalanes, temas siempre calientes en la mesa si se pretendía conversar sin política, sin religión y sin sexo…

La lectura de la prensa fue siempre fundamental y con el tiempo y la academia encontré la historia de las ciencias, la de las instituciones, la de los ecosistemas, como formas de interpretar los efectos del pensamiento humano en su propia realidad. La historia contada por las mujeres, por las comunidades locales, la de las prácticas sociales y culturales. Conocí a Fals Borda y a Alfredo Molano y leyendo sus libros en las noches de tormenta que obligaban a quedarse en la hamaca días enteros, muchas cosas tomaron sentido. Conocí a Latour, a Serres y aprendí especialmente que la enseñanza de la historia había sido un timo, que había participado de uno de los ejercicios típicos de la construcción dogmática y domesticada de la realidad. No sé qué fue peor, si la desaparición de los cursos de historia, efecto final de la agenda de la simplificación del pensamiento, o los efectos colaterales de haber perdido la oportunidad de desarrollar una disciplina crítica de la evolución cultural, indispensable para entender los fenómenos ambientales contemporáneos: porque la crisis climática y biológica global requieren ante todo una interpretación histórica.

Germán Palacios desde la UN en Leticia nos proporcionó hace algunos años una perspectiva de la transformación ecológica de las selvas colombianas a partir del cuestionamiento del movimiento “civilizatorio de la tierra caliente” que había detrás; Claudia Leal lo hizo con las selvas del Pacífico, Stefanía Gallini con los hábitos de consumo y muchos más con la firme convicción, que aún no prospera en las aulas de las ciencias naturales, de entender el cambio ambiental como un fenómeno cultural, no biológico. Y la necesidad de contribuir a una interpretación transdisciplinaria de la realidad ecosistémica de Colombia.

Bienvenida pues la historia recargada a las aulas de los colegios, pero ojalá otra historia, una medianamente crítica, que nos ayude a construir esa cultura política que hoy nos hace tanta falta para manifestar nuestra voluntad democrática, no la versión deliberadamente descremada y controlada que nos mantuvo lejos del territorio por medio siglo y contribuyó con ello a que algunas personas crean que transformar las selvas del Urabá en bananeras, desecar los humedales del Magdalena Medio para ganaderías simuladas o talar otros bosques para llenarlos de cultivos de uso ilícito no configuraron desastres ecológicos y sociales que implicaron masacres de trabajadores, desplazamientos masivos y en el fondo, un motor evidente de un conflicto que estamos obligados a afrontar si queremos entender y sobrevivir al cambio climático.

Toda historia es, ante todo, ambiental.

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