opinión

Marco Tulio Gutiérrez
Marco Tulio Gutiérrez Bogotá 3 de Mayo 2018 foto: Esteban Vega La-Rotta Revista Semana - Foto: Esteban Vega La-Rotta

Colombia, una sociedad en cuidados intensivos

Colombia requiere de un cambio absoluto en su concepción cultural, necesitamos educar a nuestros jóvenes para crear buenos ciudadanos, personas respetuosas con la ley y la autoridad; el deterioro de nuestro conglomerado demuestra que somos una sociedad que atraviesa su peor momento, pero con absoluta preocupación notamos que no se ve una solución a la mano.


Por: Marco Tulio Gutiérrez Morad

Desafortunadamente, todos los días debemos enfrentarnos a una macabra y desoladora realidad, que sin ánimo de ser pesimista, dentro de la absoluta coherencia de la realidad debemos partir por reconocer nuestras falencias y desavenencias, y reconocer como parte elemental de cualquier eventual cambio que actualmente nuestra sociedad está enferma, se encuentra en un delicado estado por una patología sin cura aparente. Colombia está infectada por el peor de los males de una sociedad: la codicia y el dinero fácil. Sin duda, son los males que a su turno terminan contaminando todo lo que se acerca o lo que se aproxima, somos un país violento por naturaleza, en el que, desde hace décadas somos célebres en el mundo no por nuestro café, esmeraldas o por nuestra biodiversidad, sino por lo dantesco; la corbata colombiana o el corte de franela, los collares bomba, secuestros, en fin, un diabólico catálogo de perversidades que forman parte de nuestro diario vivir, pero que de manera tenebrosa se convirtió en nuestra realidad.

La sed de riqueza y de dinero fácil cimentó la detestable cultura del narcotráfico, la cual permeó a todas las instancias de nuestra sociedad, la clase política, la dirigencia empresarial, la opulenta oligarquía fue filtrada desde los años ochenta por una pujante clase, a la cual todos reprochaban en público, pero en privado se saboreaban con la millonaria danza de la hipocresía, con esa con la cual incluso Pablo Escobar Gaviria, el tipo más peligroso del mundo, llegó a ser congresista sin ningún pudor, pero bajo la fatídica aquiescencia de una clase política que solo pensó en el dinero y nunca en la ética y la legalidad del Estado. Esa misma duplicidad social fue la que edificó una nueva generación de narcotraficantes que, después de la fútil captura de los capos de los años ochenta y noventa, estableció un esquema de aparente bajo perfil, con unos mafiosos que ya no andaban en camionetas de lujo sino en modestos carros ensamblados en el país, pero perfeccionando una sofisticada red de narcotráfico internacional con los carteles mexicanos como principales socios, para finalmente hoy en día volver al sórdido mundo de los lujos desmedidos; hoy con otros actores principales como pueden ser algunos influenciadores digitales, jóvenes menores de 40 años que a punta de chistes de mal gusto y vulgaridades nadan en dinero, en autos de alta gama, en viajes a todo dar, en una estética extravagante de marcas de lujos, relojes y joyas, en la que se pagan por unos tenis varios miles de dólares. Sin duda, todo este poder adquisitivo no tiene una explicación lógica y solo puede tener un oscuro origen: el desmedido nivel de lavado de activos que se apoderó por completo de todo un segmento de la sociedad, que se sirve de jóvenes que en su gran mayoría son de una muy humilde extracción, ignorantes, sin educación o experiencia para instrumentarlos como herramientas de blanqueo de capitales. Sin embargo, nuestra iletrada juventud ve como ídolos a estos monumentos del dinero fácil y la codicia, y lo más paradójico es que los mismos medios y las redes sociales han convertido a estos homúnculos intelectuales en modelos de éxito a seguir.

Que al interior de un conglomerado sucedan robos y conductas de punibles es parte de la misma naturaleza colectiva, sin embargo, en nuestro contexto nos acoplamos sin inmutarnos ante las más oprobiosas evidencias del escandaloso y desmesurado decaer colectivo, el cual se edificó en las más tétricas expresiones de sadismo y vileza criminal; hemos visto cómo el director de la división de anticorrupción de la Fiscalía General de la Nación fue capturado por estar pagando un soborno. Hemos sido testigos del saqueo del erario público en todas sus posibles modalidades, a través de contratos que con modelos matemáticos pretendían demostrar la naturaleza guerrillera del ELN y cuyo resultado no aportó absolutamente nada en materia de reparación, restauración y no repetición en cabeza de las víctimas. Hemos contemplado cómo la salud del departamento de Córdoba fue saqueada con sevicia; en nuestras narices se perdió el dinero del internet para miles de niños que nunca han tenido la posibilidad de conectarse a la red, todo esto ante nuestra mirada atónita que cada día se va acoplando más al horror y que de manera sistemática ha perdido la capacidad de sorprenderse por la aberración criminal que nos circunda, una realidad asediada por los más complejos titulares de prensa, que como una espiral descendente parece que jamás cambiaran. Hombres que matan a su hermano y madre, robos a restaurantes, homicidios por hurtar un celular, saqueos a camiones accidentados, en fin... nuestra cotidianidad demostró que somos un cumulo de fracasos.

Valores destruidos por una sociedad que perdió el rumbo, urge detenernos y mirar con urgencia que requerimos recuperar la decencia y por supuesto el miedo a irrespetar la ley, y esto ya no es de una constituyente o de un cuerpo normativo punitivo, sino de reorganizar, insisto, una sociedad que se dejó arrinconar por el delito y la picardía sin límite alguno, en que nuestra juventud creció alejada de la lectura, de la autocrítica, y sometida al espejismo del facilismo y del inmediatismo del dinero fácil. Hoy nuestros estudiantes universitarios quieren ser millonarios sin haber trabajado un día, sin haber creado empresa, sin pagar una nómina, evadiendo impuestos, sin haber sorteado las inclemencias del fracaso, sin haberse levantado después de una adversidad. Estamos formando unos dirigentes indolentes con el país, con las regiones, con la pobreza; así mismo, hemos estado sometidos a un liderazgo miope, pero en especial ignorante y sin preparación, una clase dirigente mediocre y ligera que se especializó en comercializar la política, en canjear las ayudas económicas a las campañas con adjudicación de contratos.