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Opinión

  • | 2018/12/04 01:05

    ¿Cómo recuperar el espíritu reformista?

    Hace unas semanas, la revista 'The Economist', al celebrar sus 175 años, publicó un ensayo titulado 'Reinventando el liberalismo para el siglo XXI'. El ensayo critica a las élites liberales por su complacencia con el estado de cosas, al tiempo que les atribuye haber perdido su “espíritu reformista,” el cual las anima a recuperar.

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Incluso les reclama que “algunas veces se han beneficiado más visiblemente que el gran número de almas menores y otras, lo han hecho a sus expensas.” Como resultado, han cosechado una ola de populismo que pone en peligro la democracia liberal que tanto les ha servido.

El reflejo de esa crítica se puede percibir en la reacción de los llamados mercados, es decir, de esas élites liberales, a los resultados de las elecciones presidenciales en los dos gigantes latinoamericanos: Brasil y México. La Bolsa de Sao Paulo recibió el triunfo de Bolsonaro con un sensible aumento en sus cotizaciones mientras que, en México, donde fue elegido López Obrador, se registró una caída del 15 por ciento desde octubre. El primero, es un reconocido admirador de las dictaduras de Pinochet y de su propio país y el segundo, un hombre de izquierdas, comprometido con la lucha contra la corrupción y con los pobres.

En sus dos discursos de posesión ante los poderes en el Congreso y el Zócalo abarrotado de gentes humildes, López Obrador materializó la esencia de su propuesta de transformación. Ante los primeros afirmó que si tuviera que resumir en una sola frase su programa de gobierno sería “acabar con la corrupción y la impunidad.” En la plaza confirmó que su norte sería la aplicación del principio, “por el bien de todos, primero los pobres.” En ambos remató diciendo que no tiene derecho a fallar y reclamó la confianza del pueblo mexicano y su respaldo, no sin antes anunciar que se someterá a una consulta al mediar su mandato para que sea el pueblo quien decida si continúa en el cargo.

Busca construir confianza que se basa en credibilidad, en convencer que se gobierna en favor de todos y no solo de unos pocos, que es lo que los pueblos parecen estar reclamando de sus gobernantes. La ya tradicional encuesta de Latinobarómetro encontró que el respaldo a la democracia en 2018 frente a 2017, disminuyó en 14 de los 18 países de la región que se incluyen en la medición.

En este contexto, López Obrador no se quedó en el discurso. Comenzó a desmontar la “presidencia imperial”. Abrió al público la residencia de Los Pinos, puso a la venta el avión presidencial, proscribió las flotillas de vehículos y cuerpos de guardaespaldas oficiales y limitó los sueldos de los altos funcionarios.

La separación del poder político del económico será más difícil. “Nada ha dañado más a México que la deshonestidad de los gobernantes y de la pequeña minoría que se ha lucrado con el influyentismo,” aseveró ante el presidente saliente y el país. “Están sobre aviso. No hay engaño. Sea quien sea será castigado. Incluyo a mis compañeros de lucha, a funcionarios a amigos y familiares.” Al respecto anunció un polémico punto final para mirar hacia adelante y no desgastarse con un espejo retrovisor que podría ser paralizante.  

Frente a la ambiciosa agenda de inversión social responde a sus adversarios que los recursos saldrán de la austeridad y de la eliminación de la corrupción, pues “no gastaremos más de lo que entre al erario. No aumentarán los impuestos más allá de la inflación, ni se aumentará la deuda pública.” Ese es un reto de incalculables proporciones.

López Obrador deberá gobernar con prudencia y cautela pues está entre la espada y la pared: la presión social del pueblo esperanzado y movilizado y la resistencia de las élites económicas, a menos que acepten el consejo de The Economist: “Hoy el liberalismo necesita escaparse de su identificación con las élites y el status quo y recuperar el espíritu reformista.”




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