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Opinión

  • | 2019/10/21 16:48

    Con sangre y destilando odio

    Los contrarios al acuerdo firmado con las Farc y los viejos enemigos de la paz en Colombia se han venido convirtiendo en uno solo. Esta afirmación grave y de hondo calado, puede observarse en el proceso electoral que llega a su fin.

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Los contrarios al acuerdo firmado con las Farc y los viejos enemigos de la paz en Colombia se han venido convirtiendo en uno solo. Esta afirmación grave y de hondo calado, puede observarse en el proceso electoral que llega a su fin. 

Las elecciones nos dejan ver de manera nítida la involución alcanzada. Por ello quienes desde la orilla de los defensores del texto firmado y la implementación de lo acordado han insistido en los foros públicos en separar elecciones y acuerdo de paz cometen un error. Nada más político que la paz.

Los enemigos del acuerdo sumados a los amigos de la violencia ad-eternum y su liderazgo, lograron imponer hechos y lógicas que venían en camino de ser superadas. 

La primera es que impusieron la desconfianza como norma. La segunda es que impusieron nuevamente el asesinato de opositores políticos, líderes sociales y comunitarios como norma en las regiones. 

Candidatos de todos los partidos y movimientos han sido sujeto de amenazas, agresiones diversas que le han costado la vida a muchos compatriotas.

El grito de castrochavista, corrupto, paraco, entre toda suerte de epítetos domina el escenario de la campaña. El clima es tal que el acuerdo impulsado por el Consejo Nacional de Paz para unas elecciones respetuosas y sin violencia suscrito en ceremonia formal con el presidente de la república, no pasó de ser una intención despreciada e inútil. 

Un día, las campañas son buenos propósitos y respeto, pero, azuzadas por uno u otro, se transforman en hacedoras de porquería, materia que abunda en todas sin que los líderes de las mismas corrijan estas conductas en forma ágil y sincera. 

Ello explica que al votante en general no le quede más que la pasión y el odio como herramienta para definir por quién votar. Como cereza de este descompuesto pastel, las permanentes y justificadas dudas sobre los procedimientos del Consejo Nacional Electoral y la Registraduría Nacional entidades encargadas de dirigir el proceso profundizan la desconfianza en los ciudadanos. 

Por todo ello, lo más probable es que el voto en blanco y la abstención crezcan. El odio y no las propuestas, el sentimiento anti-izquierda o lo que así llaman y no el sentido administrativo, la mentira y no el esfuerzo de trabajo, los mitos y no los compromisos son banderas y sentimientos difundidos en diarios y cientos de emisoras a lo largo de la geografía nacional. 

La mayor contradicción en este escenario es que, liderazgos de visiones defensoras del statu quo, contradictores del acuerdo de paz y sectores asociados a la persistencia de la violencia en la sociedad, campeones de la corrupción y el clientelismo, se juntaron entre sí con facilidad para lanzar sus candidaturas mientras aquellos que reclaman ser alternativos, modernizadores de la política, la economía y las relaciones entre la sociedad. Han adoptado la división, la pelea, la estigmatización y el fraccionamiento como estrategia electoral y herramienta de campaña. El fracaso de estos sectores en las urnas llama a la puerta. Y no es de extrañar. 

Las malas prácticas y conductas humanas aborrecibles dominan el campo de los alternativos que parecen no serlo tanto. Del discurso de modernizadores pasaron a prácticas divisionistas obsoletas. De defensores del liberalismo social pasaron a la permanencia en liderazgos, anclados a visiones unipersonales, mesiánicas, incapaces de construir soluciones en medio de la diversidad con respeto y apego a los compromisos. 

¿Habrá que extrañarse entonces de que la victoria sea del statu quo? 

El inmovilismo como fórmula será el sello de octubre.

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