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Opinión

  • | 2018/03/03 22:15

    Control parlamentario

    En el parlamento colombiano se elaboran muchas leyes inútiles y que además no se cumplen. Pero en cambio no se hace ningún control político. Se hace politiquería, que es cosa muy distinta. Se hacen también negocios. Pero control político, no.

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Escribe en su columna de El Tiempo Alfonso Gómez Méndez: “En los parlamentos modernos, más importante que hacer leyes que no se cumplen es ejercer el control político”.

Es lo tradicional entre nosotros: el Parlamento fabrica leyes por millares, anodinas como las llamadas de  honores para los parientes de los parlamentarios o inútiles como las que crean estampillas en un país que carece de servicios postales. Y más numerosas que las inútiles y las anodinas son las dañinas.

Pero es también tradicional entre nosotros: ninguna ley se cumple. “Se obedece, pero no se cumple”, anotaban al margen de las leyes promulgadas por la Corona española los encomenderos en los tiempos de la Colonia. En la actualidad la única ley que se obedece y se cumple a rajatabla en Colombia es la que ordena que los camareros de los restaurantes le pidan al cliente su autorización explícita para incluir el servicio en la cuenta; y tal vez la que exige que las fotocopias de la cédula autenticadas en Notaría tienen que ser hechas al 150 por ciento de su tamaño. No sé bien si son leyes comunes y corrientes o, como parecen por el respeto reverencial que despiertan, Principios Fundamentales de la Constitución.

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Las demás leyes, inocuas o perjudiciales, que son muchos millares y con frecuencia se contradicen entre sí, no tienen verdadera vigencia: son, a lo sumo, meras disposiciones transitorias a las que nadie hace caso. Y los jueces, menos que nadie. ¿Y a las leyes que castigan a los jueces que violan las leyes, les hace caso alguien? Tampoco.

En el Parlamento colombiano se elaboran muchas leyes inútiles y que además no se cumplen. Pero en cambio no se hace ningún control político. Se hace politiquería, que es cosa muy distinta. Se hacen también negocios. Pero control político, no. Los parlamentarios colombianos no intentan controlar al poder ejecutivo, ni orientarlo, ni limitarlo, ni censurarlo si es el caso, sino simplemente extorsionarlo: hacerse sobornar por él a cambio de los dineros que se han llamado sucesivamente “auxilios parlamentarios”, “cupos indicativos”, “proyectos de cofinanciación”, “mermelada”, o –según la propuesta presentada por los senadores uribistas Paloma Valencia y Alfredo Rangel – “inversiones de iniciativa congresional”. Es justamente por la mermelada que el Parlamento colombiano no ejerce su función de equilibrar el poder ejecutivo: la mermelada sirve para comprar su sumisión. Y con ella se compran también los votos que eligen a los parlamentarios.

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Dice Gómez Méndez en su artículo que aquí el control político ha sido “bastante limitado por el clientelismo luego del Frente Nacional”. Yo añadiría que desde mucho antes, pues el clientelismo ha sido aquí la única manera tradicional, distinta de la violencia, de permitir la gobernabilidad. Pero desde que el Frente Nacional terminó oficialmente y liberales y conservadores toleraron la existencia de otros partidos, son estos los que han adelantado desde el Parlamento amagos de control. Es pues por ellos que hay que votar en las elecciones del próximo domingo 11 de marzo. En las presidenciales de mayo y junio elegiremos el próximo gobierno. En estas elegimos algo igualmente importante: la próxima oposición.

Yo votaré para el Senado por Jorge Enrique Robledo, y para la Cámara por Germán Navas Talero, ambos candidatos del Polo Democrático. Y ambos con larga experiencia de control político parlamentario.n

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