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Opinión

  • | 2000/05/01 00:00

    Crisis de la amistad

    Samper le aporta a la literatura política un pasatiempo de contenido humano, que se recibe con beneficio de inventario

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Aquí estoy y aquí me quedo, el libro de Ernesto Samper, bien podría llamarse La crisis de la amistad, si uno quiere resumirlo como una revelación íntima de quejas por la clásica ingratitud de los amigos a quienes se favoreció con el poder y fallaron a la hora de las dificultades.

Se diría que el ex presidente se encarna en el eterno Ovidio (“Mientras seas próspero tendrás amigos, mas si los tiempos

se nublan, te quedarás solo”). Pero aún queda la duda de si un proyecto político puede afianzarse tanto en la efímera amistad y si la soledad del poder no entraña, precisamente, el enfrentarse solo y sin mayores reclamos a la adversidad.

Todos los gobiernos tienen sus amigos, unos más y otros menos, por la necesidad de buscar colaboradores de la mayor confianza, así como por la urgencia de pagar servicios de campaña. Aparte de que debe ser placentero gobernar en camaradería: hagamos esto, hagamos lo otro, llama a Tapias, déjate, yo llamo a Serrano, pide una escolta. No, no, eso hay que frenarlo, voy a hablar con Hernando. Y cosas de ese estilo.

Cuando Fernando Botero dejó en evidencia a Ernesto Samper (“el presidente sabía”), nadie puso en duda que el gobierno se había caído en ese mismo instante. Si sobreaguó no fue tanto por la tenacidad del mandatario acusado (aragonesa, según él), cuanto porque el director del diario El Tiempo no insistió en su pedido de renuncia y dejó pasar las cosas. Tan grande fue el poder de prensa de Hernando Santos, puesto siempre en favor de sus amigos. Y en contra de sus enemigos, hay que decirlo.

Algún tributo de gratitud se les rinde a los colaboradores leales, muy escasos, y entre ellos, a Horacio Serpa, quien hoy en día no sabe qué hacer con esos reconocimientos (hay amores que matan) y a Carlos Lemos, por lo que el memorialista llama “su patriotismo a flor de piel”, al haberle aceptado mejor embajada, cuando se le desmoronaba el cuerpo diplomático, y la vicepresidencia de la República, con paloma presidencial in pectore.

La lectura es la de una novela sicológica, en la que se describen caracteres y pasiones, especialmente de aquellos que salieron en estampida, así como el sentimiento herido de quien confiara tanto en los suyos que había fundado en esa amistad su paso por el poder.

Y es así mismo el libro de cuentas (el ‘kardex de antipatías’), el que se dijo tenía la primera dama de entonces y en el que todo estaba escrito y los favores otorgados tenían cada uno su rubro contable. Para un ejemplo el caso de Guillermo Perry, a quien se le cobra su acceso a dos ministerios, y se le reclama haber entregado su renuncia a la prensa, sin previa consulta con el jefe del Estado, quien sólo alcanza a sugerirle que diga que se retira para defender mejor el gobierno. Perry asintió, pero nunca lo defendió.

Al propio arzobispo de Bogotá se le oficia cobranza por ayudas en los retoques a la catedral. Luego le encara haber buscado la publicidad con el símil del elefante, cuando la verdad es que sólo unos pocos se percataron del dicho, proferido en tono menor ante la televisión y referido luego en una nota escondida de prensa. Fueron más bien los dibujantes los que crecieron el entuerto al tamaño de un mamut. El cobro al arzobispo tuvo caracteres infames cuando ‘leales’ del mandatario quisieron enlodar su familia, rebuscando archivos del DAS.

Es un amargo relato, con el veneno del mal pensante, el que ofrece el ex presidente del 8.000, incluido el horario y el itinerario de los días que siguieron a la confesión de su director de campaña, y de quien fuera, con Serpa, la figura más representativa de su gobierno. Allí todo su dolor, allí las cosas que no se cuentan y que el lector intuye, en él las voces familiares, con sus consejos desesperados. Nunca se pensó que Daniel Samper se viera aplicado tan de lleno a la carrera política de su hermano, con el sacrificio inherente de su objetividad periodística, capaz de inhabilitarlo por toda una ex presidencia que apenas comienza.

Ernesto Samper le ha obsequiado a la literatura política un pasatiempo de un cierto contenido humano, que se recibe con el beneficio de inventario de lo que se relata en primera persona, con el ánimo herido, y con el afán de rehacerse, cuando todavía joven ha escalado la cumbre paradójica del más alto poder y del mayor descrédito público, del cual no dudo va a sacudirse. En este camino de recuperación lo llevan de la mano los periodistas, finalmente amigos, que le han ayudado a vender su libro testimonial. No falta mucho para comenzar a leer una columna suya en el periódico El Tiempo.

La vigencia de Ernesto Samper como ex presidente puede conducir, con el paso de los años y la bruma del olvido, a su reelección presidencial, de carácter populista, como ocurrió con Rojas Pinilla, a quien el establecimiento del Frente Nacional resolvió detener a viva fuerza.

Cuando el pueblo elige a un hombre elige también a sus amigos, pues todo poder se transforma en una corte regia, con validos y cortesanos y con amistades de las que no teníamos noticia y que se vienen a conocer a la hora del desamor.
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