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Opinión

  • | 2006/08/05 00:00

    Crisis en Oriente Medio

    “Cualquier estrategia para tratar la actual crisis se debe ocupar de las realidades del Oriente Medio, no intentar sobrepasar estas realidades tratando de imponer una nueva visión en la región”, dice Ricardo Buitrago.

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La actual situación del Oriente Medio es bastante peligrosa, ya que los conflictos en Gaza y Líbano se podrían extender fácilmente y generar un impacto mayor en la región. De hecho, hay voces en Estados Unidos y en Israel que llaman por una ampliación deliberada del conflicto a Siria y a Irán, en un intento por solucionar todos los problemas de la región inmediatamente.

En todo caso, cualquier estrategia para tratar la actual crisis se debe ocupar de las realidades del Oriente Medio (en el contexto actual), no intentar sobrepasar estas realidades tratando de imponer una nueva visión en la región. Tal visión estaría limitada y tendría grandes posibilidades de fallar, como se hizo en el caso de Irak.

La relación Estados Unidos – Israel

Cada año, Estados Unidos da a Israel una ayuda que excede de lejos lo que proporciona a otros países. Aunque Israel ahora es una potencia industrial, con un PIB per capita igual al de España o al de Corea del Sur, aún recibe cerca de 3.000 millones de dólares anuales en ayuda norteamericana. Es decir, 500 dólares por cada ciudadano israelí. Israel también recibe una variedad de otros tratos especiales y de ayuda diplomática constante.

Esta generosidad no se puede explicar completamente ni en el campo estratégico ni en el moral. Israel pudo haber sido un aliado estratégico durante la Guerra Fría, pero ahora es una carga (desde el punto de vista estratégico), en la guerra contra el terrorismo y en el esfuerzo global de Estados Unidos de ocuparse de los estados ‘problema’ (el eje del mal).

Desde la razón moral, el apoyo incondicional de Estados Unidos se ve debilitado por el tratamiento que da Israel a los palestinos y de su rechazo sistemático a ofrecerles un estado viable. Existen razones fuertes (control en la región) para la existencia del Estado de Israel, y esa existencia no está en riesgo. Los extremistas palestinos y el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, pueden soñar con “borrar del mapa” a Israel pero, afortunadamente para la estabilidad de la región, ninguno de los dos tiene la capacidad de hacer ese sueño una realidad.

Realidades que no se pueden ignorar

El cambio de estrategia norteamericana en Oriente Medio ha pasado de la solución de conflictos entre Israel y sus vecinos árabes (palestinos, libaneses y sirios) en 2001, a procurar un cambio en la ecuación estratégica de la región: la eliminación o neutralización de los estados ‘problemáticos’ (Irak, Irán, Siria y, en menor grado, Libia).

La búsqueda de la democracia, promovida por Estados Unidos como una herramienta para el control de la región, ha sido una prioridad en la política antiterrorista. Seguramente el Oriente Medio necesita democracia y un comportamiento responsable de sus Estados, pero no es razonable pensar que tales desarrollos por sí solos –aun si pudieran ser alcanzados– sirvan para finiquitar los conflictos entre Israel y sus contrapartes árabes.

Reducir el poder de Hamas y Hezbolá, y obligarlos a que actúen responsablemente bajo la amenaza de ser excluidos de la participación política, requerirá mucho más que detener la ayuda de Siria e Irán. La eliminación de la ayuda a los extremistas palestinos por parte de Saddam Hussein desde 2003, por ejemplo, no logró reducir la resistencia palestina contra Israel. El Estado libanés y la Autoridad Palestina sólo se consolidarán y serán capaces de poner límites a las acciones de Hezbolá y Hamas, en la medida en que operen dentro de un contexto de soluciones negociadas a los conflictos que justifiquen a la militancia de los dos grupos.

Los otros actores de la región: Arabia Saudita, Egipto y Jordania

En un movimiento sorpresivo, los gobiernos de Arabia Saudita, Egipto, y Jordania han acusado Hezbolá, e implícitamente a Siria, de alentar el conflicto con Israel.

Este soporte contra Hezbolá revela una ruptura entre el régimen sirio y sus aliados tradicionales en el mundo árabe, Arabia Saudita y Egipto. Ambos países intentaron ayudar a Siria a evitar sanciones internacionales por las consecuencias del asesinato del anterior primer ministro libanés Rafiq Hariri, mediando entre Damasco y las capitales occidentales. Los gobiernos saudí y egipcio creen que, al parecer, Hezbolá actuaba por requerimiento de Siria, sin hacer caso de intereses nacionales libaneses.

La posición del anti-Hezbolá tomada por Arabia Saudita, Egipto y Jordania también refleja los miedos verdaderos entre algunos gobiernos árabes de la influencia iraní, cada vez mayor en la región. La adquisición de poder por parte de grupos Shiitas pro-iraníes en Irak ha conducido a rey Abdullah de Jordania a denunciar la aparición de un “Crecimiento Shiita” en el Oriente Medio. El ministro de Asuntos Exteriores Saudí, Saud Al-Faisal, ha criticado la administración de Bush por intervenir en Irak y permitir que Irán domine su escena política.

El presidente egipcio, Hosni Mubarak, acusa a las comunidades chiítas en el mundo árabe de dar prioridad a su lealtad religiosa con Irán y sobreponerla al nacionalismo en sus países. Las ambiciones nucleares iraníes han agregado miedos al mundo árabe, especialmente en el golfo. Los gobiernos saudí, egipcio y jordano creen que Hezbolá sirve no sólo a las ambiciones sirias, sino también a la agenda de Irán para desestabilizar el Oriente Medio y deben, por lo tanto, ser contenidos. Perceptiblemente, durante una reunión de la liga árabe, el 15 de julio, Arabia Saudita y Egipto endosaron por primera vez la Resolución 1559 del consejo de seguridad de la ONU, que hace un llamado al desarme de Hezbolá.

Egipto y Jordania, particularmente, tienen razones domésticas para acusar a Hezbolá de un aventurismo político irresponsable. Además de ser un grupo chiíta activo en la política sectaria libanesa, Hezbolá es también un movimiento islamista con vínculos en organizaciones similares en otros países árabes. Los gobiernos egipcio y jordano han estado temerosos por el incremento de los movimientos de islamistas después de las victorias electorales de la Fraternidad Musulmana, en Egipto, y de Hamas, en Palestina. Su interés estratégico es contener a Hezbolá, y a Hamas, para evitar una proliferación del conflicto que incorporaría a la Fraternidad Musulmana y al Frente Islámico de Acción, respectivamente.
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