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Paula López
Paula López. - Foto: Maria Teresa Bravo

¿Cuál es tu más grande deseo para esta Navidad?

¿Qué pasaría en estas épocas si todos aquellos regalos que das y que recibes no costaran dinero, sino tan solo un abrazo, un te quiero y una grata compañía al pie de una cálida cena?

Por: Paula López

Desde nuestra infancia se nos ha mostrado una imagen de una Navidad en la que todo es amor, paz, unión, regalos, abundancia, serenidad y sobre todo fraternidad.

Conforme va pasando el tiempo se nos va adentrando en el alma una realidad muy distante a esta, quizás a veces hasta antagónicamente opuesta a la que quisiéramos y a la que vivíamos cuando éramos pequeños.

Nuestros padres vestían el árbol de luces y decoraciones hermosas, que tapaban cada hoja y cada rama, del mismo modo como hoy muchos intentamos tapar nuestra alma, decorando el exterior con regalos, luces y celebraciones.

Corremos por toda la ciudad, tratando de llenar de paquetes el pie de nuestro árbol, y de aquellos arboles a donde tenemos también que ir a cumplir con miles de obligaciones navideñas impuestas que nos agobian y hacen de estas fechas todo lo contrario a una época de recogimiento, de oración y reflexión.

Detente por un momento, e imagina tu vida proyectada en cámara lenta en una pantalla gigante frente a tus ojos. ¿Cómo se vería tu vida y la de tu familia por estas épocas navideñas? ¿Cuánta distancia habría tal vez entre tu realidad y aquella Navidad que tu corazón anhela?

¡Algunos celebrarán en gratitud, en bendición y en armonía fraterna con todos los seres queridos, y benditos sean! Sin embargo, si levantáramos el techo de cada casa en estas fechas, podríamos encontrar tristeza, nostalgia y vacío detrás de cada bola de cada árbol, y entre las medias de las chimeneas que intentan calentar corazones tristes y enmascarados.

¿Qué pasaría en estas épocas si todos aquellos regalos que das y que recibes no costaran dinero, sino tan solo un abrazo, un te quiero y una grata compañía al pie de una cálida cena?

Esa respuesta profundamente sentida liberaría muchas de tus cargas navideñas y te llevarían hacia el verdadero espíritu de la Navidad, el espíritu de amor gratuito, de paz, de quietud y de recogimiento.

¡Nuestra lista de regalos y de necesidades inventadas no sería entonces una lista de excesos innecesarios que llenan los baúles sin fondo del consumismo!

Esa proyección que imaginas de tu vida en estas épocas, podría ser en cambio como la de una ciudad llamada ciudad de paz.

Imagínate ahora que tú llevaras a todos tus seres queridos a este lugar y no existieran centros comerciales, ni automóviles, ni consumo excesivo de alcohol; no fueran necesarios aquellos aparatos electrónicos, pues las casas no tendrían electricidad, tendríamos todos que compartir y conversar al pie de una chimenea, cenar los alimentos encontrados en la huerta y en el campo, orar y cantar al son de una guitarra y esperar un amanecer inmerso en descanso y amor.

Así fueron quizá las primeras Navidades, y fuimos nosotros los seres humanos quienes la destruimos, convirtiéndolas en una feria mercantil de intercambio de cosas materiales, que nutren el deseo del tener y rompen la auténtica necesidad del ser.

Nuestro mundo cambiaria si cada uno de nosotros colgara en su árbol en vez de bolas, el nombre de cada una de las personas que quisiera recordar, de las personas que quisiera agradecer, de las que quisiera honrar, de aquellas que ya no están, de aquellas que lo lastimaron y aunque no estén cerca para reconciliarse, regalarles el perdón.

Nuestro mundo herido podría sanar, si envés de regalos materiales, diéramos y recibiéramos aquellas cualidades o talentos necesarios, para lograr la mejor versión de cada uno y de esa manera hacer más felices a quienes nos acompañan en la vida, entonces lastimaríamos menos y amaríamos más.

En nuestras familias correrían menos corrientes subterráneas de hostilidad, tapadas con papeles de regalo y ahogadas en el licor que anestesia la realidad de cada Navidad.

Qué mundo de paz construiríamos si regresamos a esa primera Navidad en que no era necesaria tanta parafernalia, para disfrazar aquello que no queremos ver, y en ese camino de regreso a lo simple, a lo austero, a lo sencillo, lleváramos con nosotros en vez de incienso, mirra y oro, baúles cargados de silencio, camellos cargados de cálidos abrazos y cofres desbordantes del más profundo y gratuito amor.

¿Cómo imaginas entonces que sería en tu hogar esta Navidad?

¡Empieza a vivirla! Porque el mundo no cambia con tu opinión, ¡cambia con tu ejemplo! Construyendo y entregando lo que verdaderamente anhela tu corazón.

Mi píldora para tu alma:

El verdadero amor se entrega cuando nos hacemos responsables de construir y crear el mundo en el que queremos vivir, dando con generosidad de corazón aquello que esperamos recibir.