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Diana Giraldo - Foto: Archivo Personal

Cuando Colombia tocó fondo (y no recordamos)

Pero aún falta para que este perdón sea real. No es posible hablar de perdón sin reparación. No puede haber perdón sin verdad.


Por: Diana Giraldo

Con las cadenas en sus manos, el sargento de la Policía César Lasso miró a los siete últimos miembros de lo que fue el secretariado de las Farc sentados frente a él y alzó la voz: “Estas cadenas representan la ignominia, la degradación. Espero que no se repitan en el país”. Eran las mismas cadenas que tuvo atadas alrededor del cuello cuando fue secuestrado y amarrado a un árbol. Estuvo 13 años en manos de las Farc, perdido en la selva, caminando sin descanso durante el día y la noche, durmiendo a la intemperie, devorado por mosquitos.

Su relato es doloroso, pero no es el único. Es solo una de las decenas de víctimas de secuestro de las Farc que narraron su barbarie: vivieron cercados con alambres de púas por años, durmieron en el piso, otros de pie amarrados a un árbol, comieron sobras, algunas a medio hacer. Se cubrieron con hojas de palma y tomaron agua de charcos. Muchos no sobrevivieron. Fueron asesinados de un tiro en la cabeza o descuartizados. Sus restos fueron sembrando este gran cementerio en que se convirtió el país, sin que nadie sepa dónde reposan sus huesos, seguro hechos ya hierba o polvo.

Fueron 21.396 personas secuestradas en Colombia entre 1993 y 2012, de las que se tiene registro, y cuyos plagios son investigados hoy por la Jurisdicción Especial para la Paz, bajo el llamado caso 01, en el que los magistrados e investigadores han recibido el testimonio de más de 350 guerrilleros y se han acreditado 2.107 víctimas, 394 de ellas miembros de la fuerza pública.

Estos relatos se escucharon esta semana en tres audiencias realizadas por la JEP, divididas cada una según el fin en que se dieron los plagios: secuestros de militares y líderes políticos para presionar el canje con guerrilleros detenidos, secuestros con fines extorsivos y secuestros que se dieron para mantener el dominio de un territorio.

Fue imposible no llorar escuchando el relato de la infamia. Una tras otra, cada historia era más dolorosa que la anterior. Niños secuestrados junto con su mamá cuando jugaban fútbol, jóvenes cuyo único error fue transitar por un corredor donde la guerrilla hizo una pesca milagrosa, o soldados que fueron retenidos tras un combate. Familiares que no supieron nunca más de sus padres, dueños de un local cualquiera o de una pequeña finca.

El ambiente de estas audiencias fue de profundo dolor, de heridas que no cierran. Fue un narrar constante de almas rotas.

Uno a uno, Pastor Alape, Rodrigo Londoño, Pablo Catatumbo, Milton de Jesús Toncel, Jaime Alberto Parra, Julián Gallo Cubillo y Rodrigo Granda, últimos miembros del secretariado de las Farc, reconocieron ser los responsables de estos crímenes, pidieron perdón y escucharon por horas los reclamos de estas víctimas. Muchos dijeron haber perdonado, otros expresaron que no podrán hacerlo jamás y otros lo único que piden es recibir los restos de sus familiares desaparecidos para poder enterrarlos.

Haber escuchado estos tres días de audiencias fue regresar a un país que olvidamos. Fue recordar que Colombia fue un lugar donde se vivía sabiendo que la vida había perdido todo su valor. Fue recordar el miedo que daba salir a una carretera, volver a ver los rostros de los militares secuestrados que veíamos al final del noticiero y que contabilizaban año tras año de secuestro. Fue recordar que hubo un momento en el que el Estado perdió el control del territorio por completo, y las Farc dominaban lugares a los que era imposible entrar porque de allí no se salía.

Hoy, cuando muchos jóvenes repiten que este país está en crisis, que esta realidad es la peor que se ha vivido, que caminamos hacia atrás, qué necesario es recordar todo lo que vivimos para que nos demos cuenta de que hoy, sin lugar a dudas, Colombia es un país mejor, y que realmente vivíamos en una pesadilla.

Qué frágil es la memoria que tenemos como país, tan frágil que algunos siguen afirmando que era mejor que no se dieran los diálogos de paz y que las Farc siguieran aún en el monte y no frente a sus víctimas pidiendo perdón. Pero aún falta para que este perdón sea real. No es posible hablar de perdón sin reparación. No puede haber perdón sin verdad, sin saber qué pasó en realidad en muchos casos, sin recuperar hasta el último cuerpo de los desaparecidos en este conflicto.

Ahora la JEP tiene tres meses para remitir la resolución de conclusiones al Tribunal para la Paz, que definirá las sanciones para los antiguos miembros de las Farc. Tiene que haber sanciones, pues no podremos avanzar si no tenemos verdad, justicia y reparación.

Ojalá el país entienda la magnitud del paso que dimos como nación esta semana.

Lo que han hecho los magistrados de la Jurisdicción Especial para la Paz es histórico. Ojalá este país de frágil memoria recuerde tanta sangre que perdimos, tanto dolor que vivimos, y reconozca que este, sin duda, es hoy un mejor país. Así nos siga retorciendo ver a miembros de las Farc sentados en el Congreso y no apuntándole con un fusil a un soldado amarrado en un cambuche.