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Opinión

  • | 2018/10/08 20:43

    Daniel Coronell

    Una buena parte de los colombianos, estuviéramos o no vivos para entonces, tenemos presente la memoria y el legado de Rodrigo Lara Bonilla. ¡Cómo olvidar a ese líder carismático y valiente del Nuevo Liberalismo que no está ya en Capitolio, ni rondando los pasillos de palacio, sino descansando en paz en el cementerio junto a varios de sus compañeros de batallas!

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Rodrigo Lara está muerto no por terco, ni por imprudente, ni por ser un hombre que se moviera en el bajo mundo. El ministro Lara cayó abaleado a manos de los sicarios de Pablo Escobar precisamente porque, como jefe de la cartera de justicia, tuvo el valor de declararle la guerra frontal al narcotráfico. Lara empezó denunciando la intromisión de los llamados “dineros calientes” en los equipos de fútbol más importantes del país que, para entonces, se habían convertido en los juguetes predilectos de los narcos. Pero las denuncias no pararon ahí. Más adelante, con pruebas en la mano, el ministro logró demostrar que el más grande de los criminales, el capo de capos, se había colado al Parlamento y ostentaba el título de “Honorable Representante a la Cámara”.

Al verse acorralados por la contundencia de las denuncias de Lara, los capos del cartel de Medellín decidieron dar un paso previo al asesinato físico para acabar con el ministro. Se fueron por la vía del asesinato moral. Esto con Lara no era un tema fácil. Este hombre tenía la tranquilidad de haber hecho una carrera política limpia y libre de toda tacha. Sin embargo, siendo quien era Pablo Escobar, encontró la manera de ensuciarlo.

La estrategia no fue muy elaborada. Como en ese entonces los aportes económicos a las campañas eran abiertos, cualquier persona podía consignar en la cuenta de un político sin su conocimiento. Así las cosas, Jairo Ortega, principal de Escobar en la Cámara, citó un debate en el  Congreso en el que mostró un cheque de un millón de pesos girado por el narcotraficante Evaristo Porras a favor de la campaña al senado de Rodrigo Lara. Mirando la cosa en retrospectiva, resulta difícil entender que alguien hubiese creído semejante infamia. Sin embargo, en ese momento, Lara se quedó solo, nadie le creía. Incluso algunos de los miembros más importantes de su partido exigían que el ministro fuese llevado a un comité de ética. La historia, por supuesto, fue dándole la razón a Rodrigo, pero terminó como ya todos sabemos. Como no pudieron asesinar su carácter con mentiras, decidieron asesinarlo a bala.

Hago hoy un breve recuento de esta historia, con la intención de que no se repita. Me refiero a lo que está pasando con el periodista Daniel Coronell. Puede que a algunos la comparación les parezca algo exagerada. Tal vez lo sea. Pero permítanme unas líneas para explicarme.

Daniel, como Lara, está encontrando las pruebas de algo que por años se ha comentado en privado, pero que nadie, salvo él, es capaz de decir en público. Daniel, como Lara, está quitándole la máscara al hombre más poderoso del país. Daniel, como Lara, se está jugando la vida por llegar al fondo de un caso en el que todos los testigos aparecen muertos. Daniel, como Lara, está enfrentado a un congresista cuyos vínculos con el bajo mundo parecen ser cada vez más evidentes. Daniel, como Lara, ha sido objeto de incontables amenazas dirigidas a él y a su familia.   Y Daniel, como Lara, está ahora siendo víctima de un intento de asesinato moral.

Al cierre de esta columna, los seguidores y copartidarios del expresidente Álvaro Uribe habían logrado volver el hashtag #CoronellResponda, la tendencia número uno de Twitter en Colombia. ¿La razón? La de siempre. Que el periodista publicó una columna, que sin adjetivos, sólo con pruebas, pone de nuevo en aprietos al presidente eterno. Si uno se pone a leer los trinos de ese numeral, es difícil no acordarse del famoso “asesinato del carácter” que quisieron hacerle a Lara. Y es que los mensajes no vienen propiamente de troles anónimos. Muchos incluso son escritos por congresistas, por lo tipos que redactan las leyes de nuestro país. El contenido es lamentable. Como no encuentran la forma de refutar las afirmaciones hechas por Coronell, optan por decirle narcotraficante, extraditable, corrupto y multimillonario. Insultan a su madre, lo acusan de ser un mal hijo, cuestionan sus intenciones, y algunos hasta le desean la muerte.

Afortunadamente, entre el caso de Lara y el de Daniel Coronell, existen dos diferencias fundamentales. La primera, que gracias a Dios Daniel si alcanzó a irse del país. La segunda, y tal vez la más importante, que los colombianos hemos madurado y hemos abierto los ojos y, por eso, Coronell, a diferencia de Rodrigo, no está solo.

Aquí estamos miles, por no decir millones de colombianos, que lo valoramos, que le creemos, que lo respetamos y lo admiramos. Es difícil pensar en qué estaría este país sin su trabajo investigativo. A él le debemos el destape de una buena parte de los escándalos de Colombia. En su entrevista ayer en la W con Vicky Dávila, la periodista le preguntó al columnista de Semana, ¿Quién es Daniel Coronell?. Él, con la humildad, respondió: un reportero.

Casi que por primera vez estoy en desacuerdo con él. Yo no creo que sea un simple reportero. Daniel Coronell es la vara con la cual debemos medirnos el resto de los periodistas. Por eso, por ser nuestro ejemplo, escribo esta columna: para manifestarle mi apoyo, mi admiración y, simplemente, para decirle gracias, Daniel.

En Twitter: @federicogomezla

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