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Opinión

  • | 1997/03/24 00:00

    DE "EL TABANO" A "EL ESPECTADOR"

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Una columna corta, publicada en un periódico respetable pero poco leído, escrita por una respetable y poco leída señora que pasó su vida luchando entre el dilema de hacer política o cultivar orquídeas, causó hace más de dos décadas un sismo político de proporciones que aún todavía se sienten en el esquema del bipartidismo nacional. La columna, 'El Tábano', estaba escrita por doña Berta Hernández de Ospina. No daba nombres, pero sugería que el hijo del entonces presidente López Michelsen había utilizado el poder para hacerse construir una carretera que valorizaba un predio rural de su propiedad.Pero a diferencia de esas épocas con las de ahora, las palabras no se escribían en vano ni los presidentes se hacían los que no las leían. Acusaciones como la de doña Berta tenían un peso específico en la dignidad presidencial, y el que no era capaz de responderlas o enfrentarlas no merecía seguir ocupando el cargo cuyo ejercicio estaba siendo cuestionado.Así lo entendió López, por lo que le pidió a Mariano Ospina Pérez, como jefe del Partido Conservador, una explicación sobre la columna de su esposa. Ospina dijo no estar de acuerdo con ella, y la adjudicó a "esas cosas de Bertica". Pero el presidente López dijo que no aceptaba disculpas privadas a ofensas públicas, por lo que el Partido Conservador, con la firma de Ospina, tuvo que formular una declaración pública de apoyo al gobierno.Todo eso pasó por cuenta de una columna de doña Berta, que tenía la importancia relativa de ser la opinión un tanto pintoresca de una mujer amateur en las lides políticas. Hoy, 20 años después, un periódico tan respetable y de tanta trayectoria como El Espectador lleva tres editoriales pidiendo la renuncia del gobierno, y no pasa nada.Lo cual no deja de ser insólito, por tratarse del segundo diario liberal más importante del país, y por la forma como ha evolucionado la posición del periódico frente al gobierno Samper: de ser, en un comienzo, uno de sus principales aliados, pasó gradualmente a una cerrada oposición, que de ninguna manera puede achacársele a un arranque apasionado, a una posición improvisada o a una visión cortoplacista.Los editorialistas de El Espectador han dicho que este es un "gobierno inerme, desconcertado e inepto". Que "el Presidente miente y los ministros también". Que "la única solución patriótica que tiene el Presidente es la de renunciar acompañado por su gabinete". Que en sus manos "el clientelismo se ha fortalecido, la crisis económica se ha agravado y el orden público ya no es una amenaza sino un peligro inminente en las propias fronteras del poder". Que "Colombia es un país a la deriva y que urge el rescate de su virtualidad democrática agotada". Y que "no hay un solo aspecto de su gestión como gobernante que no haya merecido y siga mereciendo el veto de los colombianos".En su último editorial de la semana pasada sobre el tema dice El Espectador: "El presidente Samper debe ser obligado por la opinión pública a abandonar el poder, ya que no ha tenido la dignidad republicana de renunciar".Increíblemente, ante estas fulminantes apreciaciones acerca de su gestión y su permanencia en el poder, el presidente Samper ha reaccionado ante estos editoriales de un manera casi infantil: hacerse el que no los lee. Como si El Espectador no existiera, o no fuera un periódico liberal, o estuviera dirigido por mentes enajenadas o poco respetables.Ni siquiera ha puesto al ministro Serpa, siempre presto a responder los insultos de Estados Unidos, a comentar alguno de esos editoriales. A decirle a El Espectador que no tiene la razón o que sí la tiene, o a contraargumentar los serios cargos políticos que uno de los periódicos más importantes del país hace contra este gobierno.Mientras tanto, El Tiempo ha asumido una actitud parecida a la de Samper frente a los editoriales de El Espectador: hace como si no se hubieran escrito. En otras épocas, el editorial del otro periódico liberal pidiendo la renuncia del gobierno habría sido noticia destacada. Ahora sencillamente se ignora, como si se tratara de la opinión de El Siglo, o de un periódico ecuatoriano.¿Qué más grave puede pasar en Colombia a que un periódico de la misma filiación política del Presidente le pida la renuncia? Sólo una cosa: que se la pida, y que no pase nada.
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