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Opinión

  • | 1990/12/03 00:00

    DE PELICULA

    En la puerta se armaban amoríos, encuentros de novios furtivos y hasta parrandas con musica vallenata.

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Un amigo, periodista de la televisión, viene a hacerme unas preguntas. Quiere saber cómo era el cine que veíamos en San Bernardo del Viento. Y se me atropellan entonces los recuerdos de viejas épocas, antes de que el Teatro Riomar se quemara en el incendio que asoló el pueblo una noche venteada de marzo.
Mi compadre Genaro Arepa era el encargado de las proyecciones. Lo llamaban así porque, si bien era cierto que su oficio consistía en dar cine por las noches, de día se redondeaba los ingresos vendiendo arepas de dulce, carimañolas y empanaditas de carne por las calles del pueblo.
Genaro, que a fuerza de la costumbre terminó por aburrirse con las películas, cogió la costumbre de quedarse dormido en la mitad de la proyección. Como las máquinas que compró el señor Hildo Luna no eran automáticas, había que esperar a que se terminara el primer rollo para embobinar el segundo, luego el tercero y así sucesivamente. Lo malo es que al final del primer carrete ya Genaro estaba roncando a pierna suelta.
Prendían las luces del teatro y una comisión de espectadores, generalmente espontánea, tenía que subira la caseta de proyecciones a despertarba.
Hasta que una noche, plácidamente, con la misma suavidad con que había vivido, Genaro Arepa se murió de un infarto del miocardio. La noticia la dieron los que subieron a llamario. Lo recuerdo muy bien: era una película en que Jorge Negrete estaba enamorado de Lucha Villa y el papá de ella lo andaba buscando para batirse a tiros en defensa de su honor. Jamás pudimos saber cómo terminaba la historia.
La vida del pueblo, desde las seis de a tarde, giraba en torno al Teatro Riomar. Desde esa hora comenzaban a poner discos en los parlantes para que a gente del vecindario se fuera preparando. A las 8 ponían el último, que era un santo y seña a fin de que el público supiera que estaba a punto de comenzar la película. La canción convenida que hacía correr a medio pueblo, era "Barrilito Cervecero", una marcha alemana muy famosa.
La gente iba al cine aunque no fuera a ver la película. En la puerta se armaban amoríos, encuentros de novios furtivos, tertulias de amigos y hasta parrandas con música vallenata. En la calle del teatro se vendían los legendarios frescos de limón de la señora Milla y los patacones inolvidables de Juana Lena.
Cuando había duelo en el pueblo, luto y pesar, se acababa el cine. No porque se tuvieran especiales consideraciones con los muertos, sino por un problema de logística: los escaños del teatro se prestaban para hacer los velorios en las casas de los difuntos.
Entonces, durante las nueve noches de la velación, las bancas del cine, los corrillos de amigos, los fritos de Juana y los frescos de Milla se trasladaban al sitio del velorio.
La cultura cinematográfica de San Bernardo del Viento era absolutamente mexicana. No había películas gringas ni europeas. Charros y rancheras conformaban la cartelera de todo el año. Cómicos buenos y malos, cantantes y jinetes eran todo nuestro universo de celuloide. Personajes del cine azteca poblaron nuestra infancia: la Flaca Vitola, Joaquín Pardavé, Clavillazo, Tin-Tán y su camal Marcelo, rumberas apoteósicas como Ninon Sevilla y 1, Tongolele, las voces imponentes de Jorge Negrete y Pedro Infante, los chistes malos de Mantequilla.
Debió ser por mi ancestro árabe, de comerciante fenicio, pero la verdad en que hubo una época en que, con su propia materia prima, le puse una competencia al Teatro Riomar. Genaro Arepa me regalaba los pedazos de cinta que él mismo recortaba cuando había que empatar las películas.
Con esas filminas, revueltas de varias películas, yo monté mi propio cinematógrafo. Se trataba, sencillamente, de un pedazo de sábana vieja que me regalaron mis tías y una vela. Ponía los cuadros de cine por el lado de atrás y los iluminaba con la vela. Las escenas se veían de un gran tamaño. Creo que fue el primer cine surrealista de la historia porque, con goma laca o con cemento duco, pegaba imágenes de películas que no tenían ninguna relación entre sí . De esa manera, los vecinos de mi casa, que pagaban un botón para entrar, pudieron ver escenas de Cantinflas jugando con la Chita de Tarzán.
El negocia se acabó el día en que el padre Agudelo supo que yo había exhibido unos cuadros de Tongolele bailando a ritmo de licuadora, y prácticamente desnuda, revueltos con otros de la pasión de Jesús, tomados de "El Mártir del Calvario", que Genaro Arepa me regaló en la última Semana Santa.
Todavía hoy, después de tantos años, puedo jurar que lo hice sin mala intención, pero el padre Agudelo montó en cólera, me llamó hereje artístico y pronunció un sermón sobre los evidentes peligros a que conduce el cine. De lo último que me acuerdo es que le vendí a mi mamá los botones que me pagaban, y ella los usaba para ponerlos en las braguetas de mis pantalones. Era un negocio redondo, y muy lucrativo, qué duda cabe, pero tuve que cancelarlo ante el riesgo de una excomunión...
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