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Opinión

  • | 2018/01/24 06:22

    Describir al monstruo sin nombrarlo

    Nadie se levanta un día de su cama convertido en un psicópata y violador. Si encontramos la punta de la madeja, lo más seguro es que nos conduzca a otros crímenes. La razón: casi siempre la primera vez -es decir, el primer crimen- es anterior a la primera denuncia.

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Bates Motel, la serie televisa de A&E y precuela del clásico cinematográfico Psicosis (1960) de Alfred Hitchcock, cierra el primer capítulo de la primera temporada con un crimen: el de Keith Summers. Norma Bates, quien ha perdido al marido en un extraño accidente de hogar, se muda con su hijo Norman a un pintoresco pueblo del estado de Oregón, donde ha comprado con el dinero del seguro de vida del esposo muerto un viejo hotel a las afueras del pueblo. Summers es el antiguo dueño de la propiedad, rematada por el banco al que le adeudaba una cuantiosa hipoteca. Un día, mientras Norma hace la limpieza, Summers, ebrio hasta las orejas, se presenta ante la nueva propietaria y le recrimina que ese hotel es suyo. Norma lo echa. El tipo la amenaza. En la noche, aprovechando la oscuridad, Summers regresa. Rompe el cristal de la puerta y entra. Norma se encuentra en la cocina lavando la vajilla cuando escucha la lluvia de vidrios cayendo al piso. Se arma con un cuchillo grande de mesa. Ve al agresivo hombre entrar. Grita. Pide ayuda, creyendo que el hijo está arriba en su cuarto. Pero no. El muchacho había escapado al encuentro con una chica. El bravucón la acorrala, le da un fuerte puntapié en el estómago. La mujer cae al piso. El hombre la levanta y luego la tira bocabajo contra la mesa. Norma no puede defenderse: está sujeta con unas esposas a una pata de la mesa. El tipo empieza a violarla. La cabeza de la mujer se da contra la superficie de la mesa en cada movimiento de su atacante.

La escena es violenta y aterradora. La cámara capta las piernas de Norma y las del violador juntas. De repente, una plancha de ropa se alza por los aires y se estrella con fuerza en la cabeza de Summers, que se desploma en el acto. Es Norman que regresó. El muchacho le saca las esposas a su madre y se las coloca al agresor. Mira que una de las manos de Norma sangra y sale en busca de un botiquín. En ese momento, Summers empieza a recobrar el sentido. Se incorpora un poco. Norma se apresura a recoger el cuchillo de 30 centímetros que reposa al lado de su agresor. “Te gustó, ¿verdad?”, se burla el hombre. El rostro desencajado de Norma lo dice todo. Toma impulso, grita de rabia y le asesta una puñalada en el estómago. Luego otra y otra. Cuando el chico regresa, observa a su madre, a horcajadas, en un estado frenético, metiendo y sacando la hoja afilada de acero del pecho y el estómago del violador en 18 oportunidades.

El chico corre al teléfono para llamar a la policía, pero la mujer, bañada con la sangre del agresor, se lo impide: el hecho no debe saberlo nadie. Las razones de Norma parecen razonables: el hotel, del que piensa vivir el resto de su vida, y en el que ha depositado todo su dinero, aún no ha sido inaugurado. Y seguramente ningún viajero se albergaría en un lugar en donde su propietaria mató a cuchilladas a una persona, aunque haya sido en defensa propia. Es así como toman la decisión del guardar el cuerpo en el baño de una de las habitaciones y en la noche siguiente meterlo en el baúl del carro y lanzarlo al mar.

Más allá de las razones esgrimidas por el personaje, hay otras que calla: el agresor pagó con su vida el ultraje al que la sometió y la rabia contenida por ese hecho desapareció. La justicia de mano produce, en este sentido, un efecto catártico: eso que Summers le hizo a ella, jamás podrá hacerlo a otra mujer.

En las películas y series con estas tramas, la justicia es casi siempre una necesidad perentoria. El dualismo entre el bien y el mal se mantiene intacto como en los relatos bíblicos. Es necesario que la luz venza a la oscuridad porque la justicia es un estadio que debe prevalecer como esperanza en el corazón de los ciudadanos, de manera que el malo recibe siempre su castigo. Pero en la realidad de la vida no pasa, exactamente, eso. Y en algunos clásicos del cine como Chinatown (1974), dirigido por el violador de menores Roman Polanski y protagonizada por Jack Nicholson y Faye Dunaway, tampoco. Recuérdese que, en este relato cinematográfico, el personaje protagonizado por Dunaway es violado en repetidas ocasiones por su padre, un nombre poderosísimo, encarnado por John Huston. El hombre, que es dueño de media ciudad y tiene en sus manos la administración de justicia, no permite que nada se mueva en su territorio sin que él se entere. Pero no solo, como se observa, abusa de su hija desde que era una niña, y que al final embaraza, sino que busca a toda costa quedarse con la custodia de su nieta-hija para seguir perpetuando el incesto.

La hija, por supuesto, calla porque conoce el gran poder de su padre. Pero busca la manera de que el depredador no abuse de la niña. La esconde durante muchos años, pero el abuelo-papá la encuentra, crea el contexto para que asesinen a la madre y él se queda con la joven.

Callar ante un hecho tan deplorable como este es, sin duda, otro crimen. El silencio de las víctimas es el paraíso de los victimarios, es su refugio.  Saben perfectamente que el miedo paraliza y que una amenaza hace más efecto en la psiquis de las víctimas que el enorme estadio de la razón. El qué dirán se instaura entonces en la conciencia del abusado como el espejo donde se mira a diario. Y en un país como Colombia donde el poder político sigue siendo falocéntrico, la mujer permanece atada a ese cúmulo de axiologías dominantes que la mantiene sujeta al espacio de la casa. De ahí que el poder se traduzca, en muchos casos, en violencia. Y la violencia no se mide por los grados de psicopatía sino de poder.

“Los violadores no son enfermos, por lo tanto, no pueden ser curados. Ellos disfrutan antes y después de cada violación porque sienten placer al violentar a alguien que no puede defenderse o que le teme”, expresó para El Clarín de Buenos Aires la doctora Eva Gilberti, psicoanalista y profesora universitaria. Para ella, lo que padece un violador es, por lo general, un trastorno de personalidad y esa es una condición incurable que no podría catalogarse en el abanico de las psicopatías.

De los miles de casos analizados por Gilberti en América y Europa, no conoce ninguno donde un violador haya sido curado. Por el contrario, la gran mayoría son reincidentes. Es conocedora de cientos de casos donde el violador, al día siguiente de abandonar la prisión, vuelve a cometer el delito por el que fue encarcelado.

Nadie se levanta un día de su cama convertido en un psicópata y violador. Si encontramos la punta de la madeja, lo más seguro es que nos conduzca a otros crímenes. La razón: casi siempre la primera vez -es decir, el primer crimen- es anterior a la primera denuncia. Claudia Morales lo sabe, y sabe también que ella no fue la primera ni la última víctima del psicópata, que a esta altura de profundas sospechas debe estar preparado al grupo de poderosos abogados y a sus seguidores incondicionales de las redes sociales para convertir a la periodista en una puta en el momento que se le ocurra señalarlo con nombre propio.

Twitter: @joaquinroblesza

E-mail: robleszabala@gmail.com

*Magíster en comunicación.

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