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Opinión

  • | 1999/08/23 00:00

    DETRAS DEL SERPATISMO

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Es casi matemático: siempre que un alto funcionario es capturado por la Fiscalía sale a decir a
la prensa que es "una persecución política". Pues parece que el libreto está cambiando. Desde hace varias
semanas algunos políticos están desempolvando argumentos separatistas para deslegitimar la acción de la
justicia. Ahora es la "persecución del gobierno central".El alcalde de Cúcuta, José Gelvez Albarracín, en
vísperas de ser capturado por la Fiscalía por enriquecimiento ilícito, propuso crear 'la República de El
Zulia', integrada por Norte de Santander y los estados venezolanos de El Zulia, Táchira y Mérida. Y el
gobernador del Valle, Gustavo Alvarez Gardeazábal, luego de ser detenido por recibir cheques del cartel de
Cali, dijo que su captura era una persecución contra su departamento. Sus peroratas regionalistas no pasarían
de ser dos faenas folclóricas de nuestra vida política de no ser porque tocan una sensible vena de las
comunidades que gobiernan. En este sentido, puede que la propuesta de una República de El Zulia sea un
desvarío para la mayoría de los colombianos. Pero tiene mucho eco en las poblaciones del nororiente del país
que han sido condenadas durante décadas al ostracismo gubernamental y que sienten que el Estado sólo
aparece para dar garrote. Por eso no hay que llamarse a engaños: el fantasma del separatismo que recorre
el país es el último y más preocupante síntoma del colapso del Estado colombiano. El tema va mucho más
allá de un puñado de políticos que por esa vía quieren capotear olímpicamente su situación jurídica. Los
levantamientos populares contra el desgobierno se producen cada día con más frecuencia y en todos los
rincones del país. Protestan los sindicatos, marchan los campesinos, se quejan los gremios, vociferan
los estudiantes, desfilan los indígenas_ En Pisba (Boyacá) los habitantes se cansaron de pedirle una carretera
al Estado colombiano para que los sacara del atraso y se la solicitaron al presidente Chávez. En San Andrés,
los isleños salieron a las calles a pedir más atención del gobierno central en medio de una emergencia
ambiental y sanitaria que tiene al borde de convertir al archipiélago en una cloaca flotante. Y en Sapzurro
(Chocó), los habitantes han izado la bandera de Panamá en señal de protesta por el abandono en que los tiene
nuestro paquidérmico Estado.Sin embargo, este no es un problema en el cual el gobierno central tiene
olvidada a la periferia del país, como lo tratan de mostrar varios políticos con fines electorales. Es una crisis
estructural de todo el Estado: el central, el departamental y el local, que ha sido incapaz de imponer su
autoridad, de satisfacer las necesidades básicas de la sociedad y proteger sus derechos fundamentales.
Así, la alarmante deuda que tienen 28 de los 32 departamentos no sólo se explica porque el gobierno central
no transfiere los suficientes recursos _simplemente no los tiene_ sino porque el dinero que se gira no
sobrevive a la excesiva burocracia y la feria de zarpazos de los funcionarios regionales. Aquí no estamos
frente a una cuestión política de centralismo económico sino más bien ante un problema de corrupción
galopante en la descentralización de los recursos. Pero sea lo que fuere, centro o periferia, para el común de
las gentes el efecto es el mismo: el Estado no llega. El de Derecho, por supuesto. Porque los que sí están
llegando con mucha eficiencia son los paraestados: el de las Farc en el suroriente del país _y sobre todo en
la zona de despeje_ y el de las autodefensas en el noroccidente, entre Córdoba y Urabá. Estos estados
paralelos ya cuentan con su respectivo territorio y ejercen un poder sobre sus habitantes, dirimen sus
conflictos cotidianos (peleas de cantina, adulterio, etc.), imparten justicia, administran los recursos
públicos y se financian a través de impuestos o contribuciones voluntarias. En esas regiones, el otro
Estado, el de Derecho, es una realidad virtual: todo el mundo sabe que existe pero nadie lo ve.No deja de ser
irónico que mientras la globalización ha hecho brotar alrededor del mundo los nacionalismos, las
identidades culturales y los valores patrióticos, en Colombia hay una crisis sin precedentes de lo
nacional como consecuencia de la desintegración del Estado. Situación que nos está obligando a reflexionar
sobre un tema que hasta ahora poco se ha discutido y que palpita detrás del enorme vacío institucional
que vive el país: qué entendemos los colombianos por el concepto de nación.El pastor sanandresano Irmo
Howard ya dio la primera puntada cuando se le preguntó por qué simpatizaba con los movimientos
separatistas de la isla: "No se ha creído en nuestra colombianidad pero sí en los títulos de soberanía
territorial que exponen cada vez que nos reclaman foráneos".
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