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Opinión

  • | 1995/07/03 00:00

    DIALOGO (Y PLOMO) REGIONAL

    El gobierno debería imitar la táctica de negociación de la guerrilla: bala primero y charla después.

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ESTA DEMOSTRADO PLENAMENTE QUE la guerrilla colombiana no quiere dialogar.
O, mejor: sí quiere dialogar pero no quiere la paz. Si faltara alguna demostración en ese sentido, los hechos de la semana pasada son el botón de muestra de que la guerrilla quiere utilizar el escenario de las conversaciones para hacerse fuerte, pero no para desaparecer.
Y es lógico que así sea. Es difícil imaginarse a cuenta de qué un guerrillero colombiano, con los bolsillos atiborrados de plata producto de los negocios de narcotráfico y de los secuestros, boleteos y extorsiones de varias décadas, vaya a querer abandonar voluntariamente tan cómoda actividad. ¿Por el amor por la paz? ¡Qué ingenuidad! Si la guerrilla colombiana tuviera voluntad de paz, ya lo sabríamos. Los insurgentes de otros país es que se han desmovilizado tras un proceso de diálogo han dado muestras inequívocas de paz , aun en los casos en que esos diálogos se han hecho sin el prerrequisito del cese al fuego.
La voluntad de paz del gobierno de Ernesto Samper, en cambio, ha sido evidente. Incluso hay quienes la califican de ingenua por ceder a todas las solicitudes de la guerrilla y por no imponer ninguna de sus condiciones. Yo creo que la validez de esa actitud está en que apresura el proceso y lo pone de una vez en el terreno de la verdad. Al restarle importancia a las condiciones iniciales del diálogo, el gobierno apresura el momento de la verdad, que es cuando la guerrilla va a tener que reconocer que no está interesada en dialogar, o inventarse cualquier disculpa para sacarle el cuerpo al asunto.
Todo esto que está ocurriendo vuelve a demostrar que no es posible entablar una negociación con la guerrilla poniendo como premisa la buena fe de los alzados en armas. Por ese camino no se llega sino a una nueva frustración. Su habilidad extraordinaria como negociadores y su falta de interés en una solución real del problema sólo conducen a un debilitamiento del gobierno y a un fortalecimiento del contrario.
Eso no significa que no haya que negociar. Hay que hacerlo, pero sobre bases más realistas. Y el realismo consiste en rescatar la vieja frase de Alfonso López Michelsen según la cual hay que derrotarlos para negociar con ellos, pero agregando ciertos matices.
Cada vez se ve más claro que los frentes guerrilleros adquieren más y más independencia, pues su autonomía de financiación les ha dado alas propias en lo militar. De la realidad de esa situación han surgido, desde hace ya bastante tiempo, las propuestas de hacer diálogos regionales. Y ya que la guerrilla tiene un comportamiento cada vez menos centralizado y más regional, una solución podría ser la de hacer los diálogos con el mismo carácter regional. Pero el gobierno debe poner a la guerrilla en actitud defensiva en cada zona antes de empezar a negociar.
A estas alturas del paseo, creo que si lo es posible el diálogo con estos grupos en aquellas zonas donde para los guerrilleros el diálogo es la última oportunidad antes de su acorralamiento. Estoy de acuerdo en que el Estado colombiano no tiene la capacidad suficiente para derrotar a la guerrilla en todo el país de un solo tajo. Pero me niego a creer que ese Estado, por débil que sea, no tenga la capacidad de someter a los insurgentes en una zona determinada.
No se trata de hacer una apología de la guerra. Se trata de enfrentar el problema con el mismo criterio con el que la guerrilla lo está asumiendo. Los hechos de la semana pasada demuestran que la Coordinadora Guerrillera piensa que debe hacerse fuerte militarmente para tener una posición ventajosa en la negociación. Lo lógico, entonces, es que el gobierno haga lo mismo si quiere alcanzar ese objetivo: bala primero y charla después.
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