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Opinión

  • | 2018/06/07 15:57

    Duque

    No logro ser imparcial, aunque intento ser ecuánime.

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En tanto participamos en el mercado político, nos comportamos igual que lo hacemos en los de bienes y servicios; a veces decidimos con fundamento en consideraciones racionales asociadas a precio, cantidad y calidad; en otras, nos dejamos ganar por las emociones. Algo va de comprar elementos de aseo personal a perfumes y corbatas; de votar por un candidato o su rival.

Sospecho que al decidir entre Duque y Petro muchos le daremos un peso preponderante a consideraciones ideológicas, dimensión en la que se ubican en orillas opuestas. Bien que así sea. Tanto en política, como en otras dimensiones de la vida, las decisiones básicas derivan de sentimientos que vienen de nuestros años de formación; con el tiempo esas inclinaciones se refuerzan. Podría yo aportar buenos argumentos para justificar mi postura ideológica, que es liberal, pero no puedo demostrar que es mejor serlo que, digamos, socialista. Así que vote cada quien por el que cree mejor y acoja con respeto las decisiones de los demás. En eso, y a pesar de la pugnacidad que padecemos, hemos progresado mucho.

Los excelentes ciudadanos que salieron de la contienda en primera vuelta (y a los que debemos inmensa gratitud) ofrecieron, con diferencias de énfasis, ajustes al modelo político y económico, pero todos ellos mantuvieron la esencia del que contempla la Constitución: democracia en sus vertientes directa y representativa, economía de mercado en la fase de producción, aunque mitigada por la intervención del Estado en la provisión de bienes públicos (regulación de calidad, seguridad, justicia, etc.); y en la defensa de los trabajadores y consumidores contra las fallas de mercado.

Duque defiende lo que denomina “Economía de mercado dinámica con sentido social: (…) defenderemos la propiedad privada y la iniciativa empresarial, y fortaleceremos el papel social del Estado, que en conjunto han sido la clave de la creación de riqueza y calidad de vida en el mundo durante los últimos 250 años”.  Tiene razón. Entre 1945 y 2017 el ingreso per cápita se multiplicó por cinco; pasamos de ser un país pobre a uno de ingresos medios. La expectativa de vida al nacer, que al comenzar el siglo XX no llegaba a los 40 años, hoy supera los 74. Es la ruta por la que hay que continuar.

En el programa de Petro leemos que se “adoptarán cambios en el modelo económico para avanzar hacia una economía productiva, articulada a una estrategia integral de adaptación al cambio climático”. La que hoy tenemos la califica de “extractivista”. Para cumplir esos anhelos, que nadie puede rechazar, plantea una economía cerrada, al extremo de proponer renegociar los tratados de comercio para proteger la inversión nacional.

Se le pasa por alto que como el ahorro nacional ha sido estructuralmente deficitario, requerimos atraer recursos del exterior para mantener niveles de inversión que garanticen el crecimiento y el empleo. Hacer lo que propone sería darnos “un tiro en el pie”. Ignora que para superar el “extractivismo” (el viejo problema de la “enfermedad holandesa” con un nombre novedoso) no basta con exportar aguacates. Convertir, como Petro propone, a las comunidades indígenas en autoridades ambientales puede ser buenísimo para evitar que se construyan carreteras o redes de transmisión de energía, pero fatal para el desarrollo económico sin el cual no hay bienestar social posible.

Jugarán también las diferencias de personalidad. El talante conciliador de Duque salta a la vista y ha sido confirmado por el reconocimiento que sus colegas, la mayoría de ellos adversarios suyos, varias veces le hicieron al designarlo como el mejor senador del año. Petro está hecho de otros materiales. Es caudillo popular de vibrante y pugnaz discurso en la plaza pública. Lo recuerdo en aquellos días en que se atrincheró en un balcón de la Alcaldía de Bogotá ante la muchedumbre de sus conmilitones desafiando abiertamente su destitución del cargo por orden del Procurador. Que después haya triunfado no menoscaba el reproche que merece. No se comportó propiamente como Sócrates, que prefirió la muerte antes que eludir la pena que la asamblea de los ciudadanos le impuso.     

Sus trayectorias son también importantes. Ambos ejercieron con rotundo brillo sus curules parlamentarias. Las credenciales administrativas de Duque están por verse; las de Petro han merecido calificaciones negativas: ningún éxito tuvo en la solución de los problemas de transporte público en Bogotá; más bien los agravó bajando las tarifas. El Plan de Ordenamiento Territorial que impuso a rajatabla se cayó en los tribunales. Y su política de empleo consistió en incrementar sustancialmente la plantilla de contratistas del Distrito. Populismo puro.

Apoyaré, pues, a Duque con dos advertencias. Que no olvide que el nuestro es un Estado laico. Y que los homosexuales, en sus diferentes variantes, nacen así. Cosas de Dios o de la naturaleza.

Briznas poéticas. El ámbito de la poesía de José Eustasio Rivera es el sur selvático de Colombia, hoy bajo el asedio criminal de la deforestación: “Un crepúsculo inmenso la imponencia realza/ de ese río letárgico que en los montes se interna/ van silbando los bogas una música tierna/ y a sentir el paisaje, me reclino en la balsa”.










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