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Opinión

  • | 2018/03/03 22:15

    ¿El hombre más peligroso del mundo?

    Nadie espera que los europeos, chinos, japoneses, coreanos, mexicanos y otros se queden quietos ante la medida de Trump. Habrá retaliaciones con efectos nefastos sobre una economía mundial que estaba en franco crecimiento.

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En junio de 1990, la revista ‘US News & World Report’ publicó en su carátula el rostro de Sadam Husein, presidente de Irak, con el titular “El hombre más peligroso del mundo”. Fue una noticia controvertida. Se acusó a sus autores de alarmistas. El mundo vivía una primavera de esperanza, después de las revoluciones pacíficas de 1989. Había caído la Cortina de Hierro y la Guerra Fría expiraba.

Incluso Irak apenas llevaba dos años recuperándose de su desastrosa guerra con Irán. Si bien la retórica de Sadam era incendiaria –amenazaba con destruir Israel–, eran solo palabras. En el artículo solo hay una mención del peligro que representaba Sadam para Kuwait y Arabia Saudita.

Pasó inadvertido el resentimiento del presidente iraquí. Desde su perspectiva, Irak era una víctima. De Irán (aunque Sadam fue quien comenzó la guerra en septiembre de 1980). De sus colegas árabes sunitas, quienes no le agradecían haber frenado la expansión de la revolución islámica de los ayatolás chiitas. De las superpotencias, que se habían aprovechado de su país.

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Fue costosa esa inatención a Sadam. Lo que vino después (dos guerras regionales, el atentado contras las torres gemelas, Isis) surgió por haber subestimado ese riesgo. Todo comenzó con su invasión a Kuwait el 2 de agosto de 1990. El dictador iraquí asumió que Estados Unidos no intervendría en una disputa entre vecinos. Erró. Los gobiernos de los dos George Bush terminarían liderando dos invasiones a Irak y el derrocamiento del régimen de Sadam. La presencia permanente de tropas estadounidenses en Arabia Saudita, necesaria para las intervenciones militares, provocaría la ira de un señor llamado Osama bin Laden. Uno de los objetivos centrales de Al Qaeda fue la expulsión de fuerzas extranjeras e “infieles” de la tierra de La Meca y Medina, las dos ciudades más sagradas del islam.

El fanatismo de Isis emergió del caos y la devastación de la segunda invasión de Irak. En síntesis, casi 28 años después aún estamos sintiendo el efecto mariposa de la aventura militar de Sadam en el desierto kuwaití.

Sospecho que en unos años hablaremos del 8 de noviembre de 2016 como la fecha en que todo cambió. Ese día Donald Trump fue elegido como el presidente cuadragésimo quinto de Estados Unidos. Obviamente, Donald Trump no es Sadam Husein. Pero su impacto sobre la estabilidad internacional puede ser mayor.

Trump ha puesto en vilo los pilares de la política exterior estadounidense de los últimos 70 años: promoción de la democracia y los derechos humanos, garantías de seguridad para sus aliados, libre comercio y apertura de mercados, respeto por los acuerdos firmados y la previsibilidad. Este último atributo –ser previsible– es el más ignorado por Trump y al mismo tiempo, el más crítico. Estados Unidos no es cualquier país; cada movimiento o decisión de su gobierno o declaración de su presidente puede impactar miles de millones de personas fuera de su territorio. Trump es como un elefante en un almacén de porcelanas. El mundo no recibe bien las sorpresas; generan incertidumbre y zozobra.

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Por eso preocupa tanto su decisión esta semana de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio. Según informaciones de los medios, no solo ignoró los consejos de sus asesores económicos, sino que lo anunció a sus espaldas. No sabían que lo iba a hacer. Su justificación es aún más aterradora. “Las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”, escribió en Twitter. Luego agregó que pronto pondrá “impuestos recíprocos” a otros países. Y no se descarta que ahora sí cumpla con la amenaza de salirse del tratado de libre comercio de América del Norte y el de Corea del Sur.

Nadie espera que los europeos, chinos, japoneses, coreanos, mexicanos y otros se queden quietos. Habrá retaliaciones comerciales, con un efecto nefasto sobre una economía mundial que estaba en franco crecimiento. Si bien las preocupaciones de Trump sobre el comercio no son nuevas –desde los años ochenta ha considerado a Estados Unidos como una víctima de sus socios–, tomar represalias hoy no tiene sentido alguno. Enoja a sus aliados y empodera a sus rivales geopolíticos.

En 1930, el presidente Herbert Hoover firmó la Ley Smoot-Hawley que aumentó los aranceles sobre centenares de productos. Amargó las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos y agravó la crisis económica. El problema con las guerras comerciales es que sus consecuencias son impredecibles. Como el actual ocupante de la Casa Blanca.

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