opinión

Salud Hernández
Salud Hernández. Bogotá Noviembre 8 de 2019. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista Semana. - Foto: Juan Carlos Sierra

Duque entierra a la derecha

Lo de Tomás Uribe sería un paso hacia el precipicio. Debería descartarlo de manera rotunda, no a media voz, y desaparecer del universo político. No aporta votos diferentes a los de su padre y genera rechazo.


Por: Salud Hernández-Mora

Ya da igual lo que haga con su reforma tributaria. De este golpe no se levanta Duque. Y, de paso, le ha dado el último empujón a la derecha para que ruede por el despeñadero y la entierren en 2022. 

Si no lo remedia nadie, el ególatra Petro, que posa de jefe de Estado y ya prodiga “alocuciones”, será el ganador, y Colombia entrará en la deriva autoritaria y populista que hemos conocido en otros países de la región.

Y es que la burbuja de Casa de Nariño resulta muy peligrosa. Lo demostró Santos con creces, que terminó creyéndose líder planetario, nunca conoció la verdadera Colombia y tampoco es que le importara. Sus anhelos estaban bien lejos, todo lo cifraba al famoso premio.

Me temo que Duque se contagió del mismo mal, aunque él sea un dirigente honesto y no sufra todavía los delirios de grandeza de su antecesor.

Pero no hacía falta ser economista ni estudiar Ciencia Política para saber que ese proyecto de ley causaría un terremoto. Y aunque no ha sido la primera vez que Carrasquilla, afectado de una prepotencia ilimitada, mete a su jefe en problemas, lo preocupante es que en Palacio, con tanto alto consejero, nadie advirtiera la catástrofe que se avecinaba. Además de que Duque paga un alto precio político por nada. Porque la tal reforma terminará famélica y con tantas cirugías que no la reconocerán en Hacienda, si es que no la hunden antes.

A la inconmensurable embarrada, que habrían solucionado dialogando antes con los líderes de los partidos afines, se suma el dato de que vuelven a ser 21 millones los colombianos que sobreviven con unos míseros 331.688 pesos mensuales o con menos. Aunque la culpa del crecimiento de la miseria y la pobreza solo es achacable a la pandemia, para los opositores la tienen Duque y la derecha, y la comparan con periodos anteriores, sin tener en cuenta el efecto covid. También desdeñan que antes de que el virus asolara el mundo, Colombia caminaba por la senda correcta.

Pero ya entonces, en 2019, cuando la economía marchaba bien, los mismos radicales montaron otro paro que fue secundado por miles de ciudadanos sin filiaciones políticas. Incomprensible que hayan olvidado en Casa de Nariño que parte de la ciudadanía manifestaba un descontento con altas dosis de frustración y resentimiento social.  

Son décadas en que millones de colombianos tienen una jornada laboral más larga que los trabajadores de otros países, sin esperanza alguna de escalar estrato, padeciendo las estrecheces de siempre, sin siquiera poder dar estudio a los hijos, observando la corrupción desatada y la buena vida de unos pocos.  

Durante años Álvaro Uribe supo recoger y aplacar ese descontento porque conectaba con el pueblo. No procedía de la élite bogotana, entendía a la clase media rural y urbana, y los pobres lo sentían cercano. Gobernó, además, cuando Colombia estaba acorralada por la guerrilla, los paramilitares y una honda crisis económica, y supo leer las angustias del colombiano medio, sacar adelante el país e insuflar esperanza.

Pero se apagó la estrella de Uribe. Mantiene, según las encuestas, alrededor de 30 por ciento de seguidores fieles, porcentaje nada despreciable pero insuficiente para poner al nuevo presidente. También juega en su contra que, para muchos uribistas, Duque no cumplió las expectativas, generó un nuevo desencanto, que unen al fiasco de Santos. Ya no se fían del dedazo de su líder y buscan desesperados un mesías que los libre de Gustavo Petro. Y esta vez no será fácil hallar una alternativa confiable.

No podrá ser nadie de la derecha, ni de la élite, ni que huela a uribismo. Lo de Tomás Uribe sería un paso hacia el precipicio. Debería descartarlo de manera rotunda, no a media voz, y desaparecer del universo político. No aporta votos diferentes a los de su padre y genera rechazo.

Tampoco llegará a la meta un Char, su apellido arrastra un legado de politiquería y malos manejos, por bien que lo estén haciendo en Barranquilla desde hace 13 años. Sin contar con que el caudal electoral de la costa no es suficiente para ganar.

Podría ser una buena opción un lobo solitario como Federico Gutiérrez, que fue un alcalde popular de Medellín y cuenta con bajos índices de rechazo. Pero será un milagro meterse en la segunda vuelta si no lo acompañan partidos y movimientos ciudadanos.

La izquierda moderada es un desierto, casi todos sus precandidatos juegan a que los nombren vicepresidente. A Fajardo, el único con posibilidades, le sacarán del parche por los líos que le montan y no tendrá tiempo de despejarlos. Tampoco es rival de peso para Petro un Alejandro Gaviria, el exministro de Santos que ni siquiera fue capaz de rescatar las EPS. Y no basta ser el adorado de los opinadores capitalinos para ganar la contienda.  

En suma, las protestas de estos días, violentas en su mayoría, son una advertencia para los candidatos. ¿Cómo aplacar la ira de la ciudadanía con las arcas vacías y un discurso realista? Ahí es donde el populismo triunfa y arruina a las naciones.