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Opinión

  • | 2003/08/18 00:00

    Educar para la diferencia

    Ante la amenaza del relativismo, la escuela debe promover la reflexión sobre los valores que integran la ética civil para una sociedad democrática

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Debo admitir que esta semana no escribí para SEMANA. Me ocupé de un asunto intemporal que a lo mejor resulta ser de actualidad. Ahí va.

Hubo una época en que la familia educaba a los niños. Pero ahora, con lo que Paul Ricoeur llamó el fin de la infancia, son la televisión, los amigos y la escuela los que forman la personalidad temprana. Ni la televisión, ni los amigos (ni la familia, si a eso venimos) son muy conscientes o muy cuidadosos en su papel. Y esto deja a la escuela con una responsabilidad más exigente.

Lo cual la obliga a dejar de ser neutral frente a los rasgos individuales de los alumnos, a hacerse cargo de las diferencias y a enseñar a asumir las identidades de género, de religión y de cultura. Uno de los distintivos de la escuela tradicional era negar las diferencias. En la versión democrática de esta negación, la escuela se declaraba neutral, en un intento por suprimir las desigualdades; en la versión conservadora, la negación implicaba, ora uniformar e introducir a todos en un modelo cultural dominante, ora legitimar las desigualdades a través del éxito diferencial en los estudios.

Hoy, la escuela tiene un propósito distinto del de uniformar o el de discriminar: tiene el propósito de enseñarnos a ser libres, a escoger y escogernos entre distintas formas de concebir, de construir y disfrutar la vida.

La opción por la libertad se expresa de muchos modos. Pero en el contexto particular de Colombia, ella implica dos desafíos más prominentes. En primer lugar, un protagonismo y un respeto iguales para lo masculino y lo femenino, para el desarrollo equitativo y autónomo de los varones y las mujeres. En segundo lugar, y sobre todo en las regiones más pluriétnicas, hay la urgencia de admitir y valorar la diversidad cultural y el derecho a la diferencia.

Optar por la libertad no implica sucumbir a la tentación de los particularismos. Resistirse a la uniformidad no significa dedicarse a subrayar obsesivamente las diferencias. Somos distintos porque somos semejantes. Y sólo a partir de lo mucho que tenemos en común nos es posible entender y apreciar lo mucho que tenemos de distinto. Como habría dicho Séneca, "nada de lo que es humano" puede ser ajeno a la educación: nuestra capacidad de simbolizar y nuestro lenguaje, nuestro arte y nuestra risa, nuestra memoria histórica y nuestra conciencia de la muerte, nuestra razón y nuestra esperanza; también nuestra capacidad para destruir y para destruimos, nuestras guerras y nuestra neurosis, nuestro desdén por el medio ambiente y nuestra tendencia a discriminar al débil. Son el patrimonio de nuestra especie, los activos que la educación debe cultivar para todos, y los pasivos que debe esforzarse por eliminar de todos.

Ante la amenaza del relativismo, producto de sobrevalorar las diferencias, es urgente que la escuela promueva la reflexión acerca de los valores y las normas que integran la ética civil para una sociedad pacífica y democrática. Se trata, como mínimo, de una ética capaz de obligarnos a colaborar lealmente en la perfección de los grupos sociales a los cuales pertenecemos "de tejas para abajo" es decir, independientemente de cuáles sean nuestras creencias últimas acerca del bien y el mal.

Mejor todavía: se trata de superar el umbral de aquella ética de la coexistencia, para afirmar los valores como ideales racionales y por ende universales. En la perspectiva de Kant, hemos de convenir en que nuestro ser racional nos constituye en fines, nunca en medios, en individuos autónomos y capaces de responsabilidad moral. En la perspectiva de las éticas dialógicas (liberales, como en Rawls, o socialistas, como en Habermas) veremos que una norma se justifica sólo cuando se seguiría del diálogo transparente entre iguales. O sea que la ética civil se constituye a partir de la autonomía solidaria entre las personas. Y que, sin perjuicio de la diversidad, a la escuela corresponde promover modelos de excelencia basados no en la fuerza, ni en el sexo, la pertenencia a una cultura, religión o estrato social, sino en la autonomía personal, la solidaridad, la autodisciplina y el sentido de justicia.
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