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Opinión

  • | 2002/02/19 00:00

    Educar para el siglo XXI

    E l reconocido escritor mexicano Carlos Fuentes escribe para Tierramérica sobre la necesidad que tiene América Latina de crear un proyecto educativo público apoyado por el sector privado y dinamizado por el sector social.

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(Parte I)

El drama de la América Latina en vísperas del nuevo siglo y del nuevo milenio puede resumirse en un hecho: la continuidad cultural no ha encontrado aún continuidad política y económica comparable. Una cultura hecha, por lo menos desde hace cinco siglos, por descendientes de europeos, aborígenes y africanos, carece aún de correspondencias y equivalencias profundas en el orden económico y político.

Sin embargo, la riqueza de nuestro acervo cultural no data tan sólo de 1492. Se prolonga desde las civilizaciones indígenas del hemisferio, se proyecta desde las civilizaciones africanas trasladadas en barcos esclavistas a América, y abarca, en su componente europeo, no sólo a la cultura ibérica, sino, a través de ella, al legado griego y romano, judío y árabe, del mundo mediterráneo.

Estamos hablando de una civilización inmensamente rica, plural, "cósmica", como diría José Vasconcelos. Las pruebas de nuestra cultura están en todas partes y sin fisura alguna. De las construcciones solares de Machu Picchu y Teotihuacán a la arquitectura moderna de un Luis Barragán en México o un Lucio Costa en Brasil. De las pinturas murales de Bonampak a los muralistas modernos de México, Rivera, Orozco y Siqueiros. De las celebraciones poéticas del alba de los tiempos del Popol Vuh maya al Canto general de Pablo Neruda. De ese treno original de la música del origen de Los Pasos perdidos de Alejo Carpentier a las composiciones modernas de Carlos Chávez, Alberto Guinesterra y Heitor Villalobos: la continuidad es asombrosa, el origen enriquece el presente, el presente alimenta el porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas. Sólo en la novela el mundo indígena pervive en Asturias y Arguedas, el mundo africano en Carpentier y Amado, y el mundo mediterráneo, supremamente, en Borges, receptor en cuentos de un Occidente teñido de Corán y marcado por Talmud.

Cada etapa de nuestra historia continúa y enriquece el pasado, haciéndolo presente. La cultura colonial no es desechable por el hecho de serlo, ¿cómo va a serlo si constituye el puente barroco entre nuestros pretéritos indígenas, europeos y africanos, y nuestra modernidad? Ese núcleo de identidad que crean la poeta sor Juana Inés de la Cruz en México, el inca Gracilazo de la Vega y el arquitecto Kondori en el Perú, el escultor y arquitecto Aleijaidinho en Brasil, nos permite entender la conexión entre la pirámide maya y el conjunto urbano moderno.

¿Por qué, siendo tan visible y aprovechable esta continuidad, insisten nuestras ideologías políticas en separarlas negativamente en bloques antagónicos, lo que Hernando Gómez Buendía llama los cuatro momentos de la América Latina: el momento colonial, el momento republicano, el momento benefactor y el momento neoliberal? Generosa y racionalmente, el escritor colombiano insiste en relacionar estos "momentos" entre sí, no despreciar a ninguno, aprovechar las lecciones de cada uno.

De hecho, hemos fracturado nuestra experiencia, dando lugar a una sucesión de ideologías que sólo se aman a sí mismas cuando plantan el pie sobre el cadáver de la ideología precedente. Una nación, nos recuerda Isaiah Berlin, se constituye a sí misma a partir de las heridas que ha sufrido. Herida por sí misma y por el mundo - conquista, colonia, independencia, revoluciones, imperialismos- América Latina ha creado naciones que, en lo esencial, siguen reflejando las fronteras de la época independentista y, aún, de la administración colonial: no somos los Balcanes. Lo que no hemos logrado es eso que Ernest Gellner considera esencial para la fortaleza de una nación: la identificación de nación y cultura. La cultura preexiste a la nación. La nación es fuerte si encarna a su cultura. Es débil si sólo encarna una ideología. La escolástica, la ilustración, Santo Tomás, Rousseau, Comte, Marx, Keynes, los chicos de Chicago. Le hemos dado preferencia a la ideología, celebramos a la cultura en sus aniversarios y en la plaza pública, no le damos entrada a nuestros salones.

Este divorcio se refleja en cifras abundantes sobre las divisiones sociales del continente, el abismo entre pobres y ricos, las injusticias prevalentes y los índices bajísimos, a pesar del paso del tiempo, a pesar de éxitos indudables, de ingresos, de salud, de escolaridad, de empleo. Algo está podrido en los reinos latinos de América cuando la mitad de la población -doscientos millones de habitantes- sobrevive apenas con ingresos de noventa dólares o menos al mes. En mi país, México, veinticuatro familias tiene ingresos mayores que veinticuatro millones de ciudadanos. El 10 por ciento de la población percibe el 60 por ciento del ingreso nacional brasileño.

Nuestra pregunta es esta: ¿Puede la educación ser el puente entre la abundancia cultural y la paucidad política y económica de la América Latina? No, no se trata de darle a la educación el carácter de curalotodo que le dimos a la religión en la Colonia (resignaos), a las constituciones en la Independencia (legislad), a los Estados en la primera mitad del siglo veinte (nacionalizad), o a la empresa en su segunda mitad (privatizad).

Se trata, más bien, de darle su posición y sus funciones precisas tanto al sector público como al privado, sin satanizar ni al uno ni al otro, pero sujetando a ambos a las necesidades sociales manifestadas y organizadas por el tercer sector, la sociedad civil. Respetemos y aprovechemos las lecciones de los "momentos" anteriores, pero aceptemos que la continuidad y fuerza de nuestra cultura jamás se ha sometido a un patrón abstracto y único, sino que ha prosperado dentro de alternativas que hacen de la heterogeneidad, virtud.

* El autor es escritor mexicano, miembro del Consejo Editorial de Tierramérica. Este texto es la primera parte del prólogo escrito por Fuentes para el libro "Educación, la agenda del siglo XXI", (PNUD/TM editores)



(Parte II)

Ni geográfica, ni racialmente, ni por tamaño, historia y población, son iguales Argentina y Bolivia, México y Ecuador, Haití y Brasil. Pero esas diferencias no nos disminuyen o agrandan en sí, ni nos separan forzosamente, si sabemos hacer de las diferencias, virtud: virtud de proposiciones plurales, variadas, adecuadas a naciones diferentes y, muy a menudo, a distancias enormes dentro de cada nación.

Brasil es Belindia, las provincias del norte de Argentina no son Buenos Aires, y el sur indígena y pobre de México no es el norte industrializado y mestizo que hace frontera con los EEUU. La sabiduría clásica nos dice que de la diversidad nace la verdadera unidad. La experiencia contemporánea nos dice que el respeto a las diferencias crea la fortaleza, y su negación, la debilidad. Y la memoria histórica nos confirma que el cruce de razas y culturas está en el origen de las g
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