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Opinión

  • | 1987/11/23 00:00

    EL ALCAGUILA

    Un águila en Cartagena es como un bocachico en París

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La otra mañana, cuando estábamos en la parte más ajetreada del trabajo radial, un oyente llamó por teléfono. Era el señor Silva, un caleño que tuvo la buena idea de afincarse en Cartagena, hace ya muchos años.
El cuento es que el señor Silva iba en su bicicleta, a la hora en que despunta el sol por encima del cerro de La Popa, haciendo ejercicios en busca del viento fresco de la playa. De repente, a la vuelta de un recodo, se tropezó con un animal extraño que se desangraba en el suelo. El señor Silva pensó que a lo mejor era un ave mitológica o quizás el propio Pegaso derretido por la sofocación del trópico.
Se trataba en realidad, de un águila andina. La sangre le manaba a raudales por el ala rota y boqueaba penosamente. Los ojos, grandes y achinados, se le habían puesto vidriosos. El hueso estaba destrozado por los perdigones.
El señor Silva, en medio de la emoción y el susto, no sabía qué hacer con ella, pero tampoco quería que se muriera en la calle, tan lejos de sus alturas y sus nubes. La acomodó en el galápago de su cicla, le ajustó el ala herida le limpió la sangre acartonada en las plumas y salió volando para su casa.
Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de llamar a las emisoras de Bogotá. "Aquí hay un tipo de Cartagena --me contó uno de mis compañeros-- y dice que tiene un águila en el patio de su casa". Borrachos --pensé para mis adentros-- que en los estragos del guayabo son capaces de ver hasta águilas al nivel del mar.
Las águilas solo vuelan a más de cuatro mil metros. Un águila en Cartagena es como un bocachico en París.
Pero el hombre parecía tan convincente y tan adolorido que resolvimos hacerle caso. Armamos, a través del micrófono, un gatuperio de tales proporciones que a media mañana terminamos organizando la que es, probablemente, la primera intervención quirúrgica del mundo que se le hace a un águila por radio y a larga distancia: en su oficina de Bogotá, un experto en la materia iba dando instrucciones a un veterinario que hacía la operación en Cartagena.
Todos rezábamos por el animal. Yo pensaba que, a lo mejor, fue la vista del portentoso Mar Caribe, allá abajo, lo que la hizo descender de sus alturas. Quizás vio, pescando entre la cresta de la ola, a un alcatraz majestuoso, y se enamoró de él. Abandonó su nido en lo que Julio Flórez llamaba lo más abrupto y alto de un gran penón de basalto". Bajó a darse un paseo por la tierra. Pero no contaba con la maldad humana. Un hombre, armado con una escopeta, le despedazó el brazo, haciéndola caer en la mitad de la calle.
El águila no volvió a ver al alcatraz. Si no hubiera sido por el cazador que la atacó, probablemente se habría apareado con su pelicano en un playón de Cartagena, entre las matas de hicaco y las palmeras. Con toda seguridad habrían empollado el animal más bello de la creación, el alcáguila, hérmoso como ninguno, con la cabeza rampante del águila y los ojos tristes del alcatraz, que son grises y mansos, como agua de pantano. El alcáguila hubiera sido la primera criatura de la naturaleza que podría pescar sardinas con las garras heredadas de su madre y con la cuchareta de su padre.
En fin. Los joyeros de Cartagena, que descienden de los pescaditos de oro que el coronel Aureliano Buendía enhebraba en Macondo, regalaron un clavo de plata para encabezarle al águila el hueso destrozado por los disparos. Después de la operación, los veterinarios la instalaron, como un paciente de primera categoría, en una habitación de la clínica. Se prohibieron las visitas, no fuera que el alcatraz apasionado se metiera por la ventana.
Pero al día siguiente, cuando apenas eran las cinco de la mañana y se oyen en Cartagena los primeros pregones de las negras palenqueras que venden camarones frescos, el animal echó su último eructo de sangre, rastrilló el piso con las uñas, tuvo un infarto y se murió en silencio.
Los doctores dijeron que había fallecido por una falla coronaria. De pronto la mató, más bien, la decepción que le produjo la estupidez humana. O el descubrimiento de que no podría volver a volar.
Aunque, viéndolo bien, no hay motivo para sorprenderse: si andamos por la calle matando a nuestros semejantes, si la vida humana no vale nada, ¿qué tiene de raro que bajen un águila a balazos?
De todas maneras, el mundo no sabe de lo que se ha perdido por culpa de un escopetero anónimo: no habrá alcáguila, nunca lo habrá...--
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