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Opinión

  • | 2003/04/07 00:00

    El americano impasible

    Los llaman el 'Cartel de Washington', y está formado por la extrema derecha petrolera, ahora al mando en la Casa Blanca

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En estos tristes tiempos de guerra (que son también de evasión) todos los reflectores han estado puestos sobre una película entretenida y tonta, Chicago, y casi nadie los ha dirigido sobre la más dura y actual de las películas, The Quiet American, El americano. Los crímenes comunes y los líos de faldas de unas estrellitas de cabaret parecen más importantes que esta excelente adaptación de la gran novela de Graham Greene, donde se narra con maestría el principio de la guerra de Vietnam, la trágica mezcla de mesianismo y brutalidad de la intervención norteamericana e, indirectamente, se nos habla también (con esa fuerza profética que tienen las grandes creaciones) de esta guerra en el desierto de Irak e incluso de esta otra guerra en las selvas de Colombia.

Los embusteros saben que una condición muy útil para que una mentira resulte creíble consiste en que el mentiroso mismo se la crea. Esa especie de encarnación del "sueño americano" que es Colin Powell, es probable que se crea las mentiras de su gobierno: su cara es tan tranquila que francamente parece que él creyera que Estados Unidos pretende llevar "la civilización, la justicia y la democracia" al Medio Oriente. Con su cara tensa de esclavo casero, de "house slave" (como lo llamó Harry Belafonte) se mueve por el planeta intentando convertir a los tibios a su "causa liberadora". Y es tal el fanatismo de la derecha que domina en la Casa Blanca, que al lado de sus amos de Washington el general Powell parece una paloma.

Los verdaderos dueños (los amos del esclavo y de todo lo demás) se quedan en casa y cada vez que dan la cara muestran su verdadero rostro de cínicos. Ellos sí no se creen la mentira (se les nota en la cara) y son los artífices del proyecto de un nuevo siglo de poderío absoluto de Estados Unidos, basado en la abrumadora superioridad de su ejército. Los llaman el "Cartel de Washington", y está formado por la extrema derecha petrolera, ahora al mando en la Casa Blanca, cuyos nombres más importantes son los del ministro Rumsfeld, el vicepresidente Cheney, el asesor Wolfowitz y el petrolero Bush.

La misma historia los delata. Este secretario de Defensa que ahora ordena la muerte de Saddam (como si matar jefes de Estado, por tiranos que sean, estuviera permitido por las leyes internacionales), es el mismo que durante la guerra de Irak contra Irán visitaba a Hussein para ofrecerle todo el apoyo de su país. En 1983 y 1984 Irak no formaba parte del "eje del mal" y Reagan mandó una y otra vez a Rumsfeld a Bagdad para hablar con Saddam y con Tarek Aziz, sus amigos.

La historia es triste: mientras los ayatolas de Irán enviaban a sus muchachos al martirio (les colgaban del cuello una llavecita, para que cuando murieran pudieran abrir las puertas del paraíso), Saddam los fumigaba con gases Sarin y Tabun. Pero Irak no tenía la infraestructura química para producir esas armas mortíferas. ¿Quién se las proporcionaba? Pues el santo varón de ahora, el buen samaritano que tanto persigue las armas de destrucción masiva, y que tan mal habla del maléfico dictador, aquel a quien visitó en sus palacios de Bagdad el 4 de marzo de 1984: Donald Rumsfeld. La historia de Cheney es parecida: hasta el 11 de septiembre era el mejor aliado de los talibanes, pues sus empresas particulares tenían un negocio con el gobierno afgano para que les dejaran pasar por su territorio el gran oleoducto que sacaría el petróleo de las ruinas de la antigua Unión Soviética.

Lo grave es que los cínicos necesitan americanos ingenuos, americanos tranquilos, americanos impasibles que vayan al Tercer Mundo a cumplir con sus designios imperiales como si se tratara de obras de misericordia. Y esos sargentos que hablan con entusiasmo, esos soldados que recogen heridos y cargan niños, confían de verdad (y mienten bien, porque se creen la mentira) en que están difundiendo por el mundo la democracia y la civilización.

Eso mismo cree Pyle, el americano impasible descrito por Graham Greene en su novela: él cree estar llevando la democracia y la civilización a un país bárbaro, y si mucho lamenta que haya algunas "casualties" (bajas) entre los civiles, tal como ahora se minimiza como "collateral damage", la destrucción de un país. Como dice el irónico epígrafe de Byron que Greene pone al inicio de su novela: "Esta es la clara edad de nuevas invenciones / para matar los cuerpos y salvar las almas, / todo con las mejores intenciones". Matan gente y salvan almas, para librarnos de los malos y llevar el bien.

Pyle no puede creer que a él (un tipo tan bueno, un americano tan tranquilo y con tan buenas intenciones) lo odien. También Powell se sorprende muchas veces de que lo silben y no lo quieran. Millones de norteamericanos embobados por la propaganda no podían entender el extremo de odio que se escondía en los atentados del 11 de septiembre. Y tampoco podrán creerlo después, cuando esta guerra contra el terrorismo genere exactamente lo opuesto que pretende: no más seguridad y menos terrorismo, sino mucha más inseguridad, y muchos más terroristas. Los fanáticos siempre han arrastrado el mundo hacia la catástrofe y hoy Estados Unidos está siendo gobernado por un grupo de fanáticos.
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