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Opinión

  • | 2018/03/10 19:15

    El artículo de siempre

    Todo sigue igual porque el único efecto de la prohibición de la droga es convertirla en uno de los tres más rentables negocios del mundo, con el de las armas y el del petróleo

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El nuevo embajador nominado por Donald Trump para Colombia, Joseph Macmanus, fue enfático en su presentación ante el Senado norteamericano. Según cuenta el corresponsal de El Tiempo, Sergio Gómez Maseri, dijo Macmanus que acabar con el narcotráfico es “imperativo” para las relaciones bilaterales de Colombia con los Estados Unidos.

Es decir, todo sigue igual.  Este mismo artículo lo he escrito yo docenas de veces en los últimos 40 años porque los embajadores y los presidentes de los Estados Unidos llevan 40 años diciendo exactamente lo mismo: que la existencia del narcotráfico es responsabilidad del país que produce el narcótico, que en el caso de la cocaína es Colombia, y no del que lo consume masivamente; y que no solo inventó hace esos mismos 40 años el consumo masivo de estupefacientes sino que a continuación exportó esa moda al mundo entero: los Estados Unidos. Lo mismo decían de la marihuana; y lo siguieron diciendo incluso cuando los propios Estados Unidos se convirtieron hace dos décadas no solo en el primer consumidor, como lo habían sido siempre, sino en el primer productor (legal e ilegal) y el primer exportador (siempre ilegal) de marihuana del mundo. Sin que se haya dado nunca el caso de que un cargamento de marihuana de California, digamos, la famosa “sinsemilla”, sea incautado por las autoridades. Solo se incautan las drogas que entran a los Estados Unidos: jamás las que salen. 

Se incautan también, eso sí, a cambio de ventajas judiciales y de beneficios para la figura de ‘testigo protegido’, las fortunas de los narcotraficantes extranjeros, mexicanos o colombianos, extraditados a los Estados Unidos por la Justicia de sus países respectivos. Con el compromiso, nunca cumplido, de devolución para ser juzgados por otros delitos, como el de asesinato.

Todo sigue igual porque el único efecto práctico que tiene la prohibición de la droga es el de convertirla en uno de los tres más rentables negocios del mundo, con el de las armas y el del petróleo. Aunque menos dañino que los otros dos, que sin embargo no están prohibidos, el negocio de la droga tiene dos particularidades: que solo es rentable porque está prohibido (por los Estados Unidos, y bajo presión de estos por todos los demás países del mundo); y que solo es controlado por los Estados Unidos porque está prohibido.

 Lo primero es una obviedad: producir un kilo de cocaína refinada, o de heroína, cuesta menos que producir un kilo de café, pero su precio de venta es mil veces mayor. El valor agregado lo pone la prohibición, y los costos marginales se miden en corrupción y en asesinatos. Lo segundo es consecuencia de que los Estados Unidos son el principal mercado, y el mercado dominante: un informe de una comisión del Senado de los Estados Unidos estableció en 2012 que “cada año entre 300.000 millones y un millón de millones de dólares de origen criminal son lavados por los bancos a través del mundo: y la mitad de esos fondos transitan por los bancos estadounidenses”. A ese control económico se suma el político, que les permite imponer bajo amenaza a los países extranjeros (Colombia o México, o, en el caso de la heroína, Afganistán) la obligación de cumplir las leyes que ellos son incapaces de hacer respetar por sus propios ciudadanos en su propio territorio.

Esa amenaza es la que ahora reitera en su presentación ante el Senado el embajador Macmanus: es imperativo acabar con el narcotráfico.

Acabar con el narcotráfico es imposible, como se ha demostrado de sobra en medio siglo de una guerra que solo ha servido para multiplicarlo y diversificarlo. Pero es “imperativo”: es una orden del imperio. Que no se dicta para que se cumpla, pues el imperio sabe bien que es imposible, sino para que se mantengan tanto el negocio como la sujeción de los obligados a intentar cumplirla. Así sometieron a Sísifo los dioses antiguos.

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