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Opinión

  • | 1996/08/12 00:00

    EL BOLERO DE SAMPER

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La relación del presidente Ernesto Samper con los gringos encaja perfecto en un célebre bolero que se llama 'Total'. En la canción, un hombre despechado hasta las lágrimas se duele de la ingratitud de una mujer que, como en todo bolero, no ha sabido corresponder al torrente de amor que mana del corazón del bolerista adolorido. También, como en todo bolero, el lamento de dolor se va transformando, poco a poco, en una agresividad hacia la mujer ingrata, y termina con la gran mentira del bolerista, que consiste en decir que lo tiene sin cuidado perder el cariño que inspiró la canción (Si no tengo tus besos no me muero por eso...). Para rematar con la frase lapidaria con la que, ingenuo, cree que podrá sobrevivir, ya huérfano de amor: "Vivir sin conocerte, puedo vivir sin ti". En el caso del Presidente, el asunto ha sido igual. Estados Unidos resolvió quitarle sus afectos a Samper, y las señales de ese sentimiento han sido expresas y contundentes desde el momento en que el mandatario colombiano ganó las elecciones de 1994. Desde entonces, Ernesto Samper no ha hecho otra cosa que elaborar listas de virtudes propias en todo aquello que los gringos han considerado defectos: capos del narcotráfico en las cárceles, cocaína decomisada, erradicación de cultivos ilícitos, normas contra el lavado de dinero y promesas de cooperación incondicional. Pero nada. A cada acercamiento del gobierno colombiano hacia el norteamericano le sigue siempre un desplante. Hasta el puntillazo del jueves pasado, cuando sucedió lo inevitable. Le quitaron la visa al presidente Samper, lo que en términos de boleros equivale a la expresión fatídica: Ya no te Quiero. El problema es que el gobierno de Samper va por el mismo camino del bolerista, y le está diciendo a Estados Unidos "puedo vivir sin ti". Y está preparando el ambiente para proponerle al país escoger ese camino. Lo que ha hecho Estados Unidos con Samper es injusto. Es, además, un golpe bajo que no debería merecer ningún gesto de solidaridad. Pero esto no es un bolero. Este camino conduce de manera inexorable al rompimiento de relaciones con el país. Ellos lo han dejado saber, están empezando a apretar y no van a parar hasta que ahorquen. Por esta ruta, la única salida es vivir sin ellos, lo cual no parece posible. En términos financieros, Estados Unidos hace mayoría en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, de manera que puede trancar todo el chorro que pueda venir por esa vía. Estados Unidos puede obligar a sus empresas a no poner plata en Colombia, como ocurre en Cuba, o a elaborar una lista arbitraria con los nombres de las firmas que, de venir acá, sufrirían las sanciones que tienen hoy quienes negocien con las de la lista negra del lavado de dólares. En el campo comercial, Estados Unidos puede obligar a los países latinoamericanos a adoptar posturas contra Colombia, pues el grado de dependencia con el país del Norte es tal que sería difícil imaginar una posición sólida en sentido contrario. En el caso de Europa, esta presión es más difícil, pues la capacidad de maniobra de esos países es mucho mayor que la de éstos. La única manera de vivir aislados es hacer algo similar a lo de Cuba, con su Período Especial, arriesgándolo todo a cambio de un futuro autónomo. Algo más que una quimera, por supuesto. El único escenario en el que se sobrevive, mal que bien, en este tipo de situaciones, es cuando la razón del aislamiento es de carácter ideológico. En circunstancias de esa naturaleza, la cohesión social alrededor de principios irrenunciables permite sobrellevar las penurias y atravesar ese desierto. Pero ese no es nuestro caso. Aquí hay una acusación internacional de corrupción, instaurada por la primera potencia del mundo y con la ausencia total de sutileza y de elegancia a que nos tienen acostumbrados, pero no es (aunque así lo quieren insinuar muchos) una confrontación ideológica. La obligación del Presidente es sacarnos del atolladero. Acompañemos a Samper en el dolor por la ofensa gringa, pero no en la cruzada nacionalista como respuesta. No basta con dolerse de la injusticia, como en el bolero, ni puede seguir el ejemplo de la canción invitándonos a acompañarlo en la fórmula del desprecio. A estas alturas sólo se me ocurren dos boleros posibles: Perdón o Renunciación.
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