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Opinión

  • | 2003/03/30 00:00

    El candidato Batman

    El nuevo Peñalosa es indeciso, abstracto, cauteloso y contesta entrevistas que finalmente no dicen nada

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Enrique Peñalosa se ha convertido en una especie de candidato Batman: ya no sabemos ni cómo es ni dónde queda su baticueva. Cada vez que fugazmente sale de ella para recordarnos que su misión es salvar a los colombianos lo hace con capucha, por lo que todavía no entendemos en calidad de qué.

¿De liberal de izquierda o de centro? ¿De político o de estadista? ¿De urbanista o de gobernante?

El gaseoso candidato Enrique de hoy hace añorar al arrojado alcalde de ayer. Si algo lo caracterizó como primer mandatario de la capital fue su poca abstracta posición sobre las soluciones de Bogotá. Siempre hacía lo que prometía y demostró en poco tiempo que no gobernaba ni al vaivén de las encuestas ni al son de la opinión. Contra toda la oposición del mundo subió los andenes, colocó los bolardos y estuvo a punto de que lo revocaran. Pero ni eso calmó la terquedad con la que finalmente logró transformar a Bogotá de una ciudad horrorosa a una vivible. ¿Qué mayor prueba de arrojo político que el episodio de la expropiación del Country Club?

Ese Peñalosa se parecía a Alvaro Uribe: ambos nadaron contra la corriente y llegaron a la orilla que buscaban.

Ahora, su aparente cambio de personalidad nos tiene desconcertados a los peñalosistas. El nuevo Peñalosa es indeciso, abstracto, cauteloso y contesta entrevistas que finalmente no dicen nada.

Así pasó con la que le concedió la semana pasada a El Tiempo. Sus admiradores nos quedamos sin saber cosas fundamentales. ¿Al fin, es candidato a alcalde, o a presidente? ¿A cuál de los candidatos formados en su escuela va a apoyar para la próxima alcaldía de Bogotá? ¿Cuál de los nombres que él acomoda en el sonajero presidencial (son muchos, porque el nuevo Peñalosa tomó la precaución de meter en la bolsa todo nombre, sin posibilidades electorales o con ellas que se le pasó por la mente), preferiría como futuro presidente o por lo menos a cuál ve como su más serio contendor? ¿Cuáles son sus diferencias con el gobierno Uribe? Si ninguna de estas preguntas tiene respuesta es por una razón: porque en la entrevista de El Tiempo Peñalosa, repito, no dijo nada.

Particularmente me preocupa su falta de compromiso con un candidato a la Alcaldía de Bogotá. Lavarse las manos soltando tres nombres no es lo que se espera del hombre que diseñó la nueva ciudad, en cuyo manejo, a pesar de no ser el actual alcalde, todavía influye de manera discreta pero sustancial, protegiendo la inercia del programa que dejó montado y que desde luego no permitiría -o por lo menos lucharía para evitarlo- que quede en unas manos equivocadas.

Proponer que para escoger entre Andrés Camargo, Juan Lozano y Juan Carlos Flórez (los nombres que menciona como sus favoritos) sean sometidos a una encuesta a ver cuál de los tres es más popular, es absurdo. Si algo tienen los tres en común es que son prácticamente desconocidos para la opinión pública.

¿Quién se acuerda que el señor Camargo fue el director de una cosa que se llama el IDU y que gracias a su voluntad política las obras de la era Peñalosa se hicieron contra viento y marea, y que por cuenta de ellos Camargo está agobiado de investigaciones de los organismos de control?

Juan Lozano suena un poquito más porque lo hemos visto en Citytv y lo hemos leído en El Tiempo. ¿Pero alguien sabe todo lo que Juan ha estudiado sobre Bogotá o conoce remotamente algo sobre su programa de gobierno?

Distinto de las 20.000 personas que votaron por él para concejal, ¿quién sabe que Juan Carlos Flórez lleva dos años recorriéndose la ciudad en bicicleta?

Someter a estos tres desconocidos a una encuesta para ver quién de ellos se queda con el padrinazgo de Peñalosa me parece absurdo. Que Peñalosa nos diga cuál de los tres es su mejor alumno, cuál tiene mejor programa de gobierno, cuál le ofrece más garantías a la ciudad, y que lo haga con esa personalidad definida a la que nos tenía acostumbrados como alcalde.

Escogido el mejor de sus tres favoritos, los bogotanos quedaremos en libertad de compararlo con los candidatos a alcalde de otras corrientes?

(¿María Emma? ¿Lucho Garzón?) y en el curso de las respectivas campañas escogeremos al que nos parezca mejor. Que no necesariamente tiene que ser el de Peñalosa, aunque su aval, por lo menos para muchos peñalosistas, pesará mucho en la decisión.

La democracia se dará en las urnas. Mientras tanto, que por dárselas de democrático Peñalosa no nos llene el panorama de tormentas de arena tipo Irak para que sus preferidos se destrocen en una encuesta sin sentido y se pierda tiempo valiosos para comunicarse con los bogotanos en sus deseos, sus necesidades y sus expectativas acerca del futuro alcalde de su ciudad.

Ah. Y que Peñalosa se decida sobre su dilema. Al fin qué: ¿hacia la Alcaldía, o hacia la Presidencia?

ENTRETANTO? El recién publicado libro de Carlos Ronderos Rebelión y Amnistia plantea un interesante dilema: si vivimos de rebelión en rebelión, y de amnistía en amnistía, ¿será que estamos resignados a convivir con lo primero mientras que la segunda está convertida en una fórmula absolutamente desgastada?
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