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Opinión

  • | 1999/05/24 00:00

    EL CARDENAL PAPABILE

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Incursionando en la Roma vaticana _como si preparara una novela_ Gabriel García
Márquez entra al apartamento del cardenal papabile, Darío Castrillón Hoyos y comparte con nuestro crédito
nacional en la Ciudad Eterna horas de almuerzo y de sobremesa, durante la Semana Santa. No queda
muy claro si su relato en la revista Cambio es otro cuento peregrino o si es reportería periodística. Esto, por
la gran ingenuidad imaginativa con que colocó, entre los tres cardenales con mayores posibilidades del
pontificado, a su eminencia Castrillón Hoyos ('Hoyos' simplemente para el Santo Padre. Qué horrible).
¿De dónde sacaría Gabo tan alucinante ascensión al cielo _o a la Gloria de Bernini o a la silla de Pedro_
de este renuevo de Remedios la Bella? Tenemos boxeadores mundialistas y contamos con el quincuagésimo
lugar en tenis y el octavo, tal vez, en automovilismo. Somos el tercer país más inseguro y no sé si el tercero
o cuarto más corrupto de la Tierra, pero ¿seremos el primero de América en tener Papa?
El prelado, sorpresivamente llamado al Dicasterio del Clero y por ende y seguidamente al cardenalato, no
es otro que aquel locuaz arzobispo de Bucaramanga, de todo el maíz, reconocido elector de Samper,
según se dijo de él en su momento. Porque al pedir a sus feligreses que votaran en blanco, antes que hacerlo
por el candidato liberal, provocó que se volcaran los votos en el sentido contrario al de la prohibición.
No había sido muy prudente tampoco cuando justificó el recibo de las donaciones que hacían los
narcotraficantes en beneficio de los pobres, pero sobre todo para alivio de su conciencia y lavado moral de
sus bienes. En los medios se consagró el término de 'narcolimosnas', derivado de las homilías de
monseñor en su catedral, que era entonces la de Pereira.
Pero no se trata de hacer las veces de abogado del diablo frente al supuesto de su consagración como Papa
latinoamericano. De hecho, no se debe negar la categoría sobresaliente del obispo colombiano, quien fuera
también secretario del Celam (Consejo Episcopal Latinoamericano). De ahí que se le llamara a unirse a su
colega el cardenal López Trujillo en la Curia Romana, y según Gabo, consiguiera en ésta mayor relevancia
y aceptación que el propio López, así como una más estrecha cercanía con el Sumo Pontífice. Lo que
debe tener en ascuas al purpurado de Villahermosa (Tolima), hombre de mundana vanidad y verbo
lento y litúrgico.
Se percibe en el informe de Cambio un tufillo de vanagloria que se cuela por todos los resquicios. Hay
profusión de fotografías del cardenal para ilustrar el artículo, en que el eclesiástico aparece
acompañado de cuanto personaje del mundo ha hecho historia reciente. Pienso que tales documentos
gráficos pertenecen a una de aquellas vanidotecas privadas y que fueron tomados de archivos personales,
toda vez que ninguno de ellos ilustra un hecho periodístico, propiamente tal.
Gabo se mueve entre imaginativo y sonámbulo por los vericuetos vaticanos. Me divierte verlo interesado
por la cama de Pío XII o por el retablo de León XIII, que adornan el apartamento cardenalicio, y cuando se
detiene a observar sin sobresaltos la mezcla temeraria de antigüedades vaticanas con artesanías de
nuestro país. Su intención enaltecedora del cardenal colombiano, que preparó el viaje del Papa a Cuba,
lo lleva a adivinar indicios de sucesión en el hecho de haberle servido de acólito, durante los oficios de la
Semana Mayor. Aunque los acólitos rara vez reemplacen a los oficiantes, como los secretarios privados
tampoco sustituyen a los altos burócratas (salvo el caso, que se me viene a la memoria, de Pastrana
Borrero, quien fue primero secretario privado de un presidente y luego presidente él mismo).
La mentalidad sencilla y 'la naturalidad casera' de nuestro hombre en Roma _advertida por el Nobel_
dejaron entrever, sin embargo, un reportaje en gran medida inducido por el propio entrevistado. Castrillón
Hoyos ('Hoyos', para el Pontífice. Qué horror) describe cómo es él uno de los tres invitados a la mesa del
Papa Wojtyla, con los cardenales Etchegaray (¡francés!) y Ruini, de Italia. Quién, sino Hoyos, le pudo
narrar estas historias fantásticas a García Márquez, habiéndolo dejado, según parece, estupefacto.
En un acto de humildad, según la historia peregrina de Gabo, cuando se le propone al prelado la posibilidad
de ser Papa, el cardenal de todo el maíz contesta ruborizado: "No se puede decirle que no al Espíritu
Santo".
Como cualquier político colombiano, estaría, pues, dispuesto a sacrificarse por el Anillo del Pescador.
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