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Alfonso Cuéllar
Alfonso Cuéllar - Foto: Juan Carlos Sierra

El ‘coco’ de Vivanco

La preocupación de Vivanco es real e impactante. Sus palabras tienen peso en Washington.


Por: Alfonso Cuéllar

Cada año, Colombia espera ansiosa el informe anual de Human Rights Watch. Normalmente es negativo para los intereses de la nación. Pululan las denuncias de violaciones de derechos humanos y hacen una cirugía forense de las Fuerzas Armadas. Desde 1994, el autor de dicho informe se llama José Miguel Vivanco, un chileno que lidera desde entonces a Human Rights Americas. No es un cargo cualquiera y menos en Estados Unidos; su opinión tiene peso sobre la decisión de la ayuda estadounidense en el Congreso.

Vivanco desempeña muy bien este rol. Sabe que su opinión importa y trabaja para que tenga eco en los países de la región. No es tímido, habla con presidentes de América Latina de tú a tú. Es un actor relevante e influyente. Su credibilidad en el Congreso estadounidense es intachable. Es un error atacarlo. Varios jefes de Estado lo intentaron y salieron con el rabo entre las piernas. Es un camino equivocado. 

Colombia le interesa mucho a Vivanco y opina frecuentemente sobre el acontecer nacional. No es cómodo, pero hay que escucharlo.

Tampoco es útil calificarlo como el embajador de las Farc, como han dicho Álvaro Uribe Vélez y sus seguidores. A diferencia de otras ONG, Human Rights Watch ha criticado a la guerrilla y elaborado informes sobre ella. En otras palabras, Vivanco se ha posicionado como un vocero creíble, donde sus palabras tienen impacto. 

La preocupación de Vivanco es real e impactante. Sus palabras tienen peso en Washington.

Por eso, el Gobierno de Iván Duque debe estar en alerta roja con la denuncia de Vivanco. Condenó un caso de violación sexual de soldados ocurrido en septiembre de 2019. Esto fue grave por sí solo. Pero luego, la semana pasada amplió la denuncia, en este caso sobre el Ejército en el Guaviare. El incidente ocurrió en septiembre de 2018 y afectó a dos niños indígenas de la comunidad nukak makú. En varias poblaciones hablan del intercambio de marihuana por parte de los soldados. Hubo ofrecimiento de dinero, dulces y gaseosas a cambio de sexo. La situación es tan grave que muchos hombres salen a trabajar con sus mujeres para no dejarlas solas, dice Vivanco.

A Vivanco le llamó la atención que el Ejército Nacional tardó nueve meses en tomar acciones. Le preocupa la falta de interés de informar el hecho y solo lo hace cuando ya es público. Apenas el miércoles 1 de julio de 2020, el comandante del Ejército dio la cara y anunció que 118 soldados estaban implicados en denuncias de violaciones sexuales. Muy tarde para la institución, que debe ser implacable. 

La preocupación de Vivanco es real e impactante. Sus palabras tienen peso en Washington. No es para menos: hay una falta de rigor en la capacitación de los militares colombianos. Y a esto se le suma que la institución vive de escándalo en escándalo. No es carreta: falsos positivos, perfilamiento a periodistas y chuzadas a opositores. El problema no se resuelve despidiendo a unas cuantas manzanas podridas. Ya pasamos esa etapa. Es importante ser realista y no iluso. El problema de la imagen del Ejército no es eso –reputación–, sino mucho más. Refleja una necesidad de reorganizar profundamente. 

Vivanco lo recuerda con un tuit: “Colombia: ¿qué pasó con el informe final que la comisión liderada por Gómez Méndez que debía publicar en noviembre de 2019 sobre las normas internas del Ejército?”. La creación de la misión buscaba bajarle el tono al escándalo de los falsos positivos y el del The New York Times de mayo de 2019. Pero la comisión se quedó en papel; sus recomendaciones en el cuarto de San Alejo. 

Se olvidaron de un hito fundamental: la crisis era internacional. Los actores externos esperaban acciones y no un titular de periódico. Empezando por Vivanco. Cuando se prometan reformas, hay que hacerlas. La otra opción es perder influencia sobre un actor significativo.

Hay que ser claro: Vivanco sí impacta, en particular en los recursos de la ayuda. Es diciente que hizo pública la carta del senador Patrick Leahy sobre la crisis de violencia sexual. Dijo “se necesita una acción decisiva para cambiar una cultura arraigada en las Fuerzas Armadas, que han tolerado e incluso alentado un patrón de abuso”. 

Se suma a otra sobre el candidato de Donald Trump al Banco Interamericano de Desarrollo. Leahy se opone a Mauricio Claver-Carone y Colombia sí lo respalda. En la misiva de Leahy es claro que los países pro-Trump serán afectados. Incluyendo, obviamente, a Colombia. 

Es entendible que el Centro Democrático no esté a favor de Vivanco. Pero como Gobierno no es estratégico, es una táctica suicida. Es muy relevante para Colombia como país mantener una relación madura con el hombre clave de Human Rights Watch. 

No es fácil, ya que son demasiados años en los que el Centro Democrático es enemigo. Pero el país requiere un cambio; pelear no da frutos. La lucha contra el comunismo internacional ya no aplica y menos frente a Vivanco, quien en una entrevista a la revista Bocas, en junio de 2019, aseguró que  “(...) Frente a la comunidad internacional no hacen más que desprestigiar aún más al Centro Democrático y dañar la imagen del Gobierno de Duque”. Un año después es aún más significativo. Esa doctrina equivocada en el mundo es perdedora. Especialmente para Colombia.