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Opinión

  • | 2019/10/17 16:00

    “El continente olvidado”

    El libro de Michael Reid aporta valiosas claves para entender la historia de América Latina y sus posibles cursos de acción.

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Si bien el libro es producto del esfuerzo personal de su autor, es pertinente recordar que, desde hace años, es editor de The Economist para América Latina, la gran publicación liberal fundada en Londres en 1843, la cual vino a dar continuidad al pensamiento de Adam Smith, el fundador de la ciencia económica moderna, actualizándola, por supuesto, con las ideas que configuran el “Estado de bienestar”, desarrolladas en los años treinta de la pasada centuria. En tal calidad, ha recorrido múltiples veces la región hablando con sus líderes y personas anónimas. Su libro es tanto una crónica como el resultado de investigaciones rigurosas.

Michael publica en ese semanario su columna “Bello”, así llamada en honor del tutor de Bolívar en su adolescencia caraqueña; diplomático en Londres; senador en el parlamento chileno y fundador de la primera universidad de ese país; autor de su código civil, luego adoptado por nosotros; y de una rigurosa gramática de la lengua española. Razones abundantes para considerar a Andrés Bello como el primero, y tal vez el más grande, intelectual latinoamericano.

El título del libro nos plantea una pregunta: ¿olvidados por quién y por qué? Para el autor ese olvido obedece a que la región “no era suficientemente pobre para producir lástima y atraer ayuda, ni suficientemente peligrosa para justificar cálculos estratégicos, y tampoco con un crecimiento económico tan rápido que les acelere el pulso a los grandes empresarios”. Esto es verdad, pero, además, puede haber factores de tipo cultural.

En “El laberinto de la Soledad”, publicado a mediados de la pasada centuria, Octavio Paz atribuía cierto ensimismamiento del pueblo mexicano a que era producto de una violación; la derivada del proceso de conquista por los españoles. Esa tesis, cuya validez es hoy menor que hace 70 años, puede aplicarse también a los otros países de la región en los que el componente indígena es importante, Guatemala o Perú, por ejemplo. De otro lado, los conquistadores españoles perdieron su hegemonía mundial en el siglo XVII y, luego, sus territorios de ultramar en el XIX. Somos, pues, los herederos de pueblos vencidos que solo ahora vamos recobrando confianza en nuestras capacidades. Los españoles como consecuencia de la transición hacia la democracia y el ingreso a la Unión Europea; los indígenas mediante protecciones constitucionales. (Portugal y Brasil son otra historia).

Así no nos guste, el poder hegemónico de Estados Unidos nos colocó en la condición de ser su “patio trasero”. Eso tuvo aspectos positivos; nos permitió mantenernos lejos de la hecatombe que fue la Segunda Guerra Mundial. El lema de Trump, “América First”, constituye la demostración de una prematura deserción en el ejercicio de las responsabilidades globales que a cualquier imperio corresponden. La región tiene que adecuarse a estas nuevas realidades y profundizar sus relaciones con China y Asia en general. Algunos de nuestros vecinos lo han hecho mejor: Colombia ni les vende ni hemos atraído inversión suya en cifras importantes.

Las recetas que Reid plantea para estos países son las mismas que otros integrantes de la academia liberal, los bancos de desarrollo y la OCDE plantean: (i) adoptar políticas que, mediante una combinación inteligente de mercado y regulación, contribuyan a la mejora de la distribución del ingreso y la riqueza; (ii) fortalecer las instituciones públicas, reducir la informalidad y avanzar en mejoras en la productividad; (iii) asumir que el fin del boom de las materias primas, y la reducción de los ingresos fiscales correspondientes, reducen el crecimiento haciendo más difícil que antes atender las demandas redistributivas de la población y la lucha contra la pobreza; (iv) dar énfasis a la exportación de manufacturas y de bienes agrícolas para poder adquirir las materias primas y los bienes de capital que no producimos.

Estas políticas, que a muchos parecen obvias, no son las que consideran adecuadas la izquierda radical y los sindicatos. Justamente esta semana tuve la oportunidad de escuchar en un foro programado por el Ministerio del Trabajo a los dirigentes obreros. Sus ideas son las mismas que les he escuchado toda la vida. El objetivo que proponen no es exportar sino producir para el mercado doméstico; es un crimen importar alimentos, así no seamos competitivos produciéndolos; la inversión la deben realizar los empresarios nacionales; los salarios mínimos altos estimulan la demanda, que hace crecer la economía, y no tienen por qué generar desempleo o informalidad. Contra toda evidencia, niegan los progresos sociales.

Reid concluyó la versión de su libro en 2017, luego de elegido Trump y cuando se suponía que era inminente el fin del régimen de Maduro. No pudo tener en cuenta las calamidades recientes que para la estabilidad y prosperidad de sus respectivos países significaron las elecciones de AMLO y Bolsonaro, y el posible retorno del populismo en la Argentina. Para saber qué piensa de esto hay que leerlo en sus estupendas columnas en The Economist que, de ordinario, comparto.

Al cerrar su magistral opus, Reid cita a Juan Bautista Alberdi, el gran pensador argentino de mediados del siglo XIX: “Las naciones como los hombres, no tienen alas; hacen sus viajes a pie, paso por paso”. Esta es la nuez del ideario liberal. Para evitar las revoluciones, que siempre son trágicas y fuente infinita de sufrimiento, el cambio social debe ser permanente. Para que así suceda se requieren, entre otras cosas, debates políticos de calidad. Entiendo por tales aquellos en los que sus participantes aceptan de antemano que pueden no tener razón, pero se comprometen a ser razonables.

Briznas poéticas. Vicente Gervasi, el gran poeta de la postrada Venezuela: “Te amo, infancia, te amo / porque aún me guardas un césped con cabras, / tardes con cielos de cometas / y racimos de frutas en los pesados ramajes. / (…) Porque me regalaste la lluvia / que hace crecer los riachuelos de mi aldea, / porque le diste a mis ojos un arco iris sobre las colinas”.

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